Revista Capital

Sobre la vejez

Escritor

Con los años se pierde, no solo vida, sino que emociones que no se volverán a repetir. Erosionados por el esfuerzo que implica pasar cada día con la mayor levedad posible, sin magulladuras, cambiamos la flexibilidad por la rigidez del que ya sabe cómo hacer las cosas. Por eso nos irritan los jóvenes que andan descubriendo cuestiones antiguas. Olvidamos que la historia personal y social –al menos en parte– consiste en interpretar una y otra vez similares o idénticos asuntos. Los mayores eludimos en el discurso esas materias que jamás se aprenden y que generan angustia siempre. Entre otras el amor, la vejez y la muerte. Pretendemos reemplazarlas por recetas para solucionar contingencias o con la evasión que podemos adquirir. No faltan los que tachan de provocadores e inconducentes a los que se atreven a desafiar las lógicas que se han sostenido porque dan resultados que sabemos digerir. La comodidad de la inercia, su fuerza, nos alivian. Los que insisten en modificarla son unos descriteriados.

El tiempo nos va poniendo intolerantes, palabra que es sinónimo de fanáticos. Es decir, sujetos incapaces de ver al otro en su dimensión plena. Ciegos ante los demás. No deja de ser una imagen poco luminosa que envuelve a todos los que se extravían al considerar sus triunfos personales como batallas relevantes. El orgullo por lo realizado es una virtud triste que muestra de igual manera todo lo que no pudimos lograr. Destacamos nuestras imposibilidades cuando alardeamos de nuestros éxitos.

Creyentes de las verdades heredadas y de los traumas padecidos, a medida que envejecemos envidiamos la energía de los jóvenes, porque definitivamente no la tenemos. El cuerpo es una prueba indesmentible, una tela llena de las marcas que el devenir nos ha hecho. Las cicatrices dan carácter, es cierto, pero también evocan momentos de miedo y dolor que registramos para evitarlos si vuelven o para repetir nuestro desaliento. La aversión al miedo aloja en una zona muy sensible de los adultos, emana recuerdos ingratos que se disparan en la mente de forma inconsciente y que están en la piel. De ahí viene el lugar común de que los viejos suelan ser conservadores. Guardar y proteger aquello que les queda es el propósito de los que van perdiendo poder en las esferas íntimas y sociales.

Las implicancias del transcurso del tiempo sobre el deseo son innegables. El deseo se va modulando, va adquiriendo formas y sensaciones ajenas a la juventud con los años. Es tan insondable y espeso este proceso que su mejor expresión es la novela En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. La delicadeza y precisión de las largas frases de Proust van descubriendo los pliegues de la pasión modificada por las circunstancias vitales. Observar cómo se descascara nuestra libido es una obligación para no engañar al ego.

Me doy cuenta que a los viejos no les gusta que los critiquen. Consideran injustas las recriminaciones que se les hacen al final de sus existencias. Sin embargo, esta resistencia a la crítica desconoce que el promedio de vida ha aumentado y que la mayoría somos adultos por décadas. O sea, parapetarse tras las décadas no es argumento válido hoy en día. La tercera edad es el más extenso período de la vida.

Los viejos –unos más que otros– cansados de quedar fuera de juego lanzan la advertencia de que la experiencia los ampara. Parte de la filosofía y la ciencia se han dedicado a investigar la experiencia. Concluyen que transmitimos mucho de lo que somos, incluso en nuestros genes. Pero no tenemos control sobre lo que traspasamos. Tampoco sobre la memoria. La experiencia, entonces, es un conocimiento íntimo, tras el que nos escondemos cuando el ánimo para enfrentar las discrepancias es bajo.

Suponemos que si de algo sirve la vejez es para equilibrar los desafueros de los jóvenes. Inyecta cinismo y precaución. La sabiduría, en este sentido, es una abdicación elegante ante el deseo. Es una disculpa disfrazada por palabras. La falta de arrojo, el desgaste de la sensibilidad y de las zonas de placer no son méritos de los que alardear, sino defectos inherentes al declive. Hay muchos, no obstante, que los consideran bondades cardinales. Son los viejos furiosos. Y tristes.