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Director Revista Capital

“¡Ah, el Papa! ¿Cuántas divisiones armadas tiene el Papa?”. La pregunta que le hiciera Iósif Stalin al ministro de Asuntos Exteriores francés Pierre Laval que le pedía clemencia con los católicos rusos durante una ronda de negociaciones en mayo de 1935 se ha terminado haciendo un espacio en la historia, esa que se escribe con mayúsculas.
La interrogante que formulara el jerarca del extinto imperio soviético con un dejo irónico sigue teniendo candente actualidad a pocos días que de que llegue a Chile el Papa Francisco, una de las figuras que pocos se atreverían a no incluir en la lista de personalidades más poderosas e influyentes del orbe.

Y es que el poder, ese que importa y, por lo que se ve, perdura a través de los siglos, no se mide en tanques T-34 o lanzacohetes Katiushas como se estilaba en la primera mitad del siglo pasado, sino que en la capacidad de convocar y movilizar con el solo influjo de la palabra a millones de seres humanos.

Eso es lo que con toda seguridad se verá en Chile en los próximos días, cuando Jorge Bergoglio, el Papa cuyo pontificado es sinónimo de cosas extraordinarias (tanto porque es un Papa que convive con otro a la cabeza de la Iglesia, como porque es el primer pontífice latinoamericano y el primer jesuita en esa posición), llegue a nuestro país en un momento político y social excepcional.

El Papa Francisco vendrá a Chile no solo en un momento de transición política marcada por la alternancia en el poder, sino que llegará en un clima en que parece estar recuperándose el respeto y la amistad entre sus líderes. El Papa Francisco arribará a Chile no solo para dirigirse a la feligresía metropolitana, esa que acaba de movilizar cerca de un millón de personas al santuario de Lo Vásquez, sino que también a los cientos de miles que pueblan la compleja zona de la Araucanía y un norte cargado de un denso significado histórico y geopolítico. El Papa Francisco llegará a Chile a decir no solo cosas gratas a su Iglesia, sino que a desafiarla porque, como lo reconocen desde sus propias filas, ésta vive momentos retadores y complejos en términos de su conexión con la sociedad.

A estas alturas, a días de que llegue Francisco, ya es posible sostener que la visita del Papa a Chile dejará una profunda huella en nuestra sociedad y que su interpelación no hará sino abrir un surco que irá en la dirección de instalar preguntas centrales en lo colectivo e individual. Preguntas, que más allá de la adhesión a la Iglesia, en la medida que se aborden y conversen civilizadamente ayudarán a los chilenos a perfilar de mejor forma su sentido de comunidad.