Opinión

Centroderecha: la disputa de las generaciones

Cambió el mundo y la vieja dirigencia no lo notó. Y tampoco hoy parece hacerlo. Pero surge un fenómeno nuevo, que intenta atisbar un país mejor pensado.

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Instituto de Humanidades, UDP

El fracaso mayor, aunque difícilmente evitable, de la generación que hizo la transición en Chile, es no haberse percatado del juicio de la historia. Sus miembros dieron por sentado el valor –innegable– del ejercicio de revisión, crítica, prospección e implementación que realizaron. Fue un ejercicio hondo, de amplio rango y profundidad, llevado a cabo por cuadros conspicuos, de diversas agrupaciones. Tal esfuerzo les garantizó la hegemonía ideológica por tres décadas. Frente a esa capacidad de comprensión dominante, los políticos e intelectuales a la derecha y a la izquierda parecían famélicos.

Pero la historia cambia, las fórmulas pierden sentido de tanto reiterarse, los grupos humanos y culturales se esclerosan. Basta que pase el tiempo. Sólo instituciones muy extrañas o grupos humanos excepcionales logran traspasar los ciclos.

La Concertación –tal fue la construcción política que expresó la articulación cultural en la base de la transición– terminó perdiendo su capacidad comprensiva. Como usualmente ocurre, no vio venir el futuro, el dictamen implacable de la generación siguiente, el giro de la rueda de las épocas. A la disputa entre la Concertación y la Nueva Mayoría, siguió la descomposición de esa Nueva Mayoría y el conflicto entre ésta y el Frente Amplio. No es sólo la lucha de las edades, pero las edades juegan un papel. A la generación reciente la afectan muchos menos temores que a aquéllos que no pudieron sino tenerle “miedo inconcebible a la pobreza” y angustiarse ante la amenaza de la tortura o el atentado.

En la centroderecha ocurre algo parecido. Es difícil de percibir, pues los procesos tienden a decantar más lento entre sectores usualmente más conservadores. Pero algo hay allí que no cuadra. Es también una disputa a la que se ligan edades y cosmovisiones. No tuvimos aquí una vanguardia propiamente cultural. Durante los últimos cuarenta años, la intelectualidad de la centroderecha se halló más bien restringida al campo económico. En el mundo de la cultura eran barnices, retoques, con notorias excepciones de individuos tan ilustrados como aislados.

A tal punto se hizo hábito el inveterado filisteísmo del sector, que la mirada tendió a quedárseles fija a muchas dirigencias en la generación mayor y perdieron la capacidad prospectiva, de pensamiento político, de imaginación creadora, como si todo se tratase de cifras. Y –cual pasó un poco al frente, pero todavía peor–: no vieron venir el futuro. No lo vieron venir incluso cuando era obvio que vendría, por la vía de exigencias meritocráticas en educación, que, al ser descuidadas, devinieron exigencias ideológicas de izquierda como la gratuidad universitaria.

Cambió el mundo y no lo notaron. Y tampoco hoy parecen notarlo. En el momento en el que debiesen hablar de política, en vez de mostrar y justificar una concepción diferenciada del país, un proyecto colectivo, una expansión de horizontes de sentido, terminan refiriéndose al dinero. Contando plata, aludiendo a medios. Cuando en política –cual enseñara hace milenios el fundador de la disciplina– es absurdo hablar sólo de medios, como si a un pintor se le preguntase por el arte de la pintura y éste se limitara a informar lo que le cuesta comprar los pinceles y los tubos de óleo.

Pero se deja percibir también un fenómeno incierto, extraño y nuevo. Algo así como un principio de diagnóstico compartido, una mentalidad de época que se difunde especialmente en la nueva generación y une a corrientes diversas, más abiertas; a políticos, también a científicos y académicos, que intentan atisbar un país mejor pensado. No deja de ser un cierto hastío con la banalidad, con la excesiva atadura de la política del sector a intereses; con el estéril e inveterado activismo de medidas nimias, que nadie recordará apenas cinco años más tarde, porque habrán sido irrelevantes.

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