Opinión

La otra renovación

Las elecciones de las entidades gremiales del empresariado nunca son muy adrenalínicas. Generalmente, el asunto viene cocinado. No parece ser el caso de la próxima elección de la Sofofa.

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Académico de la Escuela de Gobierno UAI

Tanto Bernardo Larraín, de la poderosa familia Matte, como el ex ministro piñerista Rodrigo Álvarez van por la presidencia de los industriales. Lo que usualmente es una lata, podría tener subtextos interesantes para el análisis.

En lo grueso, la narrativa más tentadora es la del enfrentamiento generacional. Aunque Larraín y Álvarez tienen la misma edad (50), el primero representa a un bando que ha subrayado la importancia de la renovación de las elites empresariales. En ese relato, Álvarez sería el candidato de los “históricos”, de los viejos tercios que han dominado el territorio por décadas. El de los industriales es un gremio con aire gerontocrático. Los famosos tres mosqueteros de la actividad –Ernesto Ayala, Eugenio Heiremans y Hernán Briones– se mantuvieron vigentes hasta el final. Según trascendió, los próceres de la industria se refieren al grupo que lidera Bernardo Larraín Matte como “los niños”.

Tal como ocurre en la narrativa generacional en el ámbito político, el desafío de los aspirantes a renovadores es darle contenido sustantivo a la propuesta. La pregunta es por qué al empresariado chileno, en general, le vendría bien un cambio de mirada. En ese sentido, Larraín ha insistido en la importancia central de revertir la crisis reputacional. Es decir, su gobierno gremial estaría marcado por una agenda política y cultural al servicio de la validación social de la empresa y el mercado. Sin esa validación social, piensa el lote de Larraín, no hay incidencia en las políticas públicas. Los empresarios siempre han sido influyentes, pero ahora ya no bastaría –según este diagnóstico– con hacer lobby en los pasillos del Congreso.

En efecto, los tiempos han cambiado. El héroe noventero que creaba riqueza ha caído en desgracia ante los ojos de la ciudadanía. Nuevas estrategias de largo plazo deben ser seriamente consideradas por un mundo que tiene cierta resistencia a la horizontalidad de las relaciones y que tiene problemas para comprender el entorno social. Cuando estamos acostumbrados a procesar la realidad desde arriba, es difícil que nuestra mirada no sea vertical. El experimento de Andrónico Luksic nadando como un igual en el pantano de las redes sociales es interesante en este contexto.

Pero el desafío no se agota en las relaciones públicas y las buenas prácticas. Como ha deslizado Larraín, hay que dar otra batalla conceptual e ideológica en defensa de la esencia de la empresa: la moralidad del lucro. Es una batalla que requiere seso, pues consiste en la articulación de la dimensión ética del capitalismo, aquélla que considera legítima la utilidad privada y acepta consecuencias de la desigualdad económica. Un empresariado que se aferra a una posición de poder sin articular las razones morales que justifican dicha asimetría se expone a que la ciudadanía considere que dichas distribuciones desiguales son fundamentalmente injustas. Ésa es, al menos, la posición liberal: las asimetrías de poder deben ser justificadas en el debate público. No es poco desafío en el clima actual.

El gran “pero”, añaden los opositores a Bernardo Larraín, es que la reputación no mejorará llevando a la presidencia del gremio a un miembro del grupo que se coludió con el papel higiénico. Es una objeción seria. Desde su rol en Colbún, Bernardo Matte tiene poco que ver con la administración de la Papelera. Pero es una pregunta inescapable en sus entrevistas. A ella se suma la intuición de que Rodrigo Álvarez puede ser buena idea si Piñera vuelve a La Moneda, más allá de las virtudes intelectuales y personales que todos parecen reconocerle. Álvarez ha decidido no reficharse en la UDI, que a estas alturas es otro lastre en términos reputacionales.

Evidentemente, estos procesos tienen características únicas que no admiten analogías políticas. Son culturas con reglas propias. Pero, como hemos visto, hay similitudes a la vista. La más llamativa es la narrativa del recambio, que suele instalarse cuando se produce una tensión entre un grupo que ha estado demasiado tiempo a cargo y otro que puja por acceder al poder. Es la narrativa que inauguró Marco Enríquez, a quien Escalona se refirió en su momento como “marquito”. Es lo que está pasando ahora. En el PS, al fin, la generación de Álvaro Elizalde acaba de ajusticiar al padre Ricardo Lagos. En la derecha, Felipe Kast está obligando a Piñera a competir en primarias. Su pyme política –Evópoli– guapea de igual a igual con los perros grandes de la derecha. Más allá del muro, Boric y Jackson son dinamita. Acaban de ungir a Beatriz Sánchez y ya va tercera en las encuestas. En cualquier caso, encarnar la renovación generacional no asegura ganar la batalla electoral, como lo padeció Jaime Bellolio en la UDI. A veces la gente prefiere diablo conocido.

En cualquier caso, el enfrentamiento electoral entre una elite renovadora y una vieja guardia más conservadora no es tan inédito en la Sofofa. Ya ocurrió con Juan Claro, que derrotó en 2001 a la lista de los históricos. En tiempos de Lagos, Claro hizo dupla con Felipe Lamarca en la CPC. Eso tuvo resultados positivos. Por el éxito de Chile, ya es hora de que el empresariado vuelva a hacerlo bien.

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