Opinión

La advertencia de Harari

Hubo una época en la cual éramos imprescindibles para ganar guerras, comprar acciones y componer canciones. Ya no lo somos. La inteligencia artificial es una realidad.

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Académico de la Escuela de Gobierno UAI

La historia del siglo XX, según el historiador israelí Yuval Noah Harari, puede resumirse en el enfrentamiento entre tres tipos de humanismo secular (la religión, en su presentación característica, ya no es competencia). El primer tipo de humanismo es liberal; el segundo, socialista y el tercero, evolucionario. El humanismo liberal, con su especial valoración del individuo y sus derechos, se habría impuesto en la contienda. En la arena política, la democracia significa que cada uno de nosotros cuenta con un voto. En la dimensión económica, el mercado se configura a partir de un complejo entramado de señales entre oferentes y demandantes. En el amor, se impuso la idea romántica de que podemos escoger libremente a nuestra pareja.

Sin embargo, advierte Harari, las premisas del liberalismo están siendo amenazadas a medida que nos adentramos en el siglo XXI y el conocimiento científico se abre camino. Para comenzar, las ciencias naturales habrían desmentido la idea de libre albedrío. No hay, al parecer, ningún “yo” tomando decisiones, sino más bien una secuencia de disparos neuronales fuera de control antecedente. El individuo aparenta estar eligiendo en la cámara secreta, el supermercado o en Tinder. La realidad sería otra: nuestras decisiones son el producto de un proceso que oscila entre la determinación y la aleatoriedad.

La implicancia práctica de este “descubrimiento” salta a la vista. El modelo liberal de responsabilidad individual se basa sobre la idea de que cada uno toma sus propias decisiones y, por tanto, debe responder por ellas. De ahí la legitimidad de un sistema de penas y recompensas sociales. Si no hemos decidido libremente, ¿cómo podemos castigar o premiar? Sin embargo, Harari olvida que los pensadores liberales –al menos los que han abandonado la escatología cristiana– están suficientemente enterados de este asunto: es común que consideren el libre albedrío como una especie de ilusión útil antes que como una realidad metafísica. La moral del liberalismo descansa sobre la ilusión de que somos libres, aunque finalmente no lo seamos.

Pero Harari plantea otros problemas que parecen más difíciles de resolver. Éstos nacen de la probable obsolescencia del ser humano en tanto individuo. Hubo una época en la cual éramos imprescindibles para ganar guerras, comprar acciones y componer canciones. Ya no lo somos. La inteligencia artificial es una realidad. Desde la revolución industrial que sabemos del potencial de las máquinas para reemplazarnos. Pero esta vez, las máquinas no se contentarán con labores automatizadas. Ahora vienen a quedarse con el trabajo de doctores y profesores. Vienen a sentarse en los directorios. Vienen a arbitrar las copas del mundo (el VAR del futuro no necesita humanos erráticos e influenciables en una caseta). Casi todos estaremos tarareando el baile de los que sobran. A fin de cuentas, tal como nosotros, estas inteligencias representan complejos algoritmos, pero muy superiores. El supermercado Santa Isabel dice que “te conoce” y lo tomamos como un mero eslogan comercial. Pero Google y Facebook sí te conocen. Porque saben de ti más que tú mismo, los algoritmos pueden reclamar su mejor derecho a tomar decisiones por nosotros. El individuo puede perder valor, reconoce Harari, pero colectivamente todavía seremos útiles como fuente alimentaria del dios de la información, aka Big Data.

El segundo problema es que se hará crecientemente complejo distinguir entre sanar y mejorar. La historia de la medicina es el relato de una especie que se niega a aceptar la mortalidad. Cada vez estiramos más la cuerda vital. Consideramos que hay un set de condiciones fisiológicas aceptables y reparamos el cuerpo humano cuando alguna de sus piezas se estropea. Hace algunos años me operé la vista de una severa miopía. Ahora veo como una persona “normal”. En Barcelona, sin embargo, camina un personaje daltónico al cual le fue injertado un chip en la corteza cerebral. El chip está conectado a una antena que recibe y envía señales para que su cerebro capte los colores. Los científicos más optimistas creen que más temprano que tarde esa antena podría permitirle otras tantas formas de visión (por ejemplo, nocturna) que el ojo humano normal no disfruta.

Entonces, una manera de evitar la obsolescencia será volverse ciborg; es decir, incorporar dispositivos tecnológicos que mejoren nuestro funcionamiento. O bien derechamente ajustar las piezas genéticas que sea necesario en la etapa embrionaria. Así nos aseguramos una descendencia no sólo sana, sino mejorada. Esto genera varias interrogantes éticas que ponen en aprietos al liberalismo y su filosofía igualitaria. No todas las personas podrán acceder a dichas tecnologías. Por ende, la brecha entre los poderosos y los débiles se ensanchará. Los ricos, teme Harari, podrían transformarse en una especie superhumana. El Homo Sapiens que conocemos será cosa del pasado. El humanismo evolucionario –que, a diferencia de sus competidores, no teme categorizar entre mejores y peores– volverá por sus fueros.

Las respuestas al desafío planteado por Harari –que en cierto sentido resuenan con la obra del filósofo político y crítico del liberalismo John Gray– están en desarrollo. Interesantemente, en muchos de estos debates, el bando del liberalismo estará llevando también las banderas de los derrotados: el socialismo e incluso la religión.

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