Opinión

Tormenta de opiniones

Existen periodistas de la talla de Eric López, que en radio Bío Bío descuera a los políticos, cuando figura en calidad de socio de una empresa de asesorías a los mismos.

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Escritor

No sé si es una percepción equivocada, pero tengo la sensación de que en la televisión, la radio, Twitter o Facebook, en definitiva, en todos los medios al alcance del lenguaje lo que abunda son las opiniones. Sí, las opiniones desembozadas, temerarias, salidas del estómago mental de personas que parecen hartas de vivir en silencio y deciden lanzar su inquina donde puedan.

Los comentarios que se leen bajo algunas noticias son la prueba fehaciente de que esta cultura de la opinión se va apoderando de la sociedad como una pulsión, un derecho, una necesidad. Lo cierto es que nunca he concebido a la opinión con demasiada relevancia. Me interesan las disquisiciones, que suelen ser menos tajantes. Y si bien creo que es un derecho poder expresarse con libertad, me extraña tanto deseo por enjuiciar, por tener claro qué decir cuando acontece algo o se supone relevante. Opinar sin entregar información y sin hacer un relato, sin conciencia del lenguaje y los conceptos es semejante a escupir, o lanzar un piedrazo.

A mí las opiniones como género literario me dan horror. Son la demostración misma de la obsolescencia, de la muerte. El tiempo arrasa con las palabras de forma tal que decir brutalidades o inexactitudes no cuesta nada, es retórica altisonante. Escuchamos a los periodistas emitir monsergas desde la mañana a la noche. Y pese a que son refutados por los hechos, vuelven al mismo ejercicio, como si no hubiera pasado nada, insisten en sus lapidarios veredictos. Dar consejos y opinar no cuesta nada, dicen los que se ríen del arte de alzar premoniciones y sentencias.

Es curioso que opinar se haya convertido en un honor del que hacen gala sujetos que se nota que jamás pensaron que tendrían tribuna. Existen periodistas de la talla de Eric López, que en radio Bío Bío descuera a los políticos, cuando figura en calidad de socio de una empresa de asesorías a los mismos, tal como autodenunció la emisora en una noticia extraordinaria. Pero hoy calificar a los demás no es tan grave y los conflictos de interés de los que hablan no se persiguen. El periodista sigue ahí disparando. Se prestó para todo aquello que no acepta, no obstante, nadie le quita su tribuna. Los periodistas se protegen como un feroz gremio, a fin de cuentas son los que practican el poder diciendo lo que se les ocurre o investigan, elucubrando teorías, y dando y quitando espacios para que otros también tengan púlpito desde donde hablar.

Incluso hasta el más burdo comentarista de Twitter, para qué decir los columnistas y los que hacen editoriales en la televisión, saben que lo que vale a la hora de opinar, lo que impacta, lo que da rating y visibilidad es siempre exagerado, puesto que la realidad es menos enfática. Hace cerca de un año atrás los fiscales decían abiertamente sus consideraciones, aseguraban que estaban haciendo una labor fundamental al meter presos a todos aquellos que habían cometido irregularidades graves en el financiamiento de la política. Hoy, cuando solo un par de personajes han padecido lo que se prometía para muchos, esos mismo fiscales continúan intentando mantener el perfil público sin pruebas de que sus persecuciones contra los poderosos sean contundentes. Son unos ases para las cámaras y el Twitter, y unos negociantes en las cortes y audiencias.

Están los que espetan sus frases desde el poder sin culpa. También están los que intentan tener la calidad de médiums y hablan por los demás, dicen nosotros para referirse a ellos mismos. Y, los menos, se limitan al yo, a su individualidad sin otros atributos. Son los que se expresan con necesidad, sin ímpetus. No quieren derrotar a nadie con sus discursos. Sus voces son las nítidas, vienen de la experiencia y la compasión. A veces mandan cartas a los diarios porque se ven atosigados, en otras ocasiones tienen un espacio en un diario, es el caso de Roberto Merino, que escribe desde su yo extraño sin esconder su cuerpo tras interpretaciones.

El asunto es que hoy no hay quien no tenga su megáfono o lugar desde donde expresarse. Supongo que esto ha sido así desde tiempos inmemoriales, sin embargo, creer en lo que uno piensa se ha vuelto una costumbre que nos invade, que nos termina por enajenar.

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