Opinión

Entre Tongoy y Los Vilos

Estar en estado estacionario en medio de la nada, cuando en la carretera del progreso otros ya vuelan puede salir demasiado caro.

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Director Revista Capital

Las entrevistas a Ricardo Hausmann y Andrés Couve que nutren la presente edición de Capital tienen en común el hacer un poderoso llamado de atención a la forma como han progresado y podrían progresar las cosas en Chile de no levantar un poco la mirada, y así dejar de cometer los errores que nos vienen hipotecando desde la Colonia (Couve) y evitar los que se podrían cometer a futuro al costo de acercarnos a una situación de fracaso similar a la que hoy malvive el pueblo venezolano (Hausmann).

Y las advertencias son potentes tanto por venir de quienes vienen, como porque avergüenza y alarma que el Chile de hoy se pueda colocar en una línea del tiempo, donde el pasado, presente y futuro se terminen conjugando en modo imperfecto.

Plantear un escenario así suena injusto para un país que cambió tanto en tan pocas décadas, pero hay que conceder que ambos diagnóstico no son mezquinos a la hora de aportar antecedentes convincentes que desnudan la trampa productiva y competitiva en que estamos, así como las amenazas que están emboscadas a la vuelta de la esquina y otras igual de amenazantes en la forma de utopías advenedizas (y otras no tanto) que varios de los artistas de nuestra política destilan en sus cabezas.

Y algo que incomoda aún más: ambos entrevistados no están planteando problemas contingentes cuya solución sea imposible u onerosa. Hausmann es lapidario a la hora de reprochar la crónica indisposición a la innovación que se observa a nivel de los sectores público y privado en Chile, así como el riesgo a sucumbir al alto grado etílico de los cantos de gratuidad que paladean las cada vez menos personas que acuden a elegir a los cada vez más representantes. Todo ello, claro está, sometido a la poderosa trampa que es, en definitiva, seguir siendo presas de la adicción al cobre.

Couve tampoco se queda corto en reproches a las instituciones que se supone impulsan la investigación, el desarrollo científico y la innovación. Es más, cuando les pone números a los patéticos esfuerzos que de seguro ocultan en sus CV los charlatanes de turno que dicen liderar estas áreas, es como para quedar pasmados.

Y si los niveles de recursos que se destinan a estos fines son famélicos, las oportunidades que se están perdiendo hacen más gravosa las faltas. No hay que ser científico para inferir que, dado que se está haciendo tan poco, con no mucho más se lograrían importantes mejoras. En lugar de eso, vale la pena anotarlo a pie de página, no son pocos los fondos que a diario se escurren en malas prácticas, mediocridad y nepotismo y amiguismo.

En fin, Yuval Harari, a quien hemos citado en más de una oportunidad en este espacio, en su más reciente libro Homo Deus pone el dilema actual de la humanidad en las siguientes letras de molde: “En el siglo XXI, los que viajen en el tren del progreso adquirirán capacidades divinas de creación y destrucción, mientras que los que se queden rezagados se enfrentarán a la extinción”.

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