Revista Capital

Un debate embotado

Instituto de Humanidades, UDP

En una democracia sana, las elecciones generales, especialmente las presidenciales, han de ser ocasión no solo de campañas, sino de discusión de ideas, no de pura propaganda, sino de deliberación argumentada en torno a contenidos. De que una tal discusión se realice depende el que la ciudadanía pueda verse reconocida en las candidaturas, los anhelos más relevantes encontrar cabida y articularse una efectiva representación política.

Una discusión de ese tipo era especialmente relevante tratándose de la elección presidencial en curso. Nos hallamos en el tiempo de un malestar difuso, de una pérdida de legitimidad del sistema político y de los partidos. Los niveles de participación electoral se han desplomado y la protesta y la desconfianza hacia las instituciones se extienden por el pueblo. En paralelo, ha hecho aparición el discurso de una nueva izquierda, que encuentra eco en movimientos estudiantiles y ciudadanos.

Justo, entonces, cuando el sistema político se encuentra ante el desafío de recuperar su legitimidad, ¿qué hacen los candidatos? En vez de llevar adelante un ejercicio de discusión de ideas; en vez de desplegar una argumentación que sea capaz de sustentarse ante la opinión pública; en vez de mostrar con nitidez visiones políticas del país de las próximas décadas y cómo se hará frente a la crisis de representatividad; en vez de realizar esas exigibles y apremiantes tareas, en cambio: se parapetan, se dan las espaldas, le hablan solo a sus electores.

Las cabezas tras los contenidos de las campañas, los que debiesen liderar la articulación ideológica, parecen estar huecamente subordinados a los tácticos y publicistas, a los “cuñeros”. Se vuelven, incluso, ellos mismos –los peregrinos “ideólogos”–  en activistas de redes sociales. De todo esto no se escapa ni el Frente Amplio. ¡Menos de una campaña se demoró en ajustarse al sistema!

La responsabilidad mayor se la lleva Guillier, el candidato desafiante. Disputando con cuanta institución se le atraviesa, y con un pensamiento político que va de lo circunstancial a lo banal, dejó de lado una referencia sofisticada a una visión del país por liderar. Lagos, Atria, Insulza aparecen a su lado como monumentos de densidad ideológica. Pero a Sánchez tampoco se la saca de nociones superficiales. Mayol, aunque eventualmente menos simpático, se veía dotado de más aplomo.

El hecho es que no hay debate.

Tras la crisis del bicentenario y las movilizaciones de 2011, no hay discusión ideológica, sino, casi solo, ciega campaña. Después del auge y la caída de Bachelet, en la época del malestar con el modelo, del desasimiento del electorado, no podemos percatarnos de justificaciones políticas, sino, preponderantemente, de meros eslóganes.
¿No se está jugando con fuego al desatender las demandas populares? ¿No se está abandonando el más democrático de los ejercicios democráticos, a saber, la deliberación, cuando la campaña es, preponderantemente, nuda consigna? ¿No se está arriesgando la viabilidad y prosperidad de la república, cuando se renuncia, desde los comandos, a mostrarle al país caminos justificados de sentido?

Lo más probable es que, en esta disputa de nichos, gane la centroderecha, pues la parte del país que vota parece estar efectivamente atemorizada por la torpe conducción económica y política del gobierno. Pero, sin debate ni propuestas específicamente políticas, será una victoria pírrica, pues el primer día tras asumir Sebastián Piñera, la izquierda prenderá el bombo y la inorgánica calle recuperará sus fueros. El resto de la trama suena fácil de adelantar: la izquierda retomará las banderas de esa calle irritada; en el gobierno, si no hay ideología, se responderá con cifras, y no faltará día en el que no aumente el malestar, cuya fuente podrá tener, otra vez, rostro.