Opinión

Naturgemalde

Un simple dibujo y los comentarios anexos que hace poco más de dos siglos realizó el naturalista Alexander von Humboldt deberían ser el ícono y la bandera de lucha que inspire a quienes quieren evitar que se termine de quebrantar el delicado equilibrio de la Naturaleza.

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Director Revista Capital

Andrea Wulf, autora del libro La invención de la naturaleza: El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, cuenta en la introducción cómo siguiendo los pasos del padre del ambientalismo un buen día se lanzó a escalar el Chimborazo, una portentosa montaña de 6.400 metros ubicada en los Andes ecuatorianos y que a principios del siglo XIX se creía era la más alta del mundo.

Mencionamos ese episodio que tiene como protagonista a ese coloso de roca, porque se podría decir que durante el periplo americano de Von Humboldt, que abarcó su ascensión de ese volcán, el naturalista tuvo una visión que cambió la aproximación de la elite intelectual de entonces con el entorno. Y nada mejor para aquilatarlo que la imagen que el propio pensador alemán realizó con sus manos y que es unícono dentro de su galería de cuadros conocido como Naturgemalde.

En ellas, pero muy especialmente en esta, el investigador científico que tuvo una enorme influencia sobre una gran cantidad de pensadores de los siglos XVIII y XIX, entreteje casi como un escolar aventajado en el dibujo, imagen y texto, construyendo una trama que se podría llamar “cósmica”, haciendo referencia a su monumental obra Cosmos, que ocupó prácticamente toda su existencia.

Y es que Von Humboldt, aunque no haya sido el primero en percatarse o intuirlo en la faz de la Tierra, fue el que mejor puso en letras de molde la idea de la naturaleza en una trama finamente entretejida a lo largo de los milenios, una en la que cada hebra es fundamental y su suerte no es indiferente para el resto del lienzo.

Eso fue lo que llevó al naturalista a sostener que no es posible pretender tirar de un hilo sin arriesgar al tapiz entero y a abogar porque “en esta gran cadena de causas y efectos no puede estudiarse ningún hecho aisladamente”.

Mencionamos a Von Humboldt y la notable obra de Andrea Wulf que lo rescata de un inmerecido segundo plano y lo corona como padre del ambientalismo, porque en Capital hace años hemos querido relevar, como lo hace esta nueva edición verde, la preocupación por el medioambiente, en especial por esa delgada capa de unos cuantos miles de metros de espesor que es la biósfera que es donde se desenvuelve la vida que conocemos y que no es otra cosa que una milagrosa y misteriosa obra que se fue amalgamando a lo largo los milenios y que hoy, a juzgar por la evidencia científica, se enfrenta a momentos críticos que exhortan a jalar con cuidado de esas hebras que mencionó Von Humboldt, si no queremos que se corte el hilo del cual pende nuestra existencia.

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