Revista Capital

De cómo la izquierda mató la Asamblea Constituyente

Académico de la Escuela de Gobierno UAI

A la derecha no se podía pedir mucho al respecto. La Constitución actual protege a grandes rasgos su visión ideológica. Era absurdo esperar que ellos abrazaran con entusiasmo la posibilidad de cambiar la estructura institucional del país. Por ello, la responsabilidad recaía sobre la izquierda, donde se concentra la mayoría de los promotores de una Asamblea Constituyente.

¿En qué falló la izquierda? Simple: nunca entendió de qué se trataba realmente una Asamblea Constituyente. El mejor ejemplo lo entrega, día a día, la cuenta oficial de la iniciativa “Marca tu Voto”. Para mucha gente, son los voceros del proyecto. Pero estos voceros se dedican a promover ciertos contenidos que –a su juicio– deben estar presentes en la nueva Constitución, aparte de denostar a ciertos actores de la derecha política.

¿Cuál es el problema con promover ciertos contenidos? En teoría, todos los sectores tienen derecho a promover los contenidos que estimen convenientes. Socialistas, liberales y conservadores tienen sus legítimas visiones respecto de la Constitución ideal. Sin embargo, el rol del convocante no es patrocinar una visión por sobre la otras. Aunque le cueste, el convocante debe abstenerse de ponerse una camiseta ideológica, sea cual sea. El convocante no es un jefe de barra. El convocante debe operar como un agente imparcial que se la juega por asegurar garantías de participación igualitaria y democrática a todos los sectores por igual.

He ahí el error estratégico de buena parte de la izquierda pro-AC: siempre entendieron el debate como una disputa de modelos sustantivos –donde lo importante es el resultado– antes que como una invitación a discutir las virtudes de un procedimiento –donde lo importante es la legitimidad–. La derecha, por tanto, entendió la convocatoria en clave hostil: estaban siendo invitados a una carnicería, donde el modelo que tanto defienden sería irremediablemente revertido.

¿Significa esto que la izquierda debía ocultar sus aspiraciones sobre el contenido? No necesariamente. Lo que debieran haber entendido mejor es que se trata de un proceso de dos etapas. Durante la primera etapa, todos los esfuerzos debiesen haberse concentrado en generar confianzas transversales y acordar reglas del juego capaces de entregar certidumbre a las partes. Durante la segunda etapa, una vez que existe confianza básica entre los actores políticos y las reglas del juego son claras, cada equipo lucha lealmente por sus ideas en la arena democrática. A la izquierda pro-AC se la comió la ansiedad. Fueron incapaces de distinguir entre procedimiento y contenido. Así dinamitaron los pocos puentes que tenían con el centro y la derecha. Espantaron a todos los que tenían ideas distintas respecto del contenido.

La izquierda debió transmitir otra cosa. Debió explicarle al país que lo relevante era tener una nueva Constitución legitimada en democracia y no necesariamente una Constitución que nacionalizara el agua, derogara el sistema previsional o terminara con las restricciones al Estado empresario. Todas esas batallas eran posteriores. La clave siempre estuvo en la siguiente pregunta: ¿qué hacemos si el contenido de la nueva Constitución se parece mucho al actual tras la realización de una Asamblea Constituyente? La izquierda siempre rehuyó la pregunta. En cambio, debió afirmar con convicción que aun en ese caso el resultado es plenamente legítimo y el ejercicio queda enteramente justificado.

En la práctica, si una Asamblea Constituyente tiene una composición política similar a la del Congreso actual o próximo, los contenidos del texto constitucional no cambiarían radicalmente. Eso no es necesariamente malo. Eso es democracia. Puede que la derecha nostálgica pierda una que otra batalla, pero incluso para el empresariado es mejor contar con la certidumbre de una Carta Fundamental legitimada por la voluntad general y no impuesta a la mala en dictadura.

Por último, fallaron las nuevas generaciones. Es entendible que el bacheletismo quisiera cerrar el capítulo y anotarse una victoria histórica con una Constitución hecha a la rápida. Pero los movimientos políticos jóvenes que empiezan a poblar el espectro debieron haber leído mejor el escenario: una Asamblea Constituyente no solo servía como mecanismo para producir un nuevo texto con supremacía legal. Servía especialmente para generar un nuevo pacto político y social entre las generaciones posttransición. No es necesario que ese pacto estuviese marcado por la amistad cívica –no hubiese sido malo tampoco–, pero sin duda habría creado condiciones sustentables de convivencia política mejores que las que tuvieron sus padres y abuelos.

En resumen, ya sea por convicción democrática o por sagacidad estratégica, la izquierda pro-AC debió ejecutar un librero muy distinto al que ejecutó. Al no hacerlo, le entregó el protagonismo a un gobierno desganado que llevó adelante la discusión constituyente por cumplir. Hoy, está casi muerta. Inteligencia y generosidad se requieren para revivirla.