Opinión

Las riendas del destino

Aún tenemos patria, ciudadanos. La movilización electoral de hace unos días en el contexto de las primarias da cuenta de un país que, pese a todo, todavía quiere ser quien dispone de su futuro.

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Director Revista Capital

La frase de Humberto Maturana poco antes de las primarias resonó estruendosa por su sencillez. Dijo: en un partido de fútbol eres espectador, en las elecciones eres protagonista. Cuando todos ponían en duda que las elecciones movilizarían a los chilenos por coincidir con una final futbolística que sería la guinda de la torta tras años de desafección con los políticos, lo cierto es que contra todo pronóstico la gente salió a votar en un número que permite abrigar esperanzas en que, pese a todo, la gente quiere ser protagonista y disponer de su futuro.

Una buena noticia que sería aún mejor si el proceso político diera paso a una nueva dinámica en que los involucrados sintonicen en una frecuencia distinta a la que se dio en la antesala de las primarias. Una frecuencia en donde la competencia deje de ser un concurso de belleza por contraste, en que se busca capturar preferencias apelando a ser sólo el mal menor.

Un país como Chile, que para algunos entró por aritmética al club de la OCDE y que aún tiene muchas tareas por delante para reconocerse como desarrollado, necesita bastante más que lo visto en los mezquinos debates de TV para consolidarse en esa liga, sobre todo ahora que comienza a marchar en reversa en materia de actividad. Un país en esa delicada encrucijada requiere que se desplieguen ideas que permitan desamarrar los nudos ciegos que traban el progreso en tantos planos en los que aún chapoteamos en el subdesarrollo.

Y para comenzar, no estaría de más que la discusión política se sincerara y admitiera que unos buenos flujos de PIB por un par de décadas no alcanzan para abonar las cuentas nacionales, que aún son deficitarias en capital educacional, infraestructural, patrimonial, entre otros. Admitir, además, que el sayo de nación desarrollada es más difícil de adquirir si el valor presente de los flujos futuros que está generando el país no alcanza a solventar el tren de gastos que algunos golosos ya han engrosado más de la cuenta y otros quieren seguir inflando.

Lo que se juega en los meses que vienen no es menor y es claramente cuesta arriba, sobre todo para quienes se atrevan a decir la verdad al electorado, ya que ello supone hacer una impopular invitación al estoicismo y a exorcizar la tentación de romper el chanchito antes de tiempo.

El populismo, que es el expediente fácil y la posición preferida del lauchero que busca anotarse un gol sin hacer ningún esfuerzo y sin pagar costos si el resultado es adverso, ya se ha hecho sentir por estas latitudes pese a los meritorios esfuerzos de algunos por evitar que el carnaval de la irresponsabilidad derive en una orgía de imprevisibles consecuencias.

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