Opinión

2017: una difícil encrucijada

Guillier no sólo no sube en las encuestas, sino que planea hacia abajo lentamente. Bea Sánchez le empieza a pisar los talones, pero también es puro aire.

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Historia breve

Llevamos casi 30 años desde que volvió la democracia representativa, perdida por la enorme crisis del 73. Sin entrar en el debate de ese período, lo concreto es que la clase política simplemente no fue capaz de manejar la situación, abriendo espacio a la violencia en diversos frentes. En ese entonces se hablaba despectivamente de la “politiquería”, enredada entre caudillos revolucionarios, grupos de interés, movimientos armados, fragmentación de las grandes corrientes, y todo acompañado de muy malas políticas públicas que destrozaron la economía y la convivencia social. La polaridad le ganó a la institucionalidad, y al logro de acuerdos fundamentales para el largo plazo. En efecto, la fragmentación extrema de la política nos hizo perder la gobernabilidad y con ello la democracia.

El trauma fue enorme; el dolor inconmensurable. Finalmente el país se calmó, se reinició el progreso con una nueva base institucional y empezamos también a salir de la pobreza extrema. La dictadura terminó con un plebiscito y una elección, algo inédito en el mundo. El dictador abandonó el poder no sólo de manera institucional, sino que entregó un país ordenado y pujante en lo económico. La Concertación dirigió el nuevo período, a través de líderes que vivieron en carne propia el proceso de Allende, y el período militar. Habían aprendido la lección, sabían de los errores del pasado, entendieron la importancia de los grandes acuerdos, y que para avanzar necesariamente hay que transar.

Chile en 30 años de progreso sostenido se colocó como número 1 de la clase. Uno de los elementos críticos que mantuvo centrada a la política fue el sistema binominal, que probó ampliamente sus virtudes en términos de gobernabilidad, así como también sus defectos, básicamente la incapacidad de renovar los liderazgos. Sin embargo, en vez de corregir los defectos y regular buenas primarias o limitación de reelecciones, simplemente se derribó el árbol y se hizo otro nuevo pero muy mal diseñado, lo que resultará nocivo y evidente a partir del 2018.

Vuelve Bachelet 2.0

Bachelet cambió su propuesta en su segundo período. Hizo una nueva coalición en la que sumó a partidos de extrema izquierda, como el PC, MAS e IC. Trajo consigo un odioso y tradicional discurso antiempresarial propio de los 60: los poderosos de siempre, fomentando así la polarización. En este gobierno, al avanzar sin transar se le llamó la retroexcavadora.

Bachelet desconoció incluso su primer mandato, el que repudió dentro del paquete “Concertación”, y así llamó a refundar el país. Volvimos a las añejas ideas de los 70, a las que se unieron los hijos de los concertacionistas que juzgaron severamente a sus padres por haberse “vendido” al modelo neoliberal, abandonando los “grandes ideales” de la izquierda sesentera.

Las reformas para “refundar” al país han sido tan mal diseñadas y peor implementadas, que el país se deterioró muy rápidamente. Se acabó el progreso, se fragmentó la política que ya cuenta con unos 30 partidos, y apareció una nueva izquierda, aún más extrema que el PC, el cual incluso es repudiado como conservador por el nuevo movimiento. Tal como Allende, pero aún guardando las proporciones, este gobierno ha sido realmente muy malo, lo que ha construido el ambiente propicio para volver a la polarización, la intolerancia y la sobreideologización. En suma, la izquierda no aprendió nada de sus errores y quiere volver exactamente a la misma senda del pasado. Los jóvenes levantan viejas banderas e idealizan uno de los peores gobiernos de nuestra historia. Es increíble que estos jóvenes tan inteligentes no tengan nuevas ideas, propias del siglo XXI, la edad del conocimiento, la globalización, la digitalización y la inteligencia artificial, entre otros. Siguen soñando con los cabildos del siglo XIX.

La cancha se nos mueve

Así enfrentamos la tremenda encrucijada de esta elección en que se discute la opción de tres grandes caminos: la nueva izquierda que quiere volver al pasado, el centro que quiere grandes acuerdos nacionales, y la vieja centroizquierda ya corrompida y desprestigiada por el poder de tantos años y que trata de aferrarse a éste a como dé lugar. El desconcierto es enorme. Hemos tenido hasta el momento unos 25 precandidatos presidenciales, y de éstos ya han caído unos 10 (como Lagos, Insulza, Atria, Allende, Tarud, Chahuán, Walker y otros menores).

