Revista Capital

Centroderecha “a la chilena”

Instituto de Humanidades, UDP

Mauricio Rojas, redactor del programa de la candidatura de Sebastián Piñera, vino a sorprender a la derecha más economicista con su alusión a un Estado de bienestar. Es esa derecha que todavía piensa que existen individuos (humanos) antes de la sociedad; que la política debe estar subordinada a los intereses de esos individuos, expresados en preferencias económicas; que hay algo así como un dualismo entre economía –que asume el estatuto de lo real– y la gaseosa e indeterminada “ideología”; que la política, más que constituir un eventual modo del despliegue humano, es un contaminante de la manera –económico-financiero-administrativa– de hacer que las cosas funcionen.

Luego, Mauricio Rojas tuvo que salir a dar explicaciones, pues, en esa derecha economicista, algunos de sus voceros, así como think tanks que la representan, plantearon sus dudas y reparos. Vino Rojas a introducir una distinción ad hoc entre Estados de bienestar fracasados y lo que sería un Estado de bienestar –podría llamárselo– “a la chilena”: no tan Estado de bienestar como esos imperios del derroche que habrían sido los Estados europeos (Rojas tiende a hablar –pues es la experiencia que más conoce– de Suecia, cabría agregar algunos Estados del sur de Europa; pero lo de la dilapidación no aplica tanto para otros casos, como el alemán).

La distinción introducida por Rojas puede sonar oportunista. Pero está lejos de serlo, pues agrega un criterio necesario de mesura, prudencia o consideración de las circunstancias. Este es vital para que la existencia concreta del pueblo no sucumba bajo discursos puramente ideales.

Lo más relevante, sin embargo, es que de a poco, no sin ir a contrapelo de muchos en ella, venciendo inveteradas resistencias y atavismos, sordos hábitos enconados, la centroderecha viene dando un lento giro –a veces por convicción fundada en la reflexión, a veces por necesidad de adecuarse a las circunstancias, a veces por moda, a veces por una suma de todo lo anterior– hacia una concepción menos economicista, más política y, en definitiva, más humana de la realidad.

Se va nutriendo de la mirada de antropólogos, filósofos, sociólogos, politólogos, que vienen a enriquecer su usualmente restringida visión. En muchos casos, se trata, además, de personas que se han vinculado al medio académico, con lo que logran alcanzar perspectiva, distancia crítica y los tiempos y espacios necesarios para realizar estudios y reflexiones detenidos.

Dentro del ambiente más político del sector, de su lado, comienzan a importar incrementadamente nociones como las de estabilidad, integración de clases, urbanismo, la relación del ser humano con el territorio. Se va adquiriendo, paulatinamente, conciencia de que la irrupción masiva de clases medias pone a la institucionalidad ante nuevas exigencias, que ya no son, meramente, las de la subsistencia vital del proletariado. Incluso se viene a reparar en que solo mediante una comprensión política de la existencia –donde la economía tenga un lugar relevante, pero no sea el criterio final de la acción– es posible llegar a entender diferenciadamente el momento presente y hacerle frente a la izquierda en el mismo nivel en el que ella se desenvuelve.

Nuestro país tuvo su socialismo “a la chilena”. Condujo, probablemente, al fracaso más estrepitoso de la historia política del siglo XX. Pero resulta siempre rescatable el esfuerzo por adecuar el ideal a la realidad concreta del país. Ahí radica un mérito de la UP. ¿No vendrá siendo el tiempo de empezar a pensar seriamente en una centroderecha “a la chilena”? Una que, junto con los discursos abstractos –sean estos el de las reglas de escuela de los economistas, o el del moralismo ora de tono ultramontano ora de talante liberal–, considere la situación chilena contemporánea en su especificidad concreta e histórica.

Entonces habría que reparar, por ejemplo, en el abandono de las provincias y el territorio; en la angustia y la depresión bajo las cuales viven muchos chilenos; en la integración de los diversos grupos culturales y étnicos; en los modos por los cuales se organiza el trabajo, en la empresa y el Estado. Probablemente no estaría mal hacer reformas relevantes a las instituciones centrales del Estado, para contar con políticos capaces de suspender la mueca de campaña y estar sobria y persistentemente atentos a las reformas que podrían hacerle más alegre, solidaria, llevadera y estética la vida al pueblo y a ellos mismos.