Opinión

Hambre de poder

Parafraseando a George Orwell, la evidencia política contemporánea parece confirmar que el populismo (y no solo el nacionalismo) es “hambre de poder templado por el autoengaño”.

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Director Revista Capital

En el prólogo del libro El estallido del populismo que recientemente presentó en Chile, el premio nobel de literatura Mario Vargas Llosa disecciona las distintas expresiones corporales que suele tomar el populismo, generalmente espoleado por sujetos ambiciosos y hambrientos de poder.

El escritor, que días después iría a la vanguardia en una masiva marcha realizada en Barcelona en contra de la asonada independentista que lidera Carles Puigdemont en Cataluña, dice en el texto que: el populismo es un conjunto de políticas irresponsables y demagógicas impulsadas por gobernantes que en su búsqueda de poder no trepidan en sacrificar el futuro de una sociedad a cambio de un presente efímero.

Y despliega ejemplos. Lo hace tanto con la mirada puesta en el mundo desarrollado, donde dice que ese populismo suele cristalizar en nacionalismos, como en el tercer mundo, región en donde el populismo se disfraza de progresismo.

Se trata de manifestaciones políticas efectistas que seducen populachos, pero que son verdaderas bombas de tiempo, que cuando detonan no solo salpican esquirlas concretas que menoscaban a sus pueblos, sino que dañan valores superiores como la libertad y la democracia.

En una perspectiva histórica, ilustra Vargas Llosa, el nacionalismo se anota con el lúgubre récord de ser “la fuente, después de la religión, de las guerras más mortíferas que haya padecido la humanidad”. El progresismo tercermundista, en cambio, ha aprendido lecciones con el correr del tiempo y hoy solo en casos extremos llega a la estatización de empresas y fijación de precios. Su forma más común es el mercantilismo, una suerte de “capitalismo corrupto de compinches”.

Así, en pocas páginas, el escritor desmenuza un fenómeno político actual que más allá de tener una impresionante gama de manifestaciones distintas, tiene un denominador común que es de esperar se puedan erradicar a tiempo. Ese denominador común es que cuando el populismo se hace realidad, inevitablemente deriva en el “fracaso traumático de las políticas irresponsables”, agravando los problemas sociales y económicos de los ingenuos que comulgaron con esas ruedas de carreta.

En Cataluña, donde los acontecimientos están aún en pleno desarrollo en una pulseada que busca dislocar al rival, Vargas Llosa advierte que tras décadas de adoctrinamiento por parte de gobiernos nacionalistas se ha llegado a una encrucijada crítica, que tiene paradójicamente a buena parte de la población de una de las regiones más cultas de España embobada por un espejismo y creyendo que avanza a convertirse en Dinamarca, cuando en realidad lo que podría estar haciendo es dirigirse peligrosamente a un acantilado, en el fondo del cual terminará convertida en Bosnia.

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