Opinión

La dura

Los del Frente Amplio son los invitados sorpresa a la política y lo están disfrutando. Si bien tuvieron la posibilidad de convertirse en parte de una mayoría y gobernar, decidieron abstenerse de un riesgo así.

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Escritor

No hay nada dramático en percatamos de que estamos viejos y que las formas han cambiado en un período corto. Salvo que nos creamos inmortales o el centro del pequeño mundo en el que vivimos, con el paso de los años deberíamos aprender a observar las transformaciones sociales con interés, más allá de que nos agraden.

Es lo que siento cuando escucho discursos que denotan el deseo por remodelar la sociedad a nivel ético. Son los discursos que hoy están sintetizados en la moral que los líderes del Frente Amplio dicen tener. Desde Beatriz Sánchez hasta Giorgio Jackson, pasando por Gabriel Boric y Javiera Parada, han venido a la política a expurgarla de prácticas corruptas e inmorales. Entre sus propósitos está eliminar como interlocutores a las personas con biografías viciadas por adherir a causas poco nobles. No están dispuestos al diálogo con los que tuvieron cargos de responsabilidad en la dictadura de Pinochet y, supongo, que en el resto de las dictaduras, incluyendo la de Venezuela. Tampoco están por negociar con aquellos que no comulgan con sus principios inamovibles. Así se vio cuando decidieron no darle su apoyo a Guillier en esta segunda vuelta. El placer de ser una minoría requerida en el Congreso los seduce más, aunque eso implique que la derecha llegue a la presidencia de la República.

De tal manera, uno tiene la tranquilidad de que Boric jamás entregaría un voto a cambio de algo que ensuciara su ejemplar vida política; o que Jackson no está dispuesto a negociar para lograr una prebenda personal, como por ejemplo presidir la Cámara de Diputados o la Comisión de Educación. Traicionar el maximalismo que ostentan por mejoras leves está fuera de sus perspectivas. Quizá sería interesante que escribieran sobre su desprecio hacia los tibios. Qué ganas de leer el evangelio por el que se guían los seguidores de la “nueva moral”. No creo que se atengan a la intuición ética. Cuánta falta hace ese libro que nos explique, no solo lo que piensan del modelo económico y político, sino que además hable de los preceptos que siguen en materias singulares como la piedad, la libertad o el derecho a la disidencia. Imagino que este volumen lo están escribiendo con dedicación y será una biblia didáctica para los impolutos y sus iglesias.

La importante cantidad de diputados y el senador del Frente Amplio son las insignias humanas que representan la frescura y la voluntad por renovar lo que se huele rancio. Han gritado que están lejos de los arreglines, del gatopardismo, de la cocina en la que antiguamente se gestaron leyes a espaldas de la ciudadanía. Están por eliminar los secretos, limpiar y asear los sucios rincones donde se diseñó la abominable transición a la democracia. Aman la transparencia, la sencillez y la franqueza. Los eligieron para demostrarnos cómo hacer política seria, que ayude a los que han sufrido la crueldad del sistema.

Es un alivio saber que llegaron los redentores a la escena política. Ahora que tienen poder empezaron a demostrar su asepsia ante los otros, su independencia a toda costa. Se definen, en primer lugar, por su vocación opositora y su distancia crítica, incluso ante eventuales aliados. La honestidad los distingue.

La bancada del Frente Amplio no se va a resbalar en pequeñeces porque están listos para delinear un futuro con más derechos y justicia. Lo que no está claro aún es cómo van a convencer al resto del país de abandonar vicios arraigados como el consumo y la adquisición de prestigio y de distinción mediante prácticas excluyentes. Pero no se involucran en discusiones de este tipo por el momento. Son los invitados sorpresa a la política y lo están disfrutando. Si bien tuvieron la posibilidad de convertirse en parte de una mayoría y gobernar, decidieron abstenerse de un riesgo así. No les conviene exponerse en situaciones donde puedan ser responsables de un fracaso. Arriesgar lo que han alcanzado para evitar que la derecha gane una elección sería una torpeza estratégica. ¿Y si pierden? ¿Y si ganan y los nombran ministros y tienen que mostrar lo que saben? Mejor evitar esas eventualidades y refugiarse en los reproches. Sabemos que el que nada hace, nada teme.

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