Opinión

El eslabón perdido

Las pequeñas y medianas empresas no merecen ser dejadas en la vereda y debieran ser tema central en la presente campaña presidencial.

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Director Revista Capital

Como tantas informaciones referidas a ellas, la fotografía que acaba de dar a conocer el Servicio de Impuestos Internos respecto del peso de las pequeñas y medianas empresas en el andamiaje corporativo nacional (número de sociedades, ventas y trabajadores), pasó más bien inadvertida.

Que las grandes empresas sean un 1,3% del total de sociedades vigentes, pero que, no obstante ello, representen el 85% de las ventas y el 50% del empleo en el país, no ha sido tema, al lado de la cantinela con fuerte halito populista que a ratos se adueña de la campaña presidencial.

No deja de ser llamativa la obscena omisión que, en el debate de quienes aspiran a ser presidentes, ha habido respecto de las pequeñas y medianas empresas, sin las cuales no se sostiene ninguna visión de país que a largo plazo pretenda ser más igualitario, justo y afiatado en materia económica.
Abordar discursivamente la disyuntiva electoral como un dilema entre crecimiento-empleos y derechos-beneficios, es de una miopía indigna y que indigna, más aún a la luz de la vibrante inquietud que se percibe en cientos de miles de personas que quieren ser eslabones activos en el engranaje económico de este país; un país que requiere que la manida frase de que “estamos a las puertas del desarrollo” deje de sonar como una venta de pomada más.

Pensar que la multiplicación de los empleos, o que un Edén de consumo y de bonos y asistencias estatales harán del país uno desarrollado y viable, equivale a contar una mentira nada de blanca, por más benevolente que suene. Además de ser un ejercicio vano, porque difícilmente el sentido común se traga esos sapos.

Los miles de chilenos que se lanzaron a la aventura de emprender en los últimos años y que han confiado en que se les capacitará; que se les facilitarán los trámites en la anquilosada burocracia del Estado; que se les ayudará a acceder a condiciones más justas de financiamiento; que se les hará justicia a la hora de ser tratados como proveedores por parte de las grandes empresas; que no serán arrinconados por los grandes competidores a la hora de querer hacerse un espacio en las góndolas; y que no serán asfixiados por un voraz Estado apenas cruzan el valle de la muerte, todos ellos están esperando algunas palabras realistas de los candidatos presidenciales.

Es cierto que es poco sexy hacer una campaña en estos términos y se entiende que los discursos políticos se afanen sobre todo en capturar miradas y enardecer, pero de ahí a que el tenor de las campañas sea prisionero de los apuros de unos pocos que hasta ahora no han hecho nada sustantivo, ni tampoco han creado progreso y bienestar, como si lo están tratando de hacer las pequeñas y medianas empresas, es de una irresponsabilidad y embriaguez escandalosas.

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