Opinión

Hombre rico, hombre pobre

Romain de Chateauvieux podría vivir entre lujos, pero prefirió hacerlo en medio de la más completa austeridad. Y al hacerlo, lo que en verdad hace es revolverles el gallinero a todos los chilenos.

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Director Revista Capital

El testimonio de vida de Romain de Chateauvieux que registramos en la presente edición es uno que merece ser destacado por varias razones. En primer lugar, por lo que transmite en términos humanos; a saber, que la verdadera riqueza patrimonial y existencial que se logra acopiar a lo largo de los años depende esencialmente de cómo se vive la vida y que dicho activo cotiza de manera distinta no en función de lo que digan otros, sino que dependiendo de cómo lo valora cada uno.

En el caso suyo, su cotización es elevada, algo que consigue manteniéndose lejos de la herencia o fortuna familiar, ya que De Chateauvieux se las arregla solo y perfectamente bien para vivir derrochando bienes en un entorno de pobreza, indigencia y frustración social.

Pero quisimos relevar su mensaje porque va mucho más allá. Sin ánimo de dictar clases de moral desde estas cómodas líneas, y menos cuando sabemos que no le llegamos ni a los tobillos, nos atrevemos a decir que el testimonio de De Chateauvieux es de mayor profundidad porque cuando él sostiene que en Chile “hay un paternalismo” que no dignifica a quien pretende favorecer tiene mucha razón. Él lo ilustra con la indignante imagen de empresas que llegan en Navidad y solo “quieren regalar juguetes”, agregando que “para mí eso es vomitar una falsa caridad, quitarle la dignidad al pobre. En eso Chile tiene que avanzar”.

De Chateauvieux tiene razón. Como la tiene cuando sostiene que para él, su mujer y cinco hijos no es una pesadilla vivir en medio de una de la poblaciones más pobres, porque en ese entorno lo conocen y lo respetan “porque me ven la cara y saben que yo no tendría por qué estar acá… (saben) que sacrifico mi vida”.

Lo que hace este extranjero en La Pincoya es enviarles un poderoso mensaje tanto a quienes hacen caridad vía control remoto (ojalá a través de una eficiente y sanitizada app en el smartphone) como a la izquierda caviar, que exorciza sus culpas empinando refrescantes champañas y caros vinos en sobremesas de herméticos clubs en Chile o en el glamoroso mundo progre de NYC.

¿Quiere decir esto que solo lo que hace De Chateauvieux está bien y que el resto está mal? No, por supuesto. Solo significa que para que en Chile dar la PSU para un pobre deje de ser como subir “el Everest, una cuestión que asusta, que más de una vez te va a humillar”, todos tienen que sumar fuerzas en forma auténtica y responsable. Eso supone un cambio personal y social profundo y que seguramente será lento, como él dice en la entrevista, pero que si se produce permitirá atacar ese vergonzante mal, que, como alguna vez dijo Muhammad Yunus de visita en Chile, es fácilmente abordable, porque en nuestro país solo flagela a un par de millones de personas y no a cientos de millones, como ocurre en la India.

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