Opinión

Falacia de cambio climático número 2: Inacción por existencia de necesidades más urgentes

Esta es la segunda de una serie de tres columnas escritas por Joaquín Barañao, director ejecutivo de la Ruta Natural, fundación sin fines de lucro que busca contribuir al desarrollo sustentable del país.

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¿No hay acaso problemas más urgentes que el cambio climático? Es una pregunta compleja. La mayor parte de la emisión de gases de efecto invernadero ocurre porque nuestra matriz energética ha optado históricamente por la alternativa más barata. Durante décadas, ésta era, en la mayor parte de los casos, aquella de origen fósil, rica en carbono. En años recientes, las fuentes renovables se han vuelto crecientemente competitivas, pero la capacidad instalada no se desmantela de un día para otro. La deforestación, las fuentes agrícolas y las emisiones de la industria del cemento responden también a razones de eficiencia económica. Por consiguiente, el abatimiento necesariamente nos costará dinero, que podríamos utilizar en otras necesidades.

Los rangos de incertidumbre en torno al problema son todavía enormes, y no conocemos con precisión el retorno de cada peso invertido en mitigación. Por el contrario, conocemos bastante bien las urgencias del mundo actual. Se suele argumentar de la siguiente manera: “Ni siquiera somos capaces de pronosticar con exactitud si lloverá mañana y hablamos de gastar una fortuna para impedir supuestos cambios en el clima de décadas hacia el futuro, mientras hoy mismo millones viven en la indigencia”.

Respecto a la incertidumbre de los pronósticos: debemos diferenciar la caótica y compleja dinámica de la meteorología cotidiana de las tendencias climáticas de largo plazo. La ciencia no es certera para predecir el comportamiento atmosférico de espacios reducidos en momentos determinados, pero sí lo es para modelar los patrones en plazo de décadas o siglos. Ignoramos las condiciones meteorológicas del 25 de mayo del próximo año, pero podemos estar seguros de que si se presenta El Niño, el invierno será lluvioso. Lo mismo ocurre con el clima global: no estamos en condiciones de predecir la multiplicidad de singularidades que configuran el todo, pero sí podemos augurar la dirección que adoptará el todo una vez que conocemos los parámetros basales.

Respecto a la existencia de necesidades más urgentes. Las inversiones del presente son afrontadas por una sociedad menos rica que la que heredaremos a nuestros hijos y nietos ¿Qué tanto sacrificar, considerando que hoy son millones quienes llevan vidas indignas? La disputa suscitada en 2006 en torno a la tasa de descuento utilizada en el Informe Stern tenía mucho que ver con esto.

No me aventuraré con una cifra, pero me atrevo a afirmar que los esfuerzos deben ser sustantivos. La idea de costo alternativo del dinero no debe llevarnos a una falsa dicotomía: no es lo uno o lo otro. Somos capaces de enfrentar varias cruzadas en paralelo. Negar inversiones en cambio climático argumentando que “la plata se utilizaría mejor en otro lado” implica que ese razonamiento aplicaría a toda otra causa que no fuera esa “Gran Causa Única”. Ello no ocurre porque los retornos a la inversión son decrecientes a escala. Si el balance de fin de mes arroja un saldo de $100.000 para reparar nuestra casa, es más rentable invertir $50.000 para reparar un vidrio roto y $50.000 para cubrir una gotera que invertir $100.000 en el mejor termopanel y aguantar la vida con una gotera.

En Chile aún hay gente que vive en campamentos –el candidato más fuerte a esa hipotética “Gran Causa Única”– pero es indefendible concentrar todos nuestros esfuerzos de política pública en su erradicación. Viviríamos en una sociedad sin plazas, sin museos y sin parque nacionales. Cada año el Congreso Nacional aprueba la Ley de Presupuestos, y cuando CONAF se presenta a defender su partida nadie sostiene que hay necesidades más urgentes que administrar los parques nacionales y que por tanto esa asignación debe ser cero ¿Por qué entonces es tan común escuchar el argumento análogo en materia de cambio climático?

Por otra parte, los más perjudicados por el cambio climático serán –como siempre– los más pobres, quienes dispondrán de menos medios para adaptarse. Más aún, la agricultura de zonas tropicales se verá más perjudicada que la de climas templados, y es en estos países donde se concentra la mayor parte de la población en situación de pobreza.

Los esfuerzos contra el cambio climático no son a costa de la lucha contra la pobreza u otras urgencias. En La Ruta Natural sostenemos que la discusión es mucho más rica y compleja de lo que algunos quieren hacernos creer.

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