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Cumplimiento

Director Revista Capital

El último episodio de la aparentemente interminable serie de casos que comprometen la transparencia y probidad en el plano de lo público es el de las llamadas asesorías “copy paste”, que junto con revelar un nuevo flanco de escandaloso despilfarro (eso, hasta ahora) de recursos públicos, es una nueva estocada al corazón de la clase política y sus “honorables”.

Se ha escrito mucho del caso, así que lo mejor puede ser centrarse en lo significativo que resulta este hecho en la lógica del llamado “cumpli-miento”, un vicio que se atribuye a muchos servidores públicos, que predican y al final no solo no practican, sino que mienten descaradamente al respecto.

A nivel internacional y local (en especial lo ha subrayado Chile Transparente a propósito de las declaraciones de patrimonio), esta forma de proceder es un mal hábito que simplemente se sienta sobre la opinión pública y que menosprecia torpemente el cambio de paradigma que se ha expresado con especial fuerza en los últimos años, en que los niveles de escrutinio social son mucho más exigentes y en donde la prensa ha jugado un rol cada vez más inquieto y punzante.

En el caso “copy-paste”, para ilustrar la lógica de “cumpli-miento” basta decir que mientras en 2015 el Senado se preciaba de hacer su primera Cuenta Pública ante el país en sus 204 años de historia, casi en paralelo, en 2014, el Comité de Auditoría Parlamentaria había hecho la que es hoy la última fiscalización al trabajo de los asesores externos pagados por los legisladores, negligencia que tres años después detona con el escándalo que hoy nos entretiene y al que se suma la resistencia del Senado de abrir sus puertas y ventanas al Ministerio Público.

Prédica y práctica, fe y obras, son cuestiones que quedan cortas a la hora de pedir mayores estándares a quienes no solo no acompañan lo que dicen con acciones (omisión), sino que además pecan de acción.

Quienes cumplen funciones públicas deben ser especialmente cuidadosos en su actuar. Hoy, por ejemplo, declaraciones como las que hiciera hace pocos días la secretaria ejecutiva del Consejo Nacional de la Infancia, en cuanto a que la entidad había cumplido su objetivo de tener (solo) dos reuniones de consejo al año, no parecen prudentes, sobre todo en áreas en donde la expectativa ciudadana es que haya un sentido de urgencia en el tratamiento de los temas.

La confianza en Chile, debilitada por el goteo de casos como estos en los últimos años y por el ataque de quienes aspiran a capitalizar la división de los chilenos para la construcción de sus proyectos (el divide et impera, de Maquiavelo), es quizás el activo clave en el que se deben centrar los esfuerzos de quienes creen que es posible hacer progresar a todas las personas que conforman el país, un imperativo que debe escalar no en las listas y discursos, sino que en la conciencia de quienes lideran a todo nivel: Estado, empresas, ONG, iglesias, etcétera.