Revista Capital

Nadie pierde

Doctor en Ciencia Política, académico de la Universidad de Chile

Como sociedad estamos acostumbrados a pensar en ganadores y perdedores, y en la política esta tendencia es especialmente fuerte. Todos quieren saber quién ganó un debate, quién resulta vencedor en un conflicto interno, una discusión, una primaria o una elección. Se ha adoptado la lógica adversaria del derecho.

A todos nos gusta ganar, pero perder es sumamente importante. Incluso, una de las mejores definiciones de la democracia, del profesor de Columbia Adam Przeworski, dice que es un sistema en que los partidos pierden elecciones. Porque las grandes lecciones se aprenden con el fracaso, no con el triunfo. La izquierda chilena se renovó – llevándola a participar en la Concertación, la coalición más exitosa de la política chilena de los últimos tiempos – gracias a las lecciones aprendidas en el gran fracaso que fue la experiencia de la Unidad Popular y el golpe de Estado. Los partidos, cuando funcionan bien, son lo que Peter Senge llama organizaciones de aprendizaje. Se analizan los errores y se aprende.

Sin embargo, para que haya progreso hay que reconocer las fallas, admitir el fracaso. Si bien la izquierda chilena y el Partido Socialista aprendieron de sus errores, parece que la derecha nunca lo hizo, porque nunca vivió un fracaso de semejante tamaño. Sus derrotas electorales, posterior al retorno a la democracia, siempre estuvieron mitigadas por la sobrerrepresentación parlamentaria u otras condiciones ventajosas que templaban el dolor. La derecha nunca tuvo que mirarse al espejo y preguntar: ¿qué pasó?

Por lo mismo, los resultados de la primera vuelta son preocupantes en varios niveles. Existe una clara tendencia hacia la polarización, y el centro político se ve debilitado, pues ni sus partidos históricos como la Democracia Cristiana ni los partidos nuevos que aspiran a representarla, como Ciudadanos, lograron buenos resultados. En el Congreso, el afán por la renovación ha llevado a la derrota de algunos grandes y valiosos parlamentarios. Y las negociaciones que se darán durante el próximo mes para intentar armar coaliciones serán difíciles en la medida que cada sector trate de sacar ventaja.

El principal desafío, en todo caso, es otro. La derecha obtuvo el resultado esperado –Piñera en primer lugar (si bien bajo el piso de 40%)– y queda cerca de lograr una mayoría en la Cámara. Fuerza de Mayoría pasa a la segunda vuelta bajo el liderazgo de Alejandro Guillier. Y el Frente Amplio celebra un aumento en su presencia parlamentaria de 3 a 20 diputados y la extraordinaria votación que recibió Beatriz Sánchez, superando toda expectativa.

Ninguno de estos sectores tiene motivo para reflexionar sobre errores cometidos, corregir caminos o reconocer excesos. Casi todos pueden cantar victoria. La derecha puede declarar con toda confianza que el país ha optado por una corrección en materia de políticas públicas, una reorientación de prioridades hacia el crecimiento económico. La centroizquierda, al llegar segunda, y dentro de las expectativas, podría decir que la mayoría del país (sumando el apoyo de todos los candidatos del sector) sigue apoyando la agenda reformista. Y el Frente Amplio, habiendo superado lo predicho por las encuestas, tanto a nivel parlamentario como presidencial, sin duda declarará que va por el camino correcto. Tal vez el único partido que entrará en un período de debate interno –y ya era hora– es la Democracia Cristiana, que estará dividida entre los que ven un futuro en la izquierda y otros, mayoritariamente desde fuera del Congreso, preocupados por mantenerse en el centro. Será un interesante debate, pero uno que amenaza con destruir al partido.

Fuera de eso, el festín del triunfalismo de los tres principales sectores no le hace bien al país. La derecha, a pesar de su éxito, debe estar consciente de que existe una proporción no menor de chilenos cuyas expectativas han sido fomentadas durante los últimos cuatro años.
La ex Nueva Mayoría podría mirar por el retrovisor (en vez de la retroexcavadora) para darse cuenta de que su programa de gobierno estuvo moldeado por una especie de euforia colectiva; un plan de acción diseñado por aquellos que vieron en la calle la excusa para implementar reformas que siempre quisieron, pero que buena parte de la ciudadanía aún cuestiona.

Y habrá llegado la hora para que el Frente Amplio deje de insistir en un modelo derrumbado, y reconozca que la clase media aspiracional no es un invento de las agencias de marketing, sino el fiel reflejo de décadas de crecimiento y la inserción internacional tanto en lo económico como en lo cultural. La modernización del país no fue un truco pinochetista, sino un fenómeno real que llevó a más riqueza (mal distribuida, pero mayor), más acceso, más educación y más consumo. Las demandas responden a esa realidad, no a una visión atávica del país de los años 50.

Sin embargo, como en esas elecciones de las cuales Przeworski nos advirtió, las elecciones en que nadie pierde se parecen a las de Irak o Norcorea. No se aprende nada, y al final del día, le hacen daño a la democracia.