Opinión

Aporías de la izquierda académica

Como los toltecas, cierta izquierda añora una comunidad primigenia, cósmica, en el cual no habría ya un distanciamiento del individuo respecto del todo.

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Instituto de Humanidades, UDP

Hacen bien algunos académicos de la izquierda chilena, como Carlos Ruiz y Fernando Atria, en involucrarse en la tradición que critica los daños que provoca la mentalidad del mercado. Hacen mal en sacar de aquí, sin mayor examen crítico, algunas conclusiones, que terminan siendo insostenibles.
Para Atria, por ejemplo, el mercado vendría a ser algo así como el centro de operación del espíritu del egoísmo. Lo contrapone a la deliberación pública. En esta deliberación estaríamos ante una forma de acción en la cual se deja atrás el egoísmo y que tiene la virtud de conducir a la plenitud. Más perfecta la deliberación, más perfecta la plenitud.

Como el mercado es dañino, pues ahí se impone el egoísmo; como incluso corrompe la deliberación, ha de restringirse, entonces, al mercado. Para eso están los derechos sociales universales, impuestos coactivamente desde el Estado. Así se daría paso a una deliberación sin distorsiones.

Una deliberación sin distorsiones, separada de las ataduras egoístas del mercado, conduciría a la plenitud. Entonces se lograría la identificación del individuo –que ya no sería egoísta– con la humanidad, con su género, con el todo. Acontecería, para los académicos de la izquierda, algo parecido a la reconstitución de una comunidad primigenia, prekantiana, cósmica, en algún misterioso sentido en el cual no habría ya un posible distanciamiento del individuo respecto del todo (cual para un tolteca o cualquier miembro de un imperio cósmico).

Algo así solo puede tener lugar en Occidente contemporáneo –luego de la Ilustración–, si se pasa por sobre la noción de individuo o sujeto.

Mirando retroactivamente, cabe decir que hay varias preguntas que los autores de la nueva izquierda debieran haberse planteado y respondido explícitamente, junto con hacer su propuesta.
Primera: ¿cómo lograr una comunidad política, una unidad de los individuos reconciliada consigo misma, una unidad no puramente instrumental, sino de contenido o substancial, por la vía de un procedimiento racional? Dicho de otro modo: ¿cómo alcanzar un fondo substancial común, por la vía de una forma, a saber: la forma general de la razón pública?

Segunda pregunta: ¿dónde queda, en un proceso deliberativo en el cual el individuo es reducido a su aspecto generoso, a su completa entrega a la totalidad –en último término, al género–, la insondable singularidad del sujeto, la misteriosa alteridad del otro, vale decir, precisamente, lo que es resistente a las generalizaciones?

La posición de quien se resta a esa generalidad generosa, la actitud del individuo contumaz en afirmar su individualidad no generalizable, también la del escéptico, de quien duda o se aparta de la deliberación, son tenidas por “inaceptables”. ¿Qué se sigue de esta declaración? (Tercera pregunta). Algún apasionado podría pensar que a tales individuos les falta educación política. ¿Se infiere, entonces, que es menester reeducarlos? (Cuarta). ¿Cómo? (Quinta).

Salvo que se declare que lo que estoy diciendo es superfluo, remanente alegato de una mentalidad de mercado, eventualmente una patología que hay –también– que “reeducar”, no veo respuesta satisfactoria a estos problemas en los autores de izquierda.

Ocurre que no hay paso desde lo formal a lo material, del concepto a la situación, o alguien tendría que inventar el método según el cual un procedimiento dé paso a una comunidad de contenidos. Contenidos que, como en nuestro mundo de seres finitos, dependen de la intuición y lo singular, de las experiencias más íntimas e intensas, no pueden ser llevados, salvo por vía de la violencia militante, al cadalso del racionalismo público de los conceptos generales.

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