Opinión

El problema de la ONU

El organismo está marcado por la burocracia y la inconsistencia: por ejemplo, países antidemocráticos que dan clases de DDHH. Chile puede jugar un rol en enmendar el rumbo.

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Doctor en Ciencia Política, académico de la universidad de chile

Una de las controversias más ridículas del último tiempo fue el ruido que se produjo con el anuncio de que la presidenta Michelle Bachelet fuera nombrada por Antonio Guterres, secretario general de la ONU, a formar parte de un consejo consultivo sobre mediación de conflictos.

Más de una década después de que Bachelet irrumpiera en el escenario nacional e internacional, la derecha aún no entiende la tremenda estima, respeto y admiración que goza la presidenta en el resto del mundo, condición que es independiente de cualquier discusión política local. Como consecuencia, políticos de oposición que demandaron que la ONU diera explicaciones respecto al nombramiento quedaron en ridículo.

Existe, sin embargo, un punto de fondo al cual los críticos no se apegaron: si bien la inclusión de la presidenta chilena en un grupo de élite debiera ser motivo de orgullo nacional, cabe preguntarse cuál es la contribución que hace Chile para mejorar un organismo que claramente, y hace mucho tiempo, ha perdido el rumbo.

Ejemplos sobran. El más reciente es el nombramiento, y posterior destitución, del dictador de Zimbabue, Robert Mugabe, como embajador de buena voluntad de la Organización Mundial de la Salud. El Consejo de Seguridad parece haber vuelto a su condición de impase casi permanente de la época de la Guerra Fría, dificultando encontrar consensos entre los grandes poderes; cuyos intereses chocan en asuntos de importancia como Siria o Corea del Norte.

Por el otro lado, la Asamblea General lleva años siendo poco más que el último recurso de estados sin plataforma alternativa para ventilar sus quejas, que normalmente van dirigidas hacia antiguos enemigos tribales o algún ex poder colonialista. La reunión anual de líderes que se lleva a cabo durante el mes de septiembre, en que cada uno tiene unos pocos minutos para dirigirse a la comunidad de las naciones, se ha convertido en un show de dardos en donde todos quedan pasados, en las palabras de un fallecido presidente venezolano, a azufre.

A pesar del espectáculo, este tipo de plataformas tiene su valor. Solo un ejemplo: los pocos contactos diplomáticos que hoy por hoy se pueden llevar a cabo entre los gobiernos de EE.UU. y Corea del Norte ocurren gracias a la presencia de una misión del país asiático en la ONU (y cuyos diplomáticos tienen prohibido viajar más de 25 millas de Columbus Circle).

Además, muchas veces (aunque no siempre), las decenas de agencias y comisiones de la ONU realizan una labor valiosa in situ, lidiando con los problemas del medioambiente, la pobreza, la desnutrición, los refugiados, entre otros. Pero aun a ese nivel, el organismo está marcado por la ineficiencia y burocracia, y la dominación por países miembros que claramente carecen de los valores que marcaron la fundación de la ONU hace más de 70 años.

Es por esa razón que EE.UU., que financia casi un cuarto del presupuesto de la ONU, tomó la decisión recientemente de salirse de la Organización Educacional, Científica y Cultural de las Naciones Unidas (Unesco). Washington estaba protestando en contra de la dominación de ese organismo por parte de gobiernos antidemocráticos y antisemitas, que la han utilizado como herramienta para criticar al Estado judío de forma constante y desproporcional. En los cinco años entre 2009 y 2014, Unesco condenó al Estado de Israel 46 veces. En el mismo período, no hubo resoluciones condenando a Irán, China, Cuba, Corea del Norte, Myanmar, o los innumerables países cuyos abusos de DDHH están ampliamente documentados. Siria, cuyo gobierno ha matado a sus propios ciudadanos con armas químicas, mereció una sola resolución de condena.

Ban Ki-moon, el otrora secretario general, en su último discurso sobre el tema del Medio Oriente, junto con criticar tanto a Israel como a los palestinos por el lento avance hacia la paz, observó: “Durante los últimos diez años he postulado que nunca debemos aceptar el sesgo anti-Israel dentro de los cuerpos de la ONU. Décadas de maniobras políticas han creado una cantidad desproporcionada de resoluciones, informes y conferencias criticando a Israel. En muchos casos, en vez de ayudar a la causa palestina, esta realidad ha impedido la habilidad de la ONU de cumplir su deber con efectividad.”

A pesar de lo anterior, la solución no va por el camino tomado por el gobierno de Donald Trump. Retirarse de la Unesco significa no poder influenciar los procesos hacia decisiones más equilibradas. Claramente, esa institución requiere de más países democráticos, no menos, abogando por la defensa de la democracia y los derechos humanos.

Por eso es bienvenida la noticia de que Chile fue elegido hace unos días al Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Es evidente que el país tiene una reputación internacional, historia y trayectoria que permiten que nuestras lecciones, difícilmente aprendidas, puedan servir como un aporte real. Acompañando a Chile en el Consejo, sin embargo, están Arabia Saudita, Congo, Nigeria, Venezuela, China, Cuba e Irak. Son estos países, junto con otros, los que están encargados de investigar y monitorear los abusos de DDHH en el mundo. Por supuesto que los intereses de naciones individuales interfieren en esta labor. El año pasado, por ejemplo, Arabia Saudita impidió que se estableciera una investigación sobre abusos en Yemen, país en cuya guerra civil los sauditas están involucrados, enfrentándose a fuerzas apoyadas por Irán.

Desde el retorno a la democracia, la política exterior chilena ha establecido el multilateralismo como herramienta esencial para un país pequeño y alejado. Su compromiso con los organismos internacionales es admirable y le ha traído beneficios y reconocimiento. Es hora de usar la influencia ganada para tomar en cuenta las palabras de Ban Ki-moon, y asegurar que los sesgos institucionales dejen de impedir que se cumpla, como sostiene la Carta firmada en San Francisco hace casi tres cuartos de siglo, “el principio de la igualdad soberana de todos sus Miembros”.

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