Revista Capital

Se nos va el tren de la historia

Economista

El presente afecta al futuro, tal como el futuro afecta al presente

Lo que percibimos sobre el futuro nos hace tomar decisiones hoy. Es obvio, pero no es trivial. ¿Cómo puede el futuro, que no existe aún, influenciar el presente? Lo que en economía se llama expectativas racionales explica muy bien el fenómeno. En otra mirada, la civilización humana es literalmente cocreadora de realidad. Y la realidad que creamos ahora es digital, es completamente tecnológica.

Esta realidad digital es muchísimo más “grande” que la realidad física: está llena de oportunidades, permite hacer cosas que parecen magia, y también está llena de amenazas. En este nuevo paradigma, el átomo es el dato, y como es obvio, aún no sabemos muy bien qué es un dato.

Las sorpresas que encontró la humanidad al explorar el átomo fueron mayúsculas, como por ejemplo que este estaba muy “vacío”, y que la materia no existía como lo creíamos. La teoría de la incertidumbre golpeó a la humanidad de manera irreversible.

Hoy, los científicos hablan de multi-versos en vez del uni-verso original. Es una nueva realidad, tal como lo fue descubrir que la Tierra giraba alrededor del sol. Hoy, en nuestro país debiéramos estar hablando de la internet de las cosas, la web 3.0, bots, nano y biotecnología, inteligencia artificial, biología sintética, impresoras 3D y 4D y otros asuntos de ese tenor, por cierto todos relacionados entre sí.

La Inteligencia Artificial

La realidad digital está anclada en las tecnologías de información. En el poderoso lenguaje binario que es capaz de mezclar todo con todo. Texto, sonido, imágenes, nuevas formas de arte, lógica e inteligencia, son todos mágicamente transformados en secuencias de 0-1. Por eso se pueden cruzar entre ellos.

Una de las vertientes de este desarrollo es la Inteligencia Artificial, que de hecho ya existe aunque lo queramos negar. Hoy se trata, entre otras vertientes, de la computación cognitiva (deep learning machine) que evolucionó del big data. Las máquinas aprenden de la misma manera que lo hacemos los humanos, a base de enormes flujos de datos heterogéneos y a base de patrones que se van haciendo cada vez más complejos.

El niño prodigio de estos nuevos cerebros inteligentes es Watson de la IMB, que no sólo destrozó hace algunas décadas al campeón mundial de ajedrez, sino que fue capaz de ganar el juego Jeopardy en EE.UU. El Watson de hoy es muchísimo más inteligente que la versión del ajedrez. Se lee unos 800 libros por minuto.

Lo que parecía imposible era que una máquina venciera en el ancestral juego de tablero Go de los chinos. El 2016 AlphaGo (desarrollado por una subsidiaria de Google) ya lo logró.

Menos conocidos públicamente son los cerebros que entrenan Google, Amazon, Netflix, Twitter, Facebook y tantos otros que hacen cosas prodigiosas. Y todo esto está recién empezando en términos de capacidades, ya que se viene la computación cuántica, y los bits serán qubits (quantum bits), con la lógica tridimensional del átomo. Lo anterior configura una enorme complejidad, que es la característica central de esta civilización, y para lo cual la mente humana individual ya no es capaz de administrar. Necesita la inteligencia artificial y ahí está, ya llegó.

Ninguna empresa que tenga miles de clientes o usuarios se podrá administrar en el tiempo sin estos nuevos cerebros. Lo mismo ocurrirá con las ciudades, los gobiernos, el tráfico aéreo, la colonización del espacio y para qué hablar del funcionamiento mundial que ya es 7x24x365. Las guerras serán sin soldados. Los robots invadirán nuestras vidas cotidianas, y harán muchas tareas o trabajos que hacemos hoy.

El futuro de la nube

Toda esta inteligencia está emigrando simbólicamente hacia la nube donde se está engendrando, literalmente, un nuevo cerebro tecnológico colectivo que es la llamada web 4.0. Hoy estamos al inicio de la web 3.0. Esta nueva mente es una especie de cuarta capa del cerebro humano actual (que tiene tres cerebros integrados, la última es la corteza cerebral), pero que ahora ya no es individual, sino colectiva.

Este nuevo cerebro ya no tiene las restricciones físicas del cráneo para crecer. Por ahora su potencial es ilimitado. Si nuestro cerebro consciente fue capaz de crear esta increíble civilización, imagínense lo que este nuevo cerebro colectivo será capaz de entender, ver e inventar. Está abierta la pregunta de si ese cerebro desarrollará su propia conciencia, como ocurrió en la evolución humana. Por ahora es ciencia ficción, pero la probabilidad de que ocurra crece todos los días.

