Revista Capital

Cambio de dirección

Escritor

Me ha tocado observar a la primera generación que apuesta por un nivel de vida aun inferior al de sus padres. Tienen menos de cuarenta años y muchos de ellos abandonaron la competencia cuando se dieron cuenta de que la carrera no tenía fin. Obtener dinero, éxito, incluso el poder ya no es tan atractivo como antes. Por lo menos, para los que han optado por otras actividades, que les otorgan placeres diversos, como el deporte, el ocio, la vida familiar, la cultura y las amistades. Son ocupaciones que no implican trabajar, ni entrar en gastos elevados, y permiten ver la vida en calidad de protagonista, de dueños del tiempo limitado que tenemos.

Desde hace rato que trabajar de forma incesante con jefes restrictivos empieza a convertirse en un mal negocio. Lo asumen por necesidad, no por vocación, pues saben que mientras laboran, una sección de la vida les pasará por el lado. Son los que viven hundidos en las urgencias de la oficina, con la sensación y la culpa de no ver a sus hijos y en aras de un status social que ya no tiene el valor que tenía cuando estudiaron. Ser rico hoy no seduce a todos ni es tan fascinante. Sin duda que es agradable, pero garantiza poco.

En parte, el cambio en las expectativas de qué hacer en la vida se ha producido porque la estabilidad dejó de ser un bien asociado sólo al trabajo aplicado. Los que pasamos horas dedicados a ejercer nuestra profesión sabemos que no vamos a ganar  mucho más de lo que hemos acumulado. Además, el paso del tiempo no perdona. También aprendimos una lección básica y esencial: la riqueza proviene de una serie de factores que la convierten en un sitio difícil de llegar con el puro empeño. Entonces, reconciliarnos con los deseos genuinos y las emociones es el trayecto más seguro y efectivo para evitar la depresión. Esto involucra quitar el acelerador a las ansias por trepar en la escala social y económica, y mover la cabeza hacia necesidades más concretas y plausibles. También, más congruentes con nuestra intimidad. No es resentimiento ni abajismo. El trabajo mutó y nosotros también. Dejó de ser lo que era para una o dos generaciones anteriores. Y esas transformaciones han dado como resultado que algunos reevalúan las costumbres heredadas.

El trabajo hoy es una forma de ganar dinero para que la vida privada funcione de la manera elegida. El dinero dejó de ser un fin. Muchos de quienes vieron a sus padres y hermanos traumados y agobiados por llegar a fin de mes parecen haber aprendido la lección. La ansiedad se adueña de millones de personas que consumen remedios para moverse en un sistema que no los complace ni tranquiliza. Nadie dice que deseen salirse, pero quizá sí bajar los decibeles, ajustar las expectativas, apostar a una vida anclada a pilares menos forzosos.

Mis amigos más jóvenes no viven en los barrios exclusivos. Están quedándose en el centro y sus inmediaciones. Algunos han partido a provincia y otros a vivir fuera de Chile. Ninguno tiene en mente ser millonario y ni siquiera el tema del auto figura entre sus prioridades. Les gusta, eso