Opinión

El centro vacío

La Democracia Cristiana ha abandonado, una vez más, su responsabilidad histórica. Parece inexplicable pero tiene sentido: el centro hoy por hoy es liberal, y la DC no lo es.

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Doctor en Ciencia Política, académico de la Universidad de Chile

Uno de los fracasos notables de la dictadura fue su incapacidad de reordenar el sistema de partidos en Chile. Habiendo evaluado que parte del problema que contribuyó al quiebre institucional fue la lógica de los tres tercios, el régimen militar trató primero de eliminar a los partidos políticos, y luego de reordenarlos según una cosmovisión basada en el gran eje ideológico del siglo XX: derecha-izquierda.

Además de garantizar la sobrerrepresentación de la segunda mayoría, el binominal tuvo la intención de canalizar las fuerzas políticas en dos polos, repitiendo la lógica del Sí y del No. De esta forma, fue posible lograr mayorías electorales y gubernamentales. Pero casi medio siglo después del triunfo de Allende con sólo el 36% del voto, una vez más nos encontramos en un sistema sin mayorías. Pero peor.

El esquema de partidos antiguo estuvo marcado por tres sectores bien definidos: izquierda, centro y derecha; con un centro ocupado primero por el Partido Radical y luego la Democracia Cristiana. Después de la dictadura, y con las lecciones aprendidas en un largo y doloroso proceso, se logró una alianza entre el centro y la socialdemocracia, que le dio prosperidad al país por 20 años.

Sin embargo, con el surgimiento de la Nueva Mayoría, tanto los radicales como la DC renegaron de la Concertación e hicieron el cálculo de aceptar un giro mayor hacia la izquierda, atraídos, como polillas a una llama, por el poder electoral de Michelle Bachelet. Todo con el fin de obtener cupos en el aparato estatal. El centro quedó huérfano.

Pero la política, como la naturaleza, aborrece el vacío, y nuevos grupos y partidos no tardaron mucho en aspirar a ocupar ese espacio. La pregunta era quién lo haría con mayor eficacia.

Lo curioso es que al diseñar el nuevo sistema electoral, aumentando cupos y bajando pisos de entrada, la misma Nueva Mayoría produjo la oportunidad ideal para formar un nuevo referente de centro. La DC tuvo la oportunidad no solamente de ocupar, sino dominar ese espacio. Su capital histórico, el número de parlamentarios electos y la autocrítica hacia los errores cometidos en el gobierno saliente hubieran sido una base sobre la cual se pudo haber construido un referente con nuevos actores como Ciudadanos y Amplitud. Hacer eso hubiera implicado un proyecto programático de largo plazo, no un cálculo electoral. Hubiera significado un trabajo arduo de repensar el centro político.
Hubiera sido necesario preguntarse: ¿qué significa ser de centro en un mundo que ha dejado de ser bipolar? ¿Cuál es el rol adecuado para el Estado en asegurar la libertad individual? ¿Qué significa ser un extremista de la moderación en un ambiente político que pareciera premiar lo primero pero despreciar lo segundo?

Optar por el MAS y la Izquierda Ciudadana sugiere que la Democracia Cristiana va encaminada a cometer el mismo error que en 2013: no solamente apostar por los cupos, sino pensar que el futuro de la política radica en los extremos y no en el centro. No ha entendido que el verdadero frente amplio radica en el centro, donde la amplitud va desde la centroizquierda hasta la centroderecha. Ha abandonado, una vez más, su responsabilidad histórica.

No nos equivoquemos. La DC (cree que) tomó una decisión pragmática. Pero también hay un trasfondo ideológico que ayuda a explicar lo inexplicable: al final del día, la actual falange no es un partido comprometido con los valores de la libertad individual de las personas, con la construcción de un Estado que asegure que cada ciudadano pueda realizar su potencial. El centro hoy por hoy es liberal, y la DC no lo es. Aunque no comparta visiones económicas o posturas valóricas con grupos como el MAS, la Democracia Cristiana se siente más cómoda con un sector político que valora el colectivo por sobre el individuo.

Los chilenos quieren un Estado que regule el mercado, que los proteja, pero que de ningún modo impida las acciones y decisiones de cada persona. Encuesta tras encuesta deja en evidencia el deseo de ejercer nuestras libertades individuales. El aborto, el divorcio y el matrimonio igualitario son los temas más simbólicos, pero no los únicos. El deseo de formar pymes sin tener que pasar por decenas de pasos burocráticos o hacer filas en notarías son otros ejemplos. La opinión pública valora el esfuerzo individual para salir adelante.

Visto desde esa perspectiva, la decisión de la DC hace sentido, porque ya no representa al centro ni a los sectores medios que han progresado en los últimos años. Pero ese sentido, en cualquier caso, no tiene mucho futuro.

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