Opinión

El acoso de los fanáticos

Son personas que están dichosas de tener una sola línea. Son coherentes. Tienen opiniones inamovibles. Hay que escapar de ellos.

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Escritor

Adolezco de certezas para comprender un momento histórico como el que estamos viviendo. Es una época donde se están discutiendo cuestiones que hasta hace poco parecían zanjadas. La pulsión por mirar hacia atrás es una variante ineludible para captar el presente. Vivimos revisando el pasado reciente con la intención de reflotar ideas o modas, recuperar la memoria ante el miedo a la amnesia social o simplemente probar experiencias en desuso. Sabemos que lo nuevo a veces es más antiguo que los etruscos, y que lo viejo se camufla para existir y volver en su esplendor. Disfrutamos de los mitos arcaicos. Está lleno de series de televisión que recrean épocas remotas, con sus dioses y guerreros. Y personajes como la experta en historia antigua, Mary Beard, que se ha convertido en un best seller y en una influyente tuitera. Tal vez estamos tan perdidos que nos aferramos a un imaginario del pasado y lo decoramos con las obsesiones que nos desvelan en la actualidad.

El gusto por volver hacia atrás no solo lo ejercen quienes gozan de sofisticación. Es un placer común, del que se aprovechan los que pueden. Los observadores más sutiles ven en lo que aconteció una sombra, un signo o escena, en la que está cifrado el futuro. Suscriben lo que escribió T.S. Eliot en el comienzo de sus Cuatro cuartetos: “El tiempo presente y el tiempo pasado / Acaso estén presentes en el tiempo futuro / Y tal vez al futuro lo contenga el pasado”. Desde ese lugar se puede comprender la realidad como un pastiche, un collage, incluso como una parodia en eterna construcción a partir de las ruinas.

Los más brutos, en cambio, se interesan por otros aspectos del pasado. Recurren a la historia buscando superhombres o causas que justifiquen sus bajas pasiones. Es lo que ocurre con los fanáticos desembozados que brotan con causas repugnantes sin temor. Ha vuelto el pinochetismo, sin ir más lejos. El candidato José Antonio Kast es un ícono de esta recuperación de causas nefastas que no adjura de su filiación con la dictadura. Alberto Mayol es otro político que se ha lucido por sus conocimientos de autores clásicos, entre otros el siniestro cardenal Mazarino. Ambos se han posicionado predicando fracasos y acudiendo a los nostálgicos resentidos. Sus estrategias consisten en inflar a los fanáticos, darles un espacio político. Interpretar a los que se quedaron pegados en sus traumas y que se sienten fuera de circulación. Son seguidores amateurs de Trump. Quieren destapar las cañerías llenas de resentimiento hacia la corrección política impuesta por décadas. Sus seguidores desean volver a creer en sí mismos y no en lo que les dicen. Tanto Kast como Mayol desprecian la crítica. Ellos están convencidos y nadie los va a distraer. Son narcisos, teatrales y acuden a la violencia de forma pasiva a través de la provocación. Muy lejos no van a llegar, pero lo esencial es que dependen del pasado, de los votantes que se sientan tocados por la añoranza de un período que evocan con devoción.

El fanático tiene una psicología pobre que está descrita con profusión. La historiografía de la antigüedad está repleta de casos célebres. Les gustan los riesgos y los desafíos. Son histéricos. Y, sobre todo, se creen dueños de al menos una verdad indiscutible. La vida para ellos es una lucha por imponer sus creencias aunque sean minoritarias. Son personas que están dichosas de tener una sola línea. Son coherentes. Tienen opiniones inamovibles. Pueden estar dispuestos a dialogar, pero con la única intención de que el otro termine adhiriendo a lo que ellos proclaman. La fe que los mueve les otorga felicidad y llena sus vidas. La intimidad del fanático está vinculada a sus fervores.

En lo personal, repelo a los fanáticos de todo tipo, incluyendo a los exaltados que hablan en nombre de la moderación, tipo Mariana Aylwin. Tampoco me agradan los ciclistas furiosos. Y los vegano-anarquistas me aburren con sus monsergas. Tratan de aplicar en calidad de programa ideológico sus convicciones. Hay que escapar de ellos. Son una peste peligrosa y difícil de curar porque tienen raíces profundas, históricas. Quieren volver a una edad de oro. Desean revertir las promesas incumplidas. Convencernos y redimirnos es su tarea. Qué desagrado.

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