Opinión

Los errores del pasado

Al no reconocer a Melnick como interlocutor válido, Sánchez está haciendo lo mismo que tantos partidarios de la dictadura hicieron: deslegitimar al otro.

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Doctor en Ciencia Política, académico de la universidad de chile

Las declaraciones de la candidata del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, respecto de su participación en un programa de televisión que incluye como panelista a un ex ministro de la dictadura, Sergio Melnick –columnista de esta revista–, ha desatado un valioso debate. Algunos tildan a Sánchez de intolerante, de tratar de limitar la libertad de expresión de aquellas personas con las cuales no comparte una postura política. Otros encuentran que ya era hora de que se les cierren los espacios a los colaboradores del régimen militar. ¿Cuál sería una postura razonable?

Para empezar, Sánchez tiene todo el derecho de elegir los lugares donde quiere aparecer. Uno creería que, en una campaña presidencial, el objetivo sería lograr la máxima cobertura posible. Si ella o su comando creen que ciertos sectores o audiencias son prescindibles, es cosa de ellos. Estarán dispuestos a pagar los costos. Parece extraño, sí, en un país como Chile, donde los medios en general están en manos de conglomerados que no comparten la visión ideológica de la candidata, que se haya optado por negarse a participar en un programa en particular donde entre los panelistas se encuentran personas que representan una pluralidad de posturas políticas. De ser consecuente, Sánchez tendría que abstenerse de dar entrevistas en casi todos los medios nacionales con la posible excepción de Televisión Nacional.

Una segunda inconsecuencia latente en la postura de la candidata es que al no reconocer a Melnick como interlocutor válido, está haciendo lo mismo que tantos partidarios de la dictadura hicieron: deslegitimar al otro. En ambos casos dicha postura parte desde una superioridad moral, donde no hay nada que discutir porque el otro lado está moralmente inhabilitado.

Existen, por cierto, circunstancias donde negarse a conversar sería una postura razonable. Fanáticos ideologizados no debaten, porque no razonan. La tolerancia hacia otros puntos de vista es necesaria siempre y cuando se esté debatiendo en contextos de tolerancia. La tolerancia a la intolerancia no es deseable, diría Popper, porque el objetivo es debatir en pos del fortalecimiento del conocimiento y la democracia. Debatir con un yihadista no tiene sentido.

Es por eso, en parte, que Alemania optó por enterrar, dentro de lo posible, todo lo que tenía que ver con el nazismo, cuyo camino llevó al país a pagar tremendos costos económicos, militares, humanos y especialmente morales. Pero la desnazificación también se realizó en el contexto de una derrota militar total. Cuando algunos partidarios de Sánchez hacen una equivalencia entre el nazismo y el régimen de Pinochet, el argumento es atractivo desde un punto de vista emocional, pero históricamente no se sostiene, y no solamente por las diferencias entre los dos tipos de dictaduras.

Como nos enseñó ese corpus de literatura llamado “transitología” hace unas tres décadas, las transiciones democráticas son productos del tipo de régimen que desean reemplazar, y también de la forma en que dichos regímenes caen. Obviamente que los arreglos institucionales que resultan, por un lado, de una absoluta derrota militar (con todo lo que eso implica en términos de destrucción de infraestructura e institucionalidad política), y por otro, de una transición llevada a cabo bajo las reglas impuestas por el régimen saliente, no van a ser iguales.

La postura de Sánchez respecto de En buen chileno es, en rigor, sintomática de un conflicto mucho más profundo, que ha marcado la diferencia entre la “nueva” izquierda chilena y el resto de la clase política. Los primeros rechazan los acuerdos institucionales de la transición chilena, considerándolos como arreglines que sirvieron para continuar con el orden neoliberal. Los segundos vieron dichas transacciones como esenciales para poder encaminar el país hacia la democracia, y llevan más de treinta años buscando formas de dialogar con el otro, incluso cuando los encuentran desagradables o equivocados, todo en pos de la búsqueda de algo parecido a la reconciliación.

Ambos lados desean corregir lo que ven como los errores del pasado. El problema es que difieren en cuáles fueron esos errores.

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