Revista Capital

Futuro imperfecto

Doctor en Ciencia Política, académico de la Universidad de Chile

Si bien las primarias ofrecen interpretaciones para todos los gustos, a primera vista están las cifras: casi 1,5 millones de votos para Chile Vamos, y 327.000 para el Frente Amplio. Un triunfo contundente para Sebastián Piñera, que una vez más se posiciona como el líder indiscutido de la derecha chilena. También un muy buen resultado para Manuel José Ossandón, permitiéndole seguir siendo un actor relevante en el sector. Felipe Kast, por su lado, deberá reconocer que hay mejores espacios que Renovación Nacional y la UDI para representar un centro liberal.

El Frente Amplio, como coalición nueva, no obtuvo un mal resultado. Pero su problema, desde siempre, ha sido uno de expectativas, creadas por ellos mismos. Los éxitos mediáticos de su movimiento y un convencimiento de la autoridad moral de su proyecto produjeron una especie de determinismo histórico. La virtud de su causa, y la sospecha sobre cualquier cosa que pueda parecerse a –¡Dios ni lo quiera!– llegar a acuerdos con otros, inspiraron una crítica con ventilador. Como resultado, el Frente Amplio dista bastante de la amplitud y profundidad de su homónimo uruguayo.

Las primarias, desde luego, no funcionan con la misma lógica que las elecciones nacionales, pero sirven para medir fuerzas. En eso, y a través de su participación en los comicios del 2 de julio (y la ausencia de la Nueva Mayoría en ellos), el Frente Amplio se ha establecido en el universo político del país; relevante, pero pequeño. Pese al discurso épico de los dos candidatos de izquierda, y a pesar del desempeño desastroso de la derecha en su debate televisivo, el FA obtuvo un cuarto de los votos de Chile Vamos. Beatriz Sánchez sacó apenas cuatro mil más que Felipe Kast (¡y 80.000 menos que Andrés Velasco en 2013!). El discurso de que Chile estuviera desconforme con “el modelo” se ve cuestionado.

Los números no mienten. Si los chilenos están cansados de la Constitución, de las AFP, las isapres, las universidades privadas y del modelo de desarrollo del país en general, no lo mostraron en las primarias. El Frente Amplio tendrá sus respuestas. Que el voto voluntario favorece a los sectores más ricos. Que son una coalición nueva. Que cuentan con menos financiamiento. Que los medios están dominados por aliados de la derecha. Que las coaliciones tradicionales son hegemónicas.

La respuesta más usada en los últimos días es que es un gran comienzo. Las bases están sentadas para la construcción de una alternativa a la Nueva Mayoría. Es una postura razonable, pero que choca con lo que han insistido en campaña: que están compitiendo para ganar, formar gobierno y profundizar las transformaciones que, están convencidos, el país pide. Max Colodro lo ha llamado un sueño adolescente.

El problema del Frente Amplio es ése: su adolescencia permanente, producto de sus orígenes como movimiento social. Revolución Democrática y los otros socios han sido exitosos en convertir un movimiento social en fuerza política institucionalizada, pero siguen sintiéndose más cómodos criticando que construyendo. Es cosa de leer el (anti)programa de Beatriz Sánchez, que más que políticas, ofrece una “hoja de ruta” para realizar discusiones y consultas con el fin de armar un proyecto colectivo. El votante del Frente Amplio, parece, no vota por una propuesta, sino por un proceso. A lo más, prometen una continuación de la agenda de transformaciones, pero mejor hecha, sin mayores detalles. Suena, curiosamente, muy parecido a “la cultura de hacer bien las cosas” de Piñera en el 2009.

No hay síndrome más adolescente que ese rechazo irreflexivo de todo lo que vino antes. Pasar de la adolescencia hacia la adultez implica aprender del pasado, no rechazarlo. Significa hacerse responsable, y ver cómo los sueños se ajustan a nuevas realidades. Habrá sueños, pero también cuentas que pagar. Sin reconocer eso, el Frente Amplio seguirá siendo, para variar, la coalición del futuro.