Opinión

Bomba de racimo

El vino es una pieza central en el arsenal del país a la hora de pensar en estabilizar, reputar y sofisticar la oferta de valor de Chile al mundo.

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Director Revista Capital

Mucho antes que el salitre y, por supuesto que el cobre, la vitivinicultura comenzó a entrelazar sus sarmientos y raíces con la historia de Chile. A buen resguardo en las alforjas de los conquistadores y después de sobrellevar quizás qué penurias llegaron al país los primeros ejemplares de esta planta, seguramente importados con el mezquino fin de instilar algo de gozo en las vidas de la avanzada española por estas inhóspitas tierras.

Hoy, y tras cientos de años de historia bien documentados por los amantes de esta actividad, para quienes los aportes del científico francés Claudio Gay y del diplomático Silvestre Ochagavía son piezas clave dentro del engranaje que le permitieron adquirir cuerpo, el vino chileno destila caldos de fama mundial. Una fama de la cual, vale la pena decirlo, los nativos de estas tierras nos sentimos orgullosos, especialmente cuando se ven exhibidas botellas de procedencia local en las góndolas de los supermercados del primer mundo y en las cartas de restaurantes.

Un vistazo a esa historia y un repaso al estado de cosas en esta actividad permiten sacar unas cuantas buenas conclusiones, dentro de las cuales se cuenta, y no dentro de las de menor importancia, la relativamente poca preocupación que como sociedad organizada se dedica a este tema. Y no hablamos de sobremesas, sino que de conversación pública e institucional en torno a una industria que ronca a nivel internacional y que pesa bastante en nuestra cartera de exportaciones.

Y aunque a fin de cuentas se pueda decir que este producto emana de las entrañas de la tierra al igual que el cobre y el litio, lo cierto es que en torno al vino se condensan efluvios que emanan de una amplia franja geográfica y poblacional, involucrando a millares de productores, proveedores y más eslabones productivos, en un trabajo atrevido, sutil y creativo, que adquiere valor en la medida que se sofistica y evoluciona.

Sin hacer comparaciones odiosas, que por lo demás no corresponden porque es bien sabido que tras la producción de recursos naturales hay no sólo músculos y megamáquinas, sino que también harta cabeza, cuesta entender que bien entrado el siglo XXI el jueguito de los trompicones en la performance económica del país siga siendo asociado como excusa mañosa al precio del cobre.

Seguir confiando en que hacer plegarias a la Bolsa de Metales de Londres es la solución a los problemas y fluctuaciones del país es una aproximación bastante mediocre que al final del día amenaza con anclar el futuro a la era del bronce y el hierro (en este caso a la del cobre). Mucho mejor sería dejar de dispararse a los pies y desplegar un arsenal con mucho mayor potencia, dentro del cual la vitivinicultura es una verdadera bomba de racimos… y de buena cepa.

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