Opinión

El regalo

La Nueva Mayoría le va a regalar el gobierno a Sebastián Piñera y la derecha.

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Académico de la Escuela de Gobierno UAI

Es probable que la coalición que reemplazó a la Concertación sea más responsable del fracaso (que significa entregar La Moneda a Chile Vamos) que el propio Ejecutivo que encabeza Michelle Bachelet. Pero el flojo desempeño político del oficialismo no comenzó en marzo de 2014. Viene de mucho antes.

El problema empezó cuando los sacaron de La Moneda por primera vez, cuando todavía tenían otro nombre. Se dijo entonces que la Concertación había desperdiciado cuatro años, pues en lugar de generar un trabajo intelectual decente para renovar el disco duro, prefirieron administrar el tiempo a sabiendas de que la popularidad de Bachelet hibernaba intacta en Nueva York. Entonces aparecieron las Camilas, los Giorgios, y la calle se inundó de política. La verdadera oposición a Piñera en el poder la hizo el movimiento social. Entonces la Concertación cometió un error de cálculo: pensó que las reivindicaciones –ideológicas y generacionales- de los jóvenes tenían por enemigo principal a la derecha. Aplaudió con entusiasmo los discursos que ponían al gobierno de la Alianza entre las cuerdas. Jugó el triste papel del eyaculador precoz. Lo único que importaba era recuperar el botín arrebatado.

La Concertación solía ser una familia que tenía tantos operadores políticos como intelectuales públicos. Los segundos se fueron callando con el tiempo. Hoy tienen menos impacto que los que aparecen fuera de sus fronteras. Atria les hizo un favor entrando al PS: bien podría ser el tótem doctrinario del Frente Amplio. Ahí están Alberto Mayol, Carlos Ruiz, Claudia Sanhueza. En la derecha, Mansuy, Ortúzar, Herrera, Káiser. Todos irrumpieron en los últimos años. La Concertación no propuso ninguna idea importante ni sentó las bases de ningún debate relevante durante el gobierno de Piñera. Sólo se fue acunando esa sensación de que había que abjurar de lo realizado. Fue en ese proceso que murió Lagos, como bien apuntó Daniel Matamala.

Mientras tanto, los jóvenes estaban construyendo sus barcas para hacerse a la mar electoral. No tenían intención de ocupar las viejas armaduras de la transición. No querían oxigenar a un cuerpo gastado. Acaban de inscribir a Revolución Democrática para montar la primaria del Frente Amplio. Da lo mismo que la contienda sea una pantomima amistosa. Lo que importa –lo saben bien– es reemplazar en el imaginario popular a la antigua Concertación. Tomar su lugar. Desplazarla a un segundo plano. La Nueva Mayoría es un bisonte herido en la sabana. El Frente Amplio es una jauría con los dientes afilados. Lo sufrirá el candidato Guillier en noviembre.

En Chile Vamos ya es la tesis de cabecera: el rival del futuro es el Frente Amplio. Lo dijo hasta el cansancio Jaime Bellolio en su intentona por el control del gremialismo y lo ha venido repitiendo Felipe Kast como relato presidencial. Hasta ahí parecía entendible: las estrellas jóvenes de la derecha estaban, naturalmente, asignando especial preponderancia a sus congeneracionales de la izquierda. Hasta que vino Pablo Longueira y ratificó la tesis: el adversario que viene ya no es la Nueva Mayoría. Puede ser una treta electoral; a fin de cuentas, a Piñera le conviene que Guillier llegue desangrado a la segunda vuelta. El riesgo es hacer crecer demasiado a Bea Sánchez, como ya temieron respecto de ME-O allá por septiembre de 2009.

Por cierto, la política es tierra de zombis y los cadáveres se levantan de sus tumbas. Le ocurrió al PRI mexicano, esa veterana cultura concertacionista azteca. El Podemos español ha logrado achicar considerablemente al PSOE, pero no lo suficiente como para desplazarlo completamente. Pero claro, ambos ocuparon su tiempo en el exilio político para renovar sus cuarteles y sus narrativas. A otros grupos humanos les cuesta un poco más.

¿Qué pudo hacer distinto la Concertación en tiempos de Piñera? Dos cosas. Una, si no creía realmente en las virtudes del discurso estudiantil, podría haber tendido una mano al gobierno en lugar de haberle pegado en el suelo (“Chile no se merece un presidente con este nivel de aprobación”, Andrade dixit). Habría creado así un pacto silencioso que evitara este desastre. Dos, si realmente estaba convencida de la justicia y prudencia del petitorio de los jóvenes, podría haber facilitado sus estructuras para generar la renovación por dentro. No hizo ni la una ni la otra. Bachelet intuyó en su momento que la estrategia era la segunda, y pujó para que la Nueva Mayoría le diera el pase a Giorgio Jackson en Santiago. Intuyó –esta vez correctamente– que había que absorberlos. Pero no fue un plan sistemático. Ahora está a punto de entregarle el gobierno en bandeja a Piñera por haber flojeado las neuronas cuando más necesitan acción: cuando se pierde el poder.

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