Revista Capital

La era Caburgua

Académico de la Escuela de Gobierno UAI

Desde la irrupción de Michelle Bachelet en la escena política –poco después de integrar el primer gabinete de Ricardo Lagos–, ninguna otra figura de su sector ha sido capaz de rivalizar con su estrella. Soledad Alvear ni siquiera alcanzó a competirle en 2005. Luego de ganar su primera presidencia, las cosas no cambiaron: en vez de invertir en liderazgos de futuro, la Concertación se dedicó a discutir si era mejor Lagos, Insulza o Frei. Bachelet terminó su período con cifras exorbitantes de popularidad y los partidos de su coalición descansaron en la certeza de su retorno. Ganó la primaria de 2013 caminando y luego se volvió a imponer con holgura en la presidencial. Incluso después de la reciente aparición de Alejandro Guillier –como fenómeno de popularidad similar–, el espacio que deja Bachelet no ha sido realmente llenado. Por tres lustros, su hegemonía ha sido incontestable.

Piñera está ad portas de poder decir lo mismo en la derecha. Aunque apareció mucho antes que Bachelet en el mapa –fue senador y precandidato presidencial en los noventa–, nunca pudo afirmarse como la figura central de su sector. El Lavinismo lo relegó a un segundo lugar. En 2001 tuvo que bajarse de la senatorial porteña en favor del almirante Arancibia. En 2004, Piñera y Longueira fueron “cesados” en sus respectivas presidencias partidarias a petición del propio Joaquín Lavín. Hasta entonces, Piñera era uno más de la “generación dorada” de la derecha chilena: la patrulla juvenil de RN y los coroneles en la UDI. Eso cambió en 2005, cuando Piñera le arrebató a Lavín la primera vuelta presidencial. Desde entonces, su hegemonía ha sido también incontestable: fue por lejos el candidato mejor aspectado durante los años siguientes y coronó sus esfuerzos ganando la presidencial en 2010. Piñera ya no era uno más: se convirtió en un primus inter pares (el primero entre sus pares). Tal como le ocurrió a Bachelet, ninguno de sus coetáneos pudo reclamar el derecho de sucesión. Ni Allamand ni Longueira ni Matthei estuvieron a la altura. Cuatro años después, Piñera obtiene en solitario lo mismo que obtuvieron –sumados– los dos candidatos de derecha en la primaria de 2013. En estos cuatro años, Piñera nunca ha abandonado la pole position. Si todo marcha sin sobresaltos, es muy probable que obtenga su segunda presidencia a fines de este año.

La cosa sería entonces Bachelet-Piñera-Bachelet-Piñera. Dieciséis años bastan para marcar una era. Dieciséis años en los cuales ambos han conocido las cúspides de la aprobación popular y los hondos pozos del descontento, pero en los cuales nunca han sido ni remotamente amenazados por figuras de sus propias coaliciones. La era Caburgua, si tuviésemos que inventar un nombre de fantasía.

Es cierto que Piñera no ganó la reciente primaria con la misma sideral distancia con la que se impuso Bachelet en los albores de la Nueva Mayoría. Pero parece un detalle menor. La diferencia que sacó respecto de su más cercano competidor es contundente e inapelable: más de treinta puntos. Del mismo modo que Bachelet no se vio obligada a hacer muchas concesiones a sus contendores de entonces (Velasco, Orrego y Gómez), Piñera tampoco queda muy presionado al respecto. Esto no significa que los votos de Manuel José Ossandón o Felipe Kast no importen. Todos los votos importan para ganar competencias estrechas. Lo que significa es que no amagan la posición de Piñera como líder exclusivo y excluyente del sector. Es cada vez más primus y menos par.

La primaria era sin duda un riesgo. Pero tal como Bachelet en 2013, Piñera sale de este proceso fortalecido y recargado. Como no conoce el rencor –una de sus virtudes menos comentadas–, el ex presidente no debiese tener problemas para integrar a los perdedores y a sus equipos. La derecha puede mostrar el brillo de sus credenciales democráticas y –por primera vez– contrastarlo con la opacidad de los procedimientos oficialistas. También puede ufanarse de jugar en una división superior a la que juega el Frente Amplio. Por cada cuatro ciudadanos que participaron en la primaria de Chile Vamos, sólo uno votó en la competencia que medía a Beatriz Sánchez y Alberto Mayol. Por sí mismo, este número no debería ser muy preocupante para los dirigentes del Frente Amplio. Fue su inexperiencia la que generó expectativas más altas. Se trata de una fuerza emergente que debe transitar aún varias etapas. No tiene la maquinaria aceitada de los partidos tradicionales. Por todo lo anterior, no son –por ahora– amenaza real para Piñera.

La incógnita es qué viene después de la era Caburgua. En la tribu de Bachelet no aparecen contendores serios a la sucesión. La izquierda tiene mejores prospectos en Jackson y Boric, quienes esperan pacientemente que el carnet de identidad acredite que cumplieron 35. Por el lado de la derecha, no es obvio que Ossandón tome la posta. Salir segundo en la primaria no asegura la nominación siguiente. No les ocurrió a Zaldívar ni a Velasco ni a Allamand. Seguramente, el piñerismo querrá parir un delfín propio. Felipe Kast está más cerca que Ossandón de esos afectos, pero quedó demostrado que su proyecto modernizador y versión liberal de derecha tiene un arrastre interno limitado. Esto no hace más que reforzar la figura de Piñera como la encarnación del ethos contemporáneo de la derecha chilena, del mismo modo que Bachelet ha sintetizado lo mismo en la vereda izquierda en los últimos quince años.