Opinión

Puertas adentro

La política actual no se contacta con la vida privada de quienes desea representar. Los políticos se escuchan demasiado a sí mismos y quieren que salgamos a votar por ellos. Difícil.

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Escritor

La intemperie está insufrible. Hace frío, el aire está toxico. Cada vez que llueve las calles se atiborran de autos que apenas se mueven entre bocinazos y peatones que cruzan despavoridos. La lluvia parece ser siempre excepcional en nuestro país, pese a que todos los años cae en la misma estación. Nada está preparado para las inclemencias que nos azotan. Desde que tengo uso de razón, las inundaciones y los cortes de luz vienen después de cualquier temporal. Las imágenes televisivas de albergues repletos y periodistas con parkas y botas son otra sección clásica de los matinales en invierno. Vivir estos meses de forma traumática es un síntoma que podemos rastrear en el fondo de nuestra historia.

El eterno retorno del invierno feroz quizá se puede explicar por la fascinación por el encierro que sentimos. Cerrar la puerta por dentro y guardarse en la casa es un rito que está arraigado en nuestra identidad. Pasear por calles vacías con ojos que observan desde las ventanas es una experiencia que se puede obtener en cualquier pueblo o barrio popular. En la casa está el amparo ante el ruido y el tráfago que ocurre en las calles. Adentro podemos descansar y eliminar la impostura que nos exige la incómoda vida social.

Parte central de la narrativa chilena gira en torno a casas. Desde la novela de Orrego Luco hasta José Donoso. Las casas han sido reemplazadas por los departamentos reducidos, según describen los autores contemporáneos en novelas y crónicas. Son los nuevos recintos de la intimidad, los paisajes donde acontecen las rutinas comunes, el despliegue familiar y el roce erótico. En las redes sociales se ven más cocinas y camas que plazas o calles. En estos día, en particular, se ven fotos de bandejas de sopaipillas preparadas por orgullosos jóvenes que se las comen tomando mate. Hay satisfacción en los rostros que gozan de una vida menor, que están conformes con un sitio seguro donde comer, dormir y tener conexión wifi.

En este ambiente, el ruido de las campañas presidenciales se escucha como parte de la picaresca. Ver a los políticos cabeceándose ante los periodistas ha sido un espectáculo que ha animado la convivencia, agregándole algo de sabor a la aguachenta sopa coyuntural. Pero de ahí a creer que la política posee mayor importancia que otras cuestiones que pasan en nuestros hogares, es una ilusión narcisista que sufren los novatos. Lo cierto es que el acontecer inmediato de las mayoría de las personas está desligado de las determinaciones que tomen los poderosos, salvo en ocasiones muy extrañas. Desde esa perspectiva se escuchan las propuestas, los alegatos y el espectáculo que han dado los precandidatos por radio y televisión. Forman parte del tejido de demandas que nos invaden. Piden atención, incluso se humillan con tal de que se las entreguemos.

No sé si el país está despolitizado. Quizá hemos puesto a la política en el lugar que corresponde, en su esquina. La vida que emprendemos cuando cruzamos el umbral de lo doméstico es la que prevalece. No por egoísmo. Es el rincón que nos acoge más allá de lo injusta que es la existencia. Sabemos que entre piezas y camas el poder también se infunde y opera a partir de códigos. En nuestras habitaciones están los secretos y las confesiones sobre la mesa. Conversamos y oímos a quienes nos rodean en confianza. Luego, si queda tiempo y ánimo, procuramos atención a lo que excede nuestro mapa de amistades y conocidos, de intereses postergados.

Escuchar música, leer, compartir un café junto a la estufa o ver una serie en cama son actividades a las que estamos abocados de forma espontánea. Las peroratas de aquellos que quieren convencernos de lo importantes que son sus propuestas están en calidad de show. La política actual no se contacta con la vida privada de quienes desea representar. Los políticos se escuchan demasiado a sí mismos y quieren que salgamos a votar por ellos. Difícil. Da la sensación de que son ajenos a los sufrimientos y miedos, a los placeres y complicidades que existen en los hogares que aspiran resguardar. Sospecho que ni siquiera han pasado frío.

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