La mano invisible - Revista Capital

Opinión

La mano invisible

Se dice que en política 2 + 2 no suman cuatro. Muchas veces, taparse el pecho implica destaparse los pies y viceversa. Pero Piñera, porfiado, apostó por sus matemáticas. Y el resultado le dio la razón: tres fueron multitud.

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Académico de la Escuela de Gobierno UAI

Varios pensamos que era una mala idea: entregar a tres figuras con agenda propia roles de vocería durante la campaña de segunda vuelta parecía receta para un desastre. A fin de cuentas, José Antonio Kast, Manuel José Ossandón y Felipe Kast estarían pensando más en el 2021 que en la elección de Sebastián Piñera. Sin embargo, la estrategia funcionó.

Como si se tratase de la parábola de los talentos, Piñera le encargó a los tres que maximizaran la votación de sus respectivos nichos. A José Antonio le encomendaron el electorado evangélico y la familia militar. Volvió del Biobío con un saco de votos adicionales. A Manuel José le pidieron los votos que obtuvo Bea Sánchez en las populosas comunas de Santiago Oriente. Regresó de Puente Alto con un saco de votos nuevos. A Felipe le solicitaron puentes con el centro y el mundo liberal. Retornó de la Araucanía con otro saco de votos. Todos cumplieron.

Como si se tratase de la mano invisible de Adam Smith, cada agente persiguiendo su beneficio individual generó para su sector un beneficio agregado. Como cada uno le habló a su propio electorado, la competencia entre personalismos no le hizo daño a la coherencia de la empresa. Porque competencia hubo. Ossandón y Felipe Kast se agarraron de las mechas por la promesa de gratuidad que el primero le arrancó a Piñera. Ambos sacaron cuentas alegres del altercado: en sus respectivos mundos, defendieron la posición correcta. José Antonio Kast, por su parte, vendió entre los suyos la imagen de un Piñera canuto y defensor de Punta Peuco. A nadie le importó demasiado en el comando: lo importante era tener un Piñera atractivo para cada público.

Por lo anterior, entre todas las variables que se discuten para explicar el triunfazo de Piñera (atributos del candidato, promesa de crecimiento económico, campaña del terror, movilización territorial, cooptación de reformas de Bachelet, mala performance de Guillier, etc.), hay que incluir la vieja y aritmética práctica de cubrir todas las bases: que a la extrema derecha le hable una figura de extrema derecha y les diga que el candidato piensa como ellos; que a la derecha populista le hable una figura de derecha populista y les diga que el candidato piensa como ellos; que a la derecha liberal le hable una figura de derecha liberal y les diga que el candidato piensa como ellos. Se dice que en política 2 + 2 no suman cuatro. Muchas veces, taparse el pecho implica destaparse los pies y viceversa. Pero Piñera, porfiado, apostó por sus matemáticas. Y el resultado le dio la razón: tres fueron multitud.

La pregunta compleja es qué hacer ahora que los tres están empoderados. La lógica indica que el delfín debiera ser Felipe Kast, flamante senador y líder del único partido post-Pinochet de la derecha chilena. Si Piñera quiere pasar a la historia como el gobernante que lavó definitivamente las culpas de su sector respecto de la dictadura, inclinarse por el fundador de Evópoli tiene todo el sentido. El presidente electo podría además vanagloriarse de ser el entrenador que hizo debutar a toda esa generación en el servicio público. Sin embargo, el asunto no es tan sencillo: Felipe Kast quiere encarnar una derecha “100% social”, pero su entorno se parece mucho a aquello que Carlos Larraín bautizó como derecha boutique. Tampoco está claro que las banderas liberales que dice representar Evópoli sean las más rentables desde el punto de vista electoral.

El senador Ossandón, por su parte, puede argüir en su favor que le ganó por lejos a Felipe Kast en la primaria (sin mencionar que los 63.594 votos que transformaron a Kast en primera mayoría en el Sur palidecen frente a los 317.311 que el ex alcalde de Puente Alto obtuvo en Santiago). Aunque nadie tenga muy claro a qué se refiere su idea de “derecha social” –ideológicamente se parece más bien a un cóctel nacionalista y popular que se conecta con la tradición patronal del tronco conservador y latifundista chileno– Ossandón siempre echará encima de la mesa su potencia electoral. Para evitar que Ossandón esté haciéndole la vida imposible al gobierno por deporte, varios analistas piensan que el presidente electo debiera convocarlo al gabinete (podría ser Vivienda). ¿No fue así como desactivó a Allamand hace siete años?

Finalmente, embriagado de su propio éxito, está José Antonio Kast. Con su medio millón de votos como aval –no hizo el loco, como muchos esperaban– se pavonea por redes sociales y foros mediáticos insistiendo en la estrategia que tan bien le funcionó: ir de frente contra la izquierda y todo lo que huela a progre, alegando que la derecha ha sido amordazada por la corrección política y ofreciéndose para liderar la ofensiva contra este verdadero estado de sitio cultural. Una reedición del libreto Trumpiano acá en el fin del mundo. Al lado de la derecha acomplejada que representa Piñera, JAK es la derecha irreverente y provocadora que se solaza en su propia incorrección. Por eso también será un dolor de cabeza para el gobierno, como ya lo está siendo al pedir indultos para violadores de derechos humanos a propósito del caso Fujimori. Piñera se compra un problema nacional e internacional de proporciones si le hace caso. Como en el caso anterior, quizás haya que aplicar la sabiduría de la familia Corleone: mantén a tus amigos cerca, pero a tus enemigos aún más cerca.

La mano invisible funcionó. Ahora hay que pagar el precio.

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