Opinión

La derecha y el pensamiento político

Sin un avance decidido de un trabajo intelectual más serio, la derecha estará condenada a la incapacidad de interpretar la situación y sus gobiernos a no ser sino ejecutores de asuntos domésticos.

Tras varios años de ardua denuncia sobre la crisis intelectual de la derecha, de trabajo expresado en libros, columnas de opinión, seminarios y, últimamente, en documentos como la “Convocatoria política” de Chile Vamos, o el “Manifiesto republicano”, uno pensaría que cabe esperar cambios en ese sector. Y algunos cambios ha habido. Existe una renovada inquietud por la discusión de ideas y ha tenido lugar un incipiente debate. Pero el avance es lento. Todavía estamos a la espera de que las precandidaturas presidenciales exhiban discursos razonablemente provistos de pensamiento político, en los que se deje avizorar, con nitidez, una visión integral de país.

La dificultad del avance puede ser explicada a partir de una combinación de dos factores.

El énfasis inveterado en la economía y la desatención a las cuestiones culturales y humanísticas han conducido a que en la derecha se embote la conciencia sobre lo que significa el pensamiento político. Durante décadas existió la noción de que el “pensamiento” era algo así como el ejercicio de diletantes. Bastaba leer unos libros –dentro de un horizonte cultural usualmente tan amplio como Hayek, Berlin y Novak– y se lograba formar parte de los cuadros de “intelectuales”. Cuando se hablaba de ideas, entonces, se realizaban invocaciones imprecisas a la libertad, la subsidiariedad negativa, a un extraño “sentido de justicia”, a acumulaciones de principios sin sistema ni argumento. La precariedad cultural del sector provoca que, todavía hoy, tengamos que escuchar o leer a individuos carentes de los conocimientos mínimos como para hacer un uso metodológicamente controlado de autores y teorías.

Aquí entra a operar un segundo factor. La existencia académico-cultural del sector es precaria. Su presencia en universidades (salvo en enclaves bien precisos que no alcanzan los estándares de las discusiones actuales) es escasa. Los centros de estudio del sector son frágiles. Con la excepción del CEP, se trata de un trabajo más bien artesanal. En los últimos años esto ha cambiado (y se cuenta el IES, Idea País u Horizontal), pero aún falta tiempo para que lo nuevo se consolide. Todavía es relevante, entre nosotros, la curiosa figura de centros de estudios que no son más que trincheras, sin capacidad para desplegar una visión nacional. No está mal la donación empresarial, cuando es filantrópica. El problema es la donación partisana. Entonces aparecen entidades donde a la escasa calidad del trabajo se une la atadura a las cadenas de intereses injustificados.

Todo esto ha tenido consecuencias funestas para la derecha. Décadas vividas en escasez del bálsamo de la cultura y las humanidades han ido consolidando una base amplia de dirigencias políticas insensibles al significado existencial del pensamiento. La más mínima articulación de ideas en estos campos es vista con desconfianza. Costaría encontrar en el sector a veinte políticos capaces de explicar ordenadamente lo que dijeron pensadores fundamentales de Occidente sobre la división de poderes, la democracia o la revolución. Vale decir, veinte políticos a la altura de su tarea.

La situación ha comenzado, por cierto, a cambiar. Se cuentan varias personas más ligadas al mundo académico que han asumido el relevo en las tareas de reflexión política que antaño en el sector realizaran egregias cabezas. Y no pocos políticos se han inquietado por el nuevo escenario ideológico e intentan prestarle atención y comprenderlo, también en la senda de líderes de un pasado que superaba notoriamente el rasante nivel de las décadas recientes. Pero el tiempo no sobra. Sin un avance decidido de un trabajo intelectual más serio, la derecha estará condenada a la incapacidad de interpretar la situación y sus gobiernos a no ser sino ejecutores de asuntos domésticos. Nada que se parezca a la política en el sentido hondo de la expresión; en épocas de crisis, una irresponsabilidad.

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