Opinión

Deschavetado

La imagen del pajarito que encarnaba a Chávez, el mazo sobre el mesón de Diosdado Cabello en TV y las vacas a las que habló hace unos días Maduro no son nada de inocentes. Son síntomas de alteración, desequilibrio… y un mal presagio.

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Primero fue la imagen bananera del pajarito que en una suerte de vida después de la muerte, encarnaba a Hugo Chávez y le hablaba desde el hombro a su cada vez más corpulento sucesor y profeta Nicolás Maduro.

Luego, y en paralelo al sinnúmero de otras imágenes de patio que suelen obsequiar los jerarcas venezolanos, el exmilitar, exministro y hoy diputado chavista, Diosdado Cabello, no duda en jugar periódicamente a representar una versión amenazante del personaje de caricatura Pedro Picapiedra en el programa de TV Con el mazo dando, en donde ladra escarnios nada inocentes a los opositores con un machaco de utilería entre las manos.

Y, como si todo eso fuera poco, hace unos días y mientras el pueblo venezolano sostenía en las calles movilizaciones y el mundo pedía “pruebas de vida” del prisionero político Leopoldo López, Nicolás Maduro se encuclillaba para las cámaras de TV ante un establo con vacas, a las que invitaba a formar parte del constituyente.

Así las cosas, el realismo mágico ha terminado quedando corto a medida que avanza el lamentable proceso de decadencia y crisis humanitaria al que ha conducido el chavismo a la otrora próspera nación caribeña. Un proceso que, como cada vez más observadores lamentan, tiene menos espacio para evitar un derrotero que no suponga violencia.

Así lo dijo hace unos días el destacado analista internacional Ian Bremmer, en su visita a Chile y lo refrenda en la entrevista que destacamos en la presente edición de Capital. Él y otros muchos expertos internacionales, como el respetado economista Ricardo Hausmann (quien además es cuñado del chileno Claudio Jatar), no han permanecido indiferentes a la tragedia venezolana y querrían, con una esperanza cada vez más amagada por la realidad, que la crisis se resuelva sin más sufrimientos.

Pero, como ambos lo saben y lo confiesan, los vientos de tormenta que soplan sobre Venezuela demandan algo más que diagnósticos y palabras catedráticas de aliento. Lo que el resto de las democracias de la región deben hacer frente al desatado conflicto es ejercer una enérgica presión internacional, denunciando sin medias tintas los abusos y atropellos a las libertades básicas y los derechos humanos, en un país donde cada amanecer no es otra cosa que una diaria amenaza a la supervivencia.

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