Opinión

Lo privado y lo político

La pregunta por la relación entre la intimidad y la política no parece estar bien resuelta ni por la izquierda ni por la derecha locales.

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Instituto de Humanidades, UDP

Si se dice lo político, se alude usualmente a la dimensión pública, la plaza pública, a la deliberación, al Parlamento, al gobierno, a los asuntos que nos conciernen a todos. ¿Qué tiene que ver lo privado y lo político? ¿No se trata de dos dimensiones excluyentes, privada la de los afectos íntimos, de los amigos personales, de la familia, del amor de los amantes, política la de los discursos sobre el Estado y el poder, la organización institucional de la sociedad, el entramado de influencias e intereses?

La pregunta por la relación entre la intimidad y la política no parece estar bien resuelta ni por la izquierda ni por la derecha locales. La verdad es que no parece estar resuelta en ninguna parte. Y vemos a las coaliciones empantanadas en el asunto de los derechos LGBT o el aborto. Pero no sólo los temas “valóricos” ponen en tensión esta relación. Piénsese en la intención de la banda más a la izquierda del espectro político chileno, de hacer retroceder al mercado por medio de la deliberación pública y el brazo coactivo del Estado, sin caer en la cuenta de la severa amenaza que una tal concentración del poder –político y económico– en manos del Estado importa para la libertad y lo íntimo; o en la actitud de cierta derecha de clase que abandona la intimidad de los pobres a los límites de guetos peligrosos y viviendas estrechas de paredes delgadas, donde la convivencia familiar resulta severamente dificultada.

Quizás mucho en este lío se deba a que muy pocos leen, reflexionan, cavilan, de tal suerte que la intimidad queda limitada, en la mayoría de los casos, al espacio para las caricias y los afectos (lo que ya es valioso) o los deportes, sin que sea, empero, el lugar de la meditación, la contemplación teórica o el goce estético. ¡Cuánto más férrea, cuánto más delicada sería la defensa de la intimidad en un país donde la lectura, la reflexión y la meditación no fuesen lujos!

No es aventurado agregar que la cuestión de la relación de la intimidad y la política no está resuelta adecuadamente porque usualmente no ha sido planteada. Lo que ocurre, mucho más, es que las partes entran directamente en la disputa, poniendo en choque lo íntimo y lo político, forzando las fronteras de ambas dimensiones, sin haberse preguntado previamente de qué se trata en cada una, qué inconvenientes producen los distintos tipos de configuración de relaciones entre ambas.

Para complicarlo todo, llegó, para quedarse, una tecnología que confunde los planos. Los vecinos se resisten a ser filmados por los drones de los alcaldes; celulares y pantallitas permiten evadirse de los demás y lo real, vulnerar el secreto del voto o hacer públicas partes íntimas.

Con todo, los problemas mismos a los que conducen la relación y la tensión entre lo íntimo y lo político, y los desplazamientos a los que están sometidas ambas dimensiones, vienen, de manera a veces oblicua, a probar que ellas tienen un estatuto propio, se dejan discernir, aun en el tráfago contemporáneo. ¿No se distingue el discurso del candidato de la conversación que tienen los esposos en la cama? ¿O de los pensamientos de quien medita sobre la vida? ¿O de la experiencia del sentimiento de la existencia presente? ¿O de la apreciación del artista en su retiro solitario?

Hacer luz sobre la diferencia entre las dos esferas es una condición no sólo de una política que respete la intimidad. De tal respeto depende la diferencia entre la república y los regímenes autocráticos.

Además, iluminar estos asuntos es requisito de una consideración pertinente sobre la relevancia de la intimidad para la política. Pura política sin intimidad puede terminar siendo mera superficialidad: la reiteración, simplemente, de “lo que se dice”, el patético hábito de no pocos entre nuestros asambleístas.

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