Opinión

Reduccionismo liberal

Nuestro columnista responde a Francisco José Covarrubias, quien lo motejó de conservador, junto a otros intelectuales de derecha. Según él, esta alusión aporta poco al debate.

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Instituto de Humanidades, UDP

El lenguaje oblitera la realidad. Él opera con palabras y conceptos generales y abstractos; la realidad, en cambio, es particular y concreta, los individuos que existen en ella son singulares, una infinita alteridad. Esta heterogeneidad importa que la realidad y los individuos pueden quedar subsumidos bajo palabras que los desconozcan, total o parcialmente.

Una comprensión no violenta, correcta o adecuada exige reparar en este asunto, para intentar atender al significado de la realidad, modificando, eventualmente, el significado ideal de las palabras y conceptos.

En el pensamiento político moderno han existido inclinaciones hacia las abstracciones, de diverso signo. Las hallamos en esa derecha criolla que mezcla liberalismo económico y conservadurismo moral; también en la izquierda que postula, por la vía deliberativa, abrir un camino que culminaría en un utópico (abstracto) estadio sin mercado y sin Estado.

Comprender de manera no reduccionista exige atender a la tensión y la relación entre los polos de la comprensión, de tal suerte que lo singular y concreto no padezca, no resulte obliterado bajo la abstracción y generalidad de los conceptos, bajo el rigor de los programas o ideologías.

En este asunto radica, me parece, precisamente una falencia fundamental de nuestro sistema político. Existe un malestar, en el que varios hemos venido reparando desde hace tiempo (remito a un libro que escribí hace varios años ya, La derecha en la crisis del bicentenario), que se deja explicar así: como expresión de un desajuste entre las pulsiones y anhelos populares concretos, de un lado, y la institucionalidad política y económica, del otro.

De tal crisis no se sale fácilmente. Solo una comprensión política con capacidades prospectivas y apoyada en un pensamiento sofisticado, tendría la capacidad de hacer recuperar legitimidad a la institucionalidad política.

Estas y otras consideraciones –eventualmente, reparar en las cuatro tradiciones ideológicas que han nutrido el pensamiento de la centroderecha (social-cristiana, nacional-popular, liberal-laica, liberal-cristiana)– han sido motejadas por algunos columnistas vinculados al liberalismo como “conservadurismo”. Últimamente lo hace Francisco José Covarrubias. Llega a ligarme, sorpresivamente, junto a otros, al intento de atar religión y política, y de ser –sin precisar más ni justificar– “muy” conservador (además me hace formar parte, junto a Daniel Mansuy y Pablo Ortúzar, del Instituto de Estudios de la Sociedad, entidad con la que he colaborado, pero con la que carezco de relación contractual).

El error de apreciación importaría poco (y bastaría decir que aporta tan escasamente al debate como si yo dijera de Covarrubias que es “muy liberal”), si no fuera porque termina desconociendo, bajo los motes que emplea (“conservador”, “sentido comunitarista”), la consideración sobre la, probablemente, única manera en la que un pensamiento de centroderecha podría volverse capaz de atender con cuidado a la incierta situación presente, darle cauce, orientación pertinente y entrar en discusión con la nueva izquierda en el nivel específicamente político en el que ella opera.

¿O alguien dotado de un grado mínimo de sensibilidad política podría llegar a creer que es con una yuxtaposición de moral sexual, ahora de signo liberal (centrada ahora en el matrimonio igualitario), y la insistencia en las cifras económicas y la gestión, que la centroderecha podrá darles expresión a las pulsiones y anhelos populares, o entrar con esa peregrina combinación de cifras y valores sin hacer el ridículo en la discusión con el robusto discurso de la deliberación y la ilegitimidad del mercado como institución, en el que viene reparando la nueva izquierda?

La combinación liberal de moral y economía no basta aún para comprender la existencia y estimarla en su peso específicamente político. Y tiende a volverse inútil para guiar a un gobierno, especialmente en un contexto donde las instituciones económicas y políticas pierden legitimidad y la izquierda somete a una diferenciada crítica política la institucionalidad actual, basada en un tipo de praxis también política. Se necesita todavía hacer una consideración política de los supuestos bajo los cuales son compatibles la libertad y la integración nacional, el respeto a la interioridad del individuo y el reconocimiento de su aspecto político y social. Lo contrario transformará cualquier triunfo electoral de la centroderecha en victoria circunstancial, que tenderá a diluirse tan pronto como comience el gobierno y la izquierda prenda el bombo y reactive la movilización social.

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