El transhumanismo

Existe abundante literatura que habla del salto evolutivo en curso de la humanidad. Es la fusión de la biología y la tecnología, es la humanidad entera como organismo con este nuevo cerebro colectivo. Lo notable es que este proceso es idéntico al desarrollo de las células hasta formar los organismos. Por eso se habla hoy, por ejemplo, de la colaboración como fuerza esencial.

Sólo piense cuán dependiente es hoy de su celular. El celular no es un “computador”, sino un accesador. La inteligencia está en otro lado y accedemos a ella gracias a ese pequeño artefacto, tan poderoso y útil. La computación ya es capaz de reconocer emociones, y eso también estará en el celular.

Los desafíos que aparecen

El primero está en los líderes (políticos, empresariales, intelectuales, comunicacionales y otros) que deben poner estos temas en la agenda; por ejemplo para definir estrategias educacionales para esa nueva realidad que es donde se juega el verdadero partido.

La situación en Chile es patética. De la educación se discute quién será dueño de los edificios o quién tiene los patines. En salud se debate quién construye los hospitales o cuántas enfermedades entran al auge. En comunicaciones se habla del déficit del canal estatal, cuando la TV está siendo absorbida por internet. En previsión no queremos aceptar que en 30 años más se vivirá entre 90 a 100 años. El aparato público es un tanque a pedales. La gran carretera digital, por ejemplo, es sólo retórica, ya que el problema es el puente Cau Cau.

En Chile, lamentablemente, seguimos atrapados en dos ideologías añejas del siglo pasado. Peor aún, los nuevos líderes juveniles vienen con las mismas ideas ya trasnochadas de sus abuelos, cuando deberían traer estos temas a la agenda, que los viejos no entendemos muy bien. Sumemos a algunos líderes sindicalistas atrapados en la lucha de clases, que piensan aún en los obreros de la revolución industrial. Y del Colegio de Profesores mejor ni hablar.

En otro ámbito, muchos políticos creen que la solución parte por hacer nuevos ministerios, como de ciencia y tecnología, lo que significa simplemente no entender el problema, ni nada de los temas anteriores. Un candidato cree que como política educacional hay que hacer una editorial estatal, en el siglo XXI en que todo se hace digital.

Las aplicaciones de big data a la salud en muchos aspectos han superado el diagnóstico de los mejores médicos. La telemedicina ofrece soluciones impensadas y eficientes. El concepto mismo de la privacidad debe cambiar. Los blockchains amenazan con eliminar burócratas. La internet de las cosas permite la aparición de la nueva “realidad aumentada”, uno de cuyos mejores ejemplos serán las llamadas “ciudades inteligentes”. La economía se transforma en una gran red de valor global, lo que requiere la urgente digitalización de estas y su integración. El dinero, que ya es de alguna manera virtual, será enteramente digital. Las fintech desafían a la banca y así podemos seguir área por área.

La biología sintética está creando nuevas formas de vida; los wearables nos van a transformar en ciborgs, aunque parezca ciencia ficción. Los bots (asistentes o robots digitales) inundarán la escena y tendremos bots personales, que aumentarán nuestras capacidades digitales. En fin, es un tsunami del cual al menos nuestro país no parece estar consciente.

Epílogo

Nuestros líderes políticos, espirituales, empresariales, intelectuales, artísticos, comunicacionales y otros no están abordando los problemas concretos del futuro, ya presente. En Chile cometemos el famoso error del tipo tres: resolver bien, pero la pregunta equivocada.

Las viejas categorías como Estado y mercado están cambiando de manera irreversible. Estado versus mercado es un dilema del pasado y de las ideologías correspondientes. Estados anquilosados y obesos son una carga más que una solución. Los mercados son redes globales adaptativas y hay enormes asimetrías de información.

La velocidad de la sociedad hace obsoletos a los reguladores tradicionales, que van siempre atrás como un freno, no un impulso. La forma de reproducción de la especie va a cambiar, por virtud de la tecnología. El concepto de familia es ahora más amplio y más complejo.

La democracia tradicional ya no puede lidiar con estos problemas, también debe evolucionar, y eso ni siquiera está en la agenda. La desigualdad real está en estos temas, no en el ingreso. La brecha digital definirá la real pobreza del siglo XXI.
Volvemos al inicio: el futuro efectivamente afecta al presente, y Chile sigue navegando con el retrovisor, de espaldas al futuro. De los políticos tradicionales no se puede esperar mucho, pero los jóvenes en política al menos para mí han sido una enorme decepción, y ahí estaba la oportunidad del cambio de mirada.