Revista Capital

Lo que no se dice

Escritor

Preguntarnos qué nos acontece como sociedad e individuos es una cuestión que sin dudas hay que promover y ejercitar. Tratar de buscar explicaciones es indispensable, tal como interpretar lo que vemos. De esa inquietud provienen parte central de nuestros principios e intuiciones. Algunos leemos y tratamos de pensar en esas preguntas cándidas y esenciales que salen hasta en los catequismos (hasta cuándo estaremos vivos, qué está pasando cerca de nosotros y quién soy yo en esta situación). Estas nimiedades, cuando desvelan o preocupan, son un síntoma vital del que no podemos desprendernos. Vivir atentos a la muerte es un destino ineludible. Hacerse cargo de él parece ser la investigación a la que estamos condenados para evitar la desesperación de sentirse ciegos y perdidos junto a los demás.

Observo que estas preguntas –eludidas por densas e inconducentes– influyen en las discusiones sobre lo que se debe o no hacer día a día. El destino final es el tema clave de la política. No obstante que ella no quiera explicitar esta relación. Cuando los senadores y diputados discuten sobre el aborto, la eutanasia, las adicciones, los productos que consumimos, cuando legislan sobre nuestra intimidad, no hacen otra cosa que deliberar sobre la muerte y el deseo. Los discursos que escuchamos son explicaciones más o menos plausibles que camuflan creencias arraigadas en zonas donde la razón no tiene poder. Y los que se acreditan en nombre de la sensatez laica están cayendo en eludir las preguntas de fondo. Para ellos, lo cuerdo es no preguntarse por aquello que no tiene respuesta, sin embargo, no podemos dejar de hacerlo directa o indirectamente.

Tal vez lo más evidente de nuestro alienante desasosiego existencial se ve en la preocupación por el cuerpo. La vejez y la juventud, los problemas con el peso y el rendimiento sexual están dentro de los asuntos que más se escuchan. La presencia de médicos en la televisión y en otros escenarios es una muestra de la obcecación que tenemos por desentrañar el destino ineludible. Hemos entregado parte de nuestra confianza a la ciencia y a la religión, pese a que sabemos que no tienen ninguna posibilidad de respondernos acerca de nuestra condición de mortales. Las variables ocultas, lo que no sabemos, es demasiado. Entonces nuestra entrega siempre es un acto de fe. Ni la medicina ni la teología pueden tranquilizarnos a la hora de las angustias primarias, las que nos acosan desde la pubertad.

Escribir sobre la muerte no tiene sentido, aunque es el tópico preferido de la literatura. Es lo que está detrás de las historias, lo que mueve las guerras, desata pasiones y tristezas. La muerte es colectiva e individual. Y acosa, de ahí viene el miedo con sus infinitas implicancias en distintos terrenos prácticos.

Se escuchan alegatos permanentes sobre lo morbosa que es la televisión. Que los noticieros están centrados en la crónica roja, en los casos atroces y en los escándalos. Sí, es cierto, la televisión se guía por las pulsiones sociales que se expresan en el rating: solo habla de la muerte en sus diversas formas y disfraces. Así le gusta al público, que refugiado en sus casas se regocija con información sobre la fatalidad que todavía no les afecta. Es más, si la alianza ancestral entre sexo y muerte se genera, es lo que más atención reclama. Cómo no iba a serlo, si se trata de lo crucial, aquello que nos define como animales más que el lenguaje que tanto prestigio ha forjado.

La caducidad del cuerpo es más fuerte y definitiva que cualquier entelequia para distraer con abstracciones. La fascinación por lo animal que tenemos se ve en la importancia que han cobrado los gimnasios, las dietas. La moda es una resolución temporal de la forma en que deseamos vernos disfrazados de muertos. Vamos cambiando con la ansiedad de quien sabe que sus horas están contadas.

Hoy en día, que el futuro está en boca de candidatos y que el concepto de legado ha entrado a escena, da risa pensar en la inocencia de quienes intentar forjar sus futuros sin pensar en la obsolescencia, en la muerte impredecible que determina lo que vendrá.