Revista Capital

Turquía: entre dos tierras

Académico de la Escuela de Gobierno UAI

El pasado 15 de julio se cumplió un año desde el fallido golpe de Estado en Turquía. El oficialismo lo conmemoró en grande, como una fiesta de la democracia, el recordatorio de una gesta heroica en la cual el pueblo defendió a su legítimo presidente Recep Tayyip Erdogan. Las calles y los edificios embanderados de rojo con medialuna. Afiches y pancartas con la imagen de ciudadanos ordinarios enfrentando a los soldados sublevados. Festivales y kermeses ofreciendo merchandising con el rostro del líder. Como un respetuoso intruso, un turista político, me colé en los festejos, tarareé las pegajosas canciones y me vestí con los colores patrios.

La primera dificultad fue distinguir si se trataba de una auténtica reafirmación de los principios democráticos o más bien de una campaña diseñada para rendir culto a Erdogan. Al menos en los sectores populares, el amor es genuino. Erdogan es el catalizador de un sentimiento nacionalista fuertemente arraigado en el pueblo turco. Nadie juega con Turquía mientras Erdogan esté a la cabeza, parece ser la teoría. Los liderazgos autoritarios prosperan en esta parte del mundo, especialmente cuando cunde la sensación de estar bajo amenaza. En ese sentido, los turcos no se quedan cortos en paranoia: muchos de mis interlocutores insistieron en su delicada posición geopolítica y en el hecho de contar con pocos amigos en el concierto internacional: Estados Unidos les recrimina un supuesto apoyo a grupos terroristas y por lo anterior –piensan– alimenta las aspiraciones golpistas de Fethullah Gulen; Rusia es el principal aliado de Bashar al-Assad en Siria, mientras Erdogan es su primer adversario. Las relaciones no son mejores en el vecindario. En esas condiciones, es muy conveniente contar con un hombre fuerte en el poder.

Otros tantos prefieren hacer la vista gorda respecto de los desvaríos autoritarios del líder porque su nombre es sinónimo de estabilidad. Cuando Erdogan asumió el poder, Turquía se encontraba sumida en una aguda crisis inflacionaria. El presidente lidió exitosamente con ella. Es un acierto que le ha permitido una holgada cuenta de ahorro político. En cierto sentido, me recordó a los testimonios que recogí sobre Rafael Correa en Ecuador: aunque enemigos de la libertad de expresión e intolerantes a la disidencia, ambos gozan de respaldo electoral por su capacidad de resolver cuestiones materiales más urgentes y de apelar a los instintos nacionales más básicos y extendidos.

Hay solo un personaje que supera a Erdogan en protagonismo, tanto en la mente de los ciudadanos como en el espacio público: Mustafa Kemal Atatürk, el padre del Estado turco moderno. Erdogan no tiene problema en utilizar la figura del viejo líder –un caudillo casi mitológico– para fortalecer el discurso nacionalista. Sin duda, Erdogan quiere compartir el panteón con Atatürk y que la gente lo reconozca como su legítimo heredero histórico. Es común ver sus retratos uno al lado del otro en las manifestaciones. Sin embargo, la realidad es que Erdogan tensiona el legado de Atatürk: mientras el padre turco era un fanático secular, el gobernante actual es prácticamente un islamista. Sus sucesivos gobiernos han hecho lo posible por socavar el reputado laicismo de las instituciones turcas. Mientras Erdogan hace lo posible por confundirse con la impronta del fundador, trabaja en sentido ideológicamente opuesto para derruir esos cimientos. No es de extrañar, por lo anterior, que la intentona de golpe haya invocado el nombre de Atatürk.

El efecto Erdogan ya se siente en la dimensión cultural: nunca, me dicen, se habían visto tantas mujeres usando burkini en la playa. Nunca, me cuentan, se había visto un ambiente tan hostil respecto del consumo de alcohol. Por instrucción política reciente, en la clase de ciencia ya no se enseña la teoría de evolución. A modo de anécdota, fueron varias las personas que me interrogaron por el dibujo de Darwin que llevo tatuado en mi brazo izquierdo. Después de explicarles que se trataba del árbol de la vida, me preguntaban con suprema incredulidad si acaso yo realmente creía aquel disparate. Me llamó la atención que estuviesen conscientes del tema y de su relevancia en la disputa religioso-cultural.

La sociedad turca se encuentra entonces entre dos tierras. Por una parte, una elite europeizada, sofisticada y secular que canta a voz en cuello los himnos de Atatürk en las grandes ciudades y en las playas de la costa turquesa. Por la otra, un pueblo devoto, tradicionalista y de orientación medio-oriental que se rinde ante la voz de Erdogan. Ambos mundos han sido bien retratados en las novelas de Orhan Pamuk y Elif Şafak, probablemente los dos escritores vivos más importantes de Turquía. En El museo de la inocencia, la acomodada familia del protagonista miraba con desprecio, desde la cosmopolita Estambul, las costumbres musulmanas del interior. En Las Tres hijas de Eva, padre y madre libran una guerra cotidiana por influir en la vida de sus hijos: mientras el primero alababa la visión política de Atatürk –sin él, seríamos como Irán, decía con terror–, la segunda predicaba las virtudes del profeta Mahoma y encomendaba todas sus acciones a Alá. Pamuk y Şafak, de hecho, parecen ser más apreciados afuera que dentro de Turquía. Sorprendidos de ver a un extranjero leyendo literatura turca, varios aprovecharon de criticarlos por su tendencia a “hablar mal del país”, como si el oficio de novelista tuviese que estar necesariamente alineado con la política oficial. Pamuk, por ejemplo, ha firmado peticiones internacionales por el reconocimiento del genocidio armenio, un delicado trauma sobre el cual el Estado turco se hace olímpicamente el sordo. Es como que Nicanor Parra se declarara a favor de la demanda boliviana por mar. Muchos chilenos no se lo perdonarían. Del mismo modo, la mayoría turca no se lo perdona a Pamuk, nobel de literatura 2006.

Los números de Erdogan se han disparado después de la intentona golpista. No pocos creen que fue una maniobra del propio presidente para justificar las purgas que han remecido al país y consolidar  así una posición de control total. Lo que está claro es que su dominio sobre la política turca no tiene contrapeso, salvo la sombra que proyecta su némesis histórica, el omnipresente Atatürk.