Revista Capital

El megáfono maligno

Doctor en Ciencia Política, académico de la Universidad de Chile

Desde que el vendedor ambulante Mohamed Bouazizi se inmolara en 2010 como protesta en contra de la corrupción de la policía tunecina, los estudiosos han visto los medios sociales como una prometedora herramienta para mejorar la calidad de la política. Las imágenes de agrupaciones de jóvenes en las plazas de las distintas capitales árabes y de otros países (además de la Puerta del Sol, Wall Street, Plaza Maidan y Plaza Baquedano) llevaron a muchos a concluir que el uso de las nuevas tecnologías de comunicación ayudaría a empujar los gobernantes a ser más transparentes y responsables, fortaleciendo la democracia, escuchando la voz del pueblo.

La esperanza estuvo especialmente marcada en aquellos países con tradiciones más autoritarias, donde los gobiernos controlan no solamente el ejecutivo, sino muchas veces, los poderes Legislativo y Judicial, además de los canales de comunicación. Los países árabes y los de Europa oriental son tal vez los casos más obvios.

Un informe del PNUD del 2011 resumía las formas en que los medios sociales podrían ayudar: para compartir información entre grupos de activistas, crear narrativas emocionales e inspiradoras, denunciar casos de abusos y malas prácticas. El estudio incluso identificó una correlación: a mayor penetración de Internet, menor la percepción de corrupción.

Sin embargo, con las posibles excepciones de Chile y España –países claramente no-autoritarios– los movimientos sociales del 2011-2015 fracasaron, y en algunos casos condujeron a sus países a situaciones mucho peores. Desde la guerra civil en Siria hasta el autoritarismo reforzado en Egipto y Turquía, los resultados de las protestas han sido neutros o derechamente negativos. Según Freedom House, el año 2009, antes de que comenzaran los movimientos sociales, se identificaban 89 países como “libres”, lo que representaban un 46% de la población mundial. El 2016, Freedom House indicó 86 países libres, con un 40% de la población mundial. La tendencia hacia mayor democracia que comenzó con la tercera ola de democratización de la década de los 80 pareciera haberse revertido.

Sería irresponsable culpar a los movimientos como tal por el traspié democrático (aunque no deja de llamar la atención que después de la revoltosa década de los 60 vinieron los regímenes autoritarios de los 70).

Pero tampoco sería correcto mantener la ilusión sobre las bondades de los medios sociales. Como toda herramienta, puede usarse para bien y para mal. Y resulta que los medios sociales como Twitter o Youtube les han entregado una tremenda nueva arma comunicacional a líderes autoritarios o populistas. No es casualidad, por lo tanto, observar el auge de líderes populistas en la medida que se masifique el uso de medios sociales.

Una de las características más marcadas de los populistas es la comunicación directa entre líder y votante, haciendo necesario debilitar o eliminar herramientas de intermediación como partidos políticos u otras instituciones, o los medios. Estos siempre han sido parte de la democracia; las revoluciones a fines del siglo XVIII en Francia y Estados Unidos no hubieran sido posibles sin la publicación de panfletos y diarios. Desde entonces, todas las nuevas formas de comunicación masiva han sido utilizadas por políticos –telégrafos, fonógrafos, discos, radio, películas, televisión e internet–. En muchos casos, innovaciones en los medios significaron cambios en los sistemas políticos. ¿Es posible imaginarse el régimen chavista sin Aló Presidente?
Mucho se ha comentado de cómo Barack Obama utilizó las redes sociales en su primera campaña. Pero en 2008 Twitter tenía un millón de usuarios. Hoy, esa figura llega a los 325 millones, y Barack Obama tiene más de 90 millones de seguidores. Donald Trump cuenta con 32 millones.

La forma en que Trump utilizó Twitter durante la campaña presidencial, y que sigue usando, será estudiada por décadas. El punto no es la cantidad de seguidores, sino el contenido y el timing de sus mensajes. Trump logra fijar la agenda de noticias con 140 caracteres. Es, en este sentido, el populista perfecto. No necesita partidos políticos ni asesores para llegar al público. Dice algo y los medios lo siguen. Incluso ha anunciado políticas por Twitter –la prohibición de transexuales en las fuerzas armadas, por ejemplo– antes de consultar con sus asesores o generales.

Existieron dictadores y populistas antes de Youtube y Twitter, pero sin duda que la proliferación de los medios sociales les entrega, con mayor facilidad y menor costo, lo que más buscan: el contacto directo con la gente. A pesar de que algunas de estas plataformas son bidireccionales, los líderes no las usan de esa forma. Plantean, provocan, y publican. Y en 140 caracteres no se puede revisar la veracidad de las declaraciones, ni tener un debate ilustrado sobre las bondades de una política pública u otra.

Lo que alguna vez esperábamos que aumentaría la transparencia y accountability, se ha convertido en el megáfono maligno del megalómano. McLuhan tenía razón. El medio pareciera, efectivamente, ser el mensaje.