Opinión

Los políticos enojados

En todo el mundo la clase política está bajo sospecha. La última encuesta CEP lo confirma en Chile. Es el escenario ideal para los candidatos amargos.

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Doctor en Ciencia Política, académico de la Universidad de Chile

En 2012 académicos japoneses, utilizando un software de reconocimiento facial, cruzaron las expresiones del rostro de candidatos en Japón y Australia con su éxito político, diseñando así “el índice de la sonrisa”. Otro estudio, financiado por una pasta dental, encontró que en todas las elecciones estadounidenses desde el año 1992, el candidato triunfante era el que tenía una sonrisa más blanca.

Sin embargo,  pareciera que hoy los candidatos que ganan son los más enojados.
Llama la atención, por ejemplo, que en las recientes elecciones británicas, ambos candidatos principales lucen más amargados que sonrientes. Más allá de sus expresiones faciales, tanto Teresa May como Jeremy Corbyn compitieron no para ver quién podría mejor reestablecer un papel importante para el Reino Unido en el mundo, sino por quién sería el más hábil para negociar la salida de su país de la Unión Europea, es decir, gestionar el retiro y aislamiento. Ninguno ofrece esperanza u optimismo, ni tampoco pudo entregar detalles ni costos de lo que implicará el Brexit, pero esto no importó: estaban luchando por el voto enojado. Vender expectativas ya no funciona, porque nadie les creería.

Trump, por su lado, rompió con todos los protocolos electorales, haciendo campaña con un discurso agresivo y negativo, ofreciendo una visión apocalíptica de los EEUU. Incluso una vez ganada la elección, en su discurso inaugural, describió la situación del país como una “carnicería americana”, muy lejos de “la brillante ciudad sobre una colina” de Ronald Reagan.

Algo ha cambiado desde los tiempos del actor que llegó a la Casa Blanca: un líder que, como Trump, muchos creyeron extremista y poco inteligente, pero que ofrecía, sonriendo, una visión positiva del rol de su país en el mundo, de las contribuciones de los inmigrantes, y del futuro en general. El actual presidente, que parece un anti-Obama, es también el anti-Reagan.

En gran medida este giro tiene que ver con los tiempos en que vivimos.

En la era de Reagan y Thatcher, sus países mantenían roles predominantes tanto en lo económico como en lo político y militar. La clase media era grande y fuerte. Esto entregaba cierta seguridad. Tal vez a uno, personalmente le iba mal, pero no había duda respecto de su lugar en la sociedad y el lugar de su país en el mundo. Hoy los ciudadanos de estos países, y muchas otras democracias desarrolladas, sienten inseguridad; tanto personal como política y también económica. Muchos países desarrollados ven aumentar la desigualdad, con una clase media amenazada y esperanzas de vida decrecientes, gracias a mala cobertura de salud, el uso de drogas y enfermedades vinculadas con dietas y estilos de vida poco sanas (en 2015 la expectativa de vida de los estadounidenses cayó por primera vez desde 1993). Ese votante quiere sentirse fuerte sabiendo que cuenta con un gobierno que lo defenderá de la incertidumbre, mediante el proteccionismo comercial y la restricción migratoria.

Otra razón que podría explicar el fenómeno de la ira es la desconfianza. En todo el mundo la clase política está bajo sospecha. La última encuesta CEP confirma los bajísimos niveles de apoyo a las instituciones políticas en Chile, pero el fenómeno es global. En EEUU la confianza en el Congreso es más o menos similar a la cifra chilena, 6%. En este contexto, una candidata con una brillante y blanca sonrisa sólo serviría para profundizar la suspicacia. Parecería una vendedora de humo. Mucho mejor asumir la misma actitud amarga y enojada que el votante.

Hay excepciones, como Emmanuel Macron. El nuevo presidente francés sonríe, pero él tampoco es un político tradicional. Las elecciones francesas fueron, al final, una competencia entre dos outsiders, representando partidos considerados como no-tradicionales. El rechazo institucional es generalizado. El problema es que también se rechaza la esperanza, o por lo menos un cierto tipo de esperanza.

¿Y cómo estamos por casa? La misma CEP no trae noticias muy alentadoras. En cinco años los chilenos que creen que nuestra democracia funciona bien o muy bien cayeron de 26 a 11%, mientras que los que piensan que funciona mal o muy mal se duplicaron (del 13 al 26%). A la vez, gracias a recientes revelaciones sobre la corrupción en Carabineros, esa institución, históricamente valorada, ha sufrido una caída fuerte. Hay una esclerosis institucional que es una bomba de tiempo. No sorprende, entonces, que ya hayan aparecido nuestros propios políticos que han eliminado la sonrisa. Aún no muestran gran apoyo en las encuestas, pero ojo: son los mejores posicionados para hacer política en la era de cólera.

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