Opinión

El fuego y la crisis de Corea

La gran historia, que pende de “incendiarias” expresiones de líderes de potencias nucleares, es una historia determinada por el fuego.

-

Instituto de Humanidades, UDP

Había una vez, un filósofo político que tenía una hija llamada Ánima. Tratando de que ella entendiera cómo era el mundo, le escribió un libro, al que tituló Tierra y mar. El libro cuenta, de una manera simple y breve, la historia de la humanidad. Lo hace no a partir de nombres de reyes o batallas, no comenzando con cifras y cálculos. En cambio, su historia del mundo es una historia, podría llamársela, “elemental”. Narra el transcurso de los siglos a partir de una consideración de los elementos en los que pensaran los antiguos para describir el mundo: la tierra, el agua, el aire y el fuego.

La extraña novedad del relato del filósofo al que me refiero, está en que considera a esos elementos no al modo en que lo hace la ciencia moderna, según las reglas de la física o la química, sino de una manera, podríamos llamarla, fenomenológica o cotidiana.
Cada elemento es entendido en el significado que tiene para la vida humana en su sentido más directo. La tierra, por ejemplo, es lo más sólido. Sobre ella se dejan asentar construcciones firmes, marcar límites fijos, instalar siembras y cultivos, cercar el ganado. La tierra viene a ser, gracias a su estabilidad y su orden, la fuente de la justicia y el derecho: retribuyendo, con sus frutos, el esfuerzo humano aplicado sobre ella; permitiendo el habitar humano; el discernimiento de senderos, hitos, cercados y fronteras. En el mar nada de eso es posible. No es habitable el mar mismo, ni cabe trazar marcas estables sobre el agua, y la explotación de los mares sólo es practicable por medio de la pesca y el ataque. Menos aún, se deja hacer todo eso en el aire y en el fuego.

Mar, aire y fuego sólo se vuelven accesibles a la gran conquista del ser humano gracias a la tecnología. Recién por medio de las técnicas de construcción de embarcaciones y de navegación pudieron lanzarse a los mares el aventurero y el conquistador, ser descubierto un “nuevo mundo”, circunnavegarse el planeta y una nación de pastores –Inglaterra– volverse la gran isla de los piratas y los corsarios. Al aire se catapultaron los humanos tardíamente y sólo una vez que lograron dominar la técnica de los cielos: la aviación, gracias a los motores de combustión (del cuarto elemento, el fuego) y a diseños constructivos, que permitieron un tipo de aventura y de ataque los cuales, unidos a las nuevas armas (de fuego), también potenciadas por la técnica moderna, hicieron arder en llamas ciudades completas: Dresden, Varsovia, Londres, en el extremo, Hiroshima y Nagasaki, con sendas bombas atómicas.

Y así está el mundo en el que nos hallamos. El momento más reciente de la historia se deja describir según la teoría más arcaica de los cuatro elementos, como un planeta cuyo devenir es condicionado no sólo por lo telúrico, sino por el aire y, especialmente, el fuego. La gran historia, ésa que puede afectar el destino de la humanidad, ésa que pende de “incendiaras” expresiones de líderes políticos de potencias nucleares –hoy Estados Unidos y Corea del Norte–, es una historia determinada por el fuego. Lamentablemente, no por la luz o la claridad interior que asociamos al elemento ígneo. Tampoco por la calidez, también vinculada a él, que acoge, como la del hogar o los abrazos. En cambio, nos hallamos fundamentalmente ante la amenaza de un calor ciego y agresivo –“fuego y furia”–, capaz sólo de arrasar y destruir. Es el calor del fuego puesto, por vigor de la tecnología, en manos de mentes desarraigadas, desconectadas de la eventual delicada armonía cósmica en la cual los cuatro elementos pueden encontrarse, cuando se piensa no sólo en su manipulación, sino en algo así como el sentido que emana de ellos.

Comparte este artículo:
  • Cargando

Síguenos en Facebook

x