La Nueva Mayoría ya se quebró. Bachelet no fue capaz de liderarla, como no ha sido capaz de gobernar adecuadamente. El tradicional PS no fue capaz siquiera de presentar un candidato propio, igual el PPD. El PR tampoco y recurre a un “independiente” de izquierda que ahora representa lo que queda de Nueva Mayoría, pero es débil, no aporta ideas nuevas ni capacidad de liderazgo, o menos de gestión. La DC decide ir directamente a primera vuelta con una candidata muy débil. Hasta aquí no logra marcar en las encuestas. La nueva izquierda entrará a las primarias y presenta dos candidatos jóvenes, pero que sólo recuerdan las ideas y antagonismos del pasado. La centroderecha tiene tres candidatos e irá a una primaria en que el segundo en las encuestas es 10 veces menos que el primero. Se suman además unos cinco independientes que dan el aliño a este extraño vuelco de nuestra política. El partido más prometedor del centro (Ciudadanos) no ha logrado reunir las firmas para serlo. Amplitud no tiene líderes ni ideas propias.

Es tal el caos político de la centroizquierda, que las pocas nuevas caras recogen rápidamente el repudio a la “politiquería”. Guillier trata de hacerse pasar por no político, pero lo ha sido, practicando un periodismo sesgado por 30 años, al servicio de la Concertación. El Frente Amplio lo ha repudiado. Pero Bea Sánchez y Mayol son apenas principiantes en la política y no tienen las competencias mínimas para la compleja función de presidir un país. Sólo a modo de ejemplo, Mayol propone un tren rápido por todo Chile, incluyendo un transpatagónico, lo que sólo es un ejemplo que señala su enorme falta de preparación técnica y de criterio. Son expresiones del populismo irresponsable.

Nuevos escenarios

Abandonada la primaria de la Nueva Mayoría, que los deja muy mal parados, Guillier debe ahora juntar firmas tratando de disimular su condición política ejercida por tantos años al servicio de la Concertación. Pero ya no sólo no sube en las encuestas, sino que planea hacia abajo lentamente. Bea Sánchez le empieza a pisar los talones, pero también es puro aire como Guillier. Esto, más la DC corriendo sola, abre complejas perspectivas. Por ejemplo que Guillier no logre llegar a la 1ª vuelta, o que si llega salga tercero. Es poco probable, pero posible. Si Goic empieza a subir y Guillier sigue cayendo, la NM podría bajarlo (a lo Golborne en la derecha) y alinearse con ella. Incluso aparece otro escenario en que Piñera gane en primera vuelta, dependiendo de la forma en que se desplome finalmente la NM. Es también muy poco probable, pero posible.

El marco económico y social

Todo esto ocurre dentro de una economía que languidece. El crecimiento del primer trimestre fue literalmente cero, el ahorro e inversión siguen cayendo, el gasto fiscal está disparado (creció cerca del 8% en ese trimestre). Se siguen creando nuevas burocracias en un Estado ya ineficiente y atiborrado de operadores políticos. El déficit fiscal es agudo y crece la deuda pública con que se financian gastos corrientes. El desempleo sube, aunque está encubierto en las cifras oficiales. La reforma tributaria es un estropicio, la reforma sindical redundará en menos empleo, la reforma educacional es una improvisación sin precedentes. La muy mala reforma al binominal mostrará sus problemas a partir de 2018. La más afectada por la NM ha sido la clase media que emergió vigorosa en los 35 años de progreso.

Guillier se presenta oficialmente como el continuador de Bachelet, y deberá hacerse cargo de esa herencia que se perfila cada vez peor. El FA representa el advenimiento del populismo en gloria y majestad, lo que será cada día más evidente, pero en un escenario como el descrito, con el desprestigio de la clase política, bien puede prender como esperanza.

Quien sea que gane la próxima elección recibirá un país muy deteriorado tanto en lo económico, político y social. Un error histórico puede ser terminal. La encrucijada para Chile entonces es simplemente enorme. El camino de vuelta al progreso es por el centro, con acuerdos, tolerancia y sabiduría.

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