Opinión

Voto desierto

Nunca me había pasado: no tener candidato en una elección presidencial chilena.

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Académico de la Escuela de Gobierno UAI

Que quede claro: no soy de los ilusos que esperan de un candidato presidencial todas las virtudes. Soy demasiado cínico para comprar el buenismo. A veces hay que bajar la vara. A veces las elecciones se tratan de escoger al menos malo. Pero esta vez no puedo: cada una de las ocho postulaciones encarna un proyecto que me hace ruido en varios niveles. Vamos por parte.

Comienzo por descartar la opción de Eduardo Artés: creo que sencillamente no comparte los elementos centrales de una democracia liberal. No pienso que la rabia que lo inspira sea ilegítima. Por el contrario, la rabia contra la injusticia es un poderoso motor motivacional. Sin embargo, es el tipo de rabia que genera revanchismos autoritarios cuando no derechamente tiránicos. Algo distinto me sucede con Alejandro Navarro. Creo que se trata de una candidatura absolutamente superflua, innecesaria, levantada artificialmente por el narcisismo de su titular. No hay prácticamente nada sustantivo en su propuesta que no esté ya encarnado en las otras candidaturas de izquierda. Artés parece representar parte de esa izquierda marginal y popular que tuvo en Roxana Mirada su último estandarte. Navarro juega para él. Sus opiniones respecto de las vacunas me terminaron por convencer de que se trata, además, de un peligro público.

Luego viene José Antonio Kast, cuya visión de mundo se encuentra prácticamente en las antípodas de la mía. Kast mira a Chile como una gran familia donde hay ciertos valores objetivos –asociados a sus creencias religiosas– que deben determinar los modelos de convivencia social. Los liberales creemos en el pluralismo moral y en la importancia de la razón pública a la hora de justificar el ejercicio del poder. Discrepamos en materia de inmigración, impuestos, educación, derechos civiles, seguridad ciudadana y una larga lista de etcéteras.

Aunque le guardo especial aprecio, no votaría por ME-O en esta pasada. No tiene nada que ver con sus líos judiciales. Me parece más relevante su sistemática apología del régimen chavista, que para mí constituye lo que los angloparlantes llaman un deal-breaker. También me parece algo impostada su virulencia frente a Piñera. Si algo positivo logró en 2009 fue posicionarse como candidato transversal, capaz de invitar a gente de distinta proveniencia política a cruzar el río. Ha perdido esa habilidad.

Me han sugerido mirar con atención a Carolina Goic, ya que ambos nos sentimos parte del centro político. Pero mi centro político es liberal, no socialcristiano. No solo el mío: es una tendencia creciente en nuestro país. La DC tiene poca razón de ser en el Chile del futuro. No basta autoproclamarse elemento moderador o bisagra. Cuando escucho a Goic diciendo que en ciertas materias quiere ser “muy clara”, lo que produce a continuación es ambigüedad y lugar común. Por lo demás, su apelación a la ética y la decencia no es consistente con la trayectoria de un partido que en el último tiempo se ha destacado por profitar del aparato público sin ninguna de esas cualidades.

Luego pienso en Beatriz Sánchez. Tengo muchas coincidencias con el Partido Liberal, matriculado en el Frente Amplio. También he promovido expresamente el recambio generacional y he justificado la emergencia de nuevos movimientos. Pero hasta ahí llego. Pienso que hay un problema en el diagnóstico que realiza ese mundo. Pienso que los chilenos tienen serios inconvenientes con ciertos aspectos del modelo, pero parecen abrazar otros tantos. Por ejemplo, no estoy seguro de que haya que eliminar el sistema de capitalización individual en materia previsional ni creo compartir su visión en materia de educación superior. A estas alturas del partido, ya no estoy para votar por modas.

¿Y Alejandro Guillier? Parecía una alternativa interesante: sobrio, mesocrático, laico. Casi siempre sensato y ponderado. Pero me supera su coalición. Es un elenco muy opaco. Su comando es un botón de muestra: una lúgubre colección de operadores. Tengo la sensación de que los cuadros técnica e intelectualmente más preparados son viudos de Lagos. Lo que queda de la otrora gran familia concertacionista es abundante en improvisación y desprolijidad. No veo mucho más que ganas de aferrarse al poder. En resumen, no desapruebo muchas de las ideas que promueve Guillier, pero creo que le falla el capital humano.

 

Piñera, en cambio, se ufana de contar con los mejores equipos –esta vez ya no son novatos que vienen a turistear al Estado–. Ya voté por él en 2005 y en la segunda vuelta del 2009. Pero esta vez se me hace muy difícil. Su derechización es la piedra de tope. La fuerza de la UDI es internamente incontrarrestable. RN, por su parte, abandonó el libreto liberal hace siglos. Piñera es el candidato ideal de los evangélicos. No creo que su gobierno sea necesariamente un retroceso –la alternancia hace generalmente bien–, pero es muy probable que nos situemos en veredas opuestas en una serie de temas relevantes: separación Estado-Iglesia, garantismo vs. populismo penal, discusión constituyente, política de drogas, etc. Salvo honrosas excepciones, la derecha que llega a La Moneda con Piñera es la cavernaria, no la moderna que gobierna en otros países. Por alguna razón, a Piñera le exijo más que al resto. Por eso me aproblema especialmente su carencia de formas republicanas, su hostigante repetición de eslóganes vacíos y su tendencia irrefrenable a ser cumpleañero de todos los cumpleaños.

Al menos en primera vuelta, declaro mi voto desierto.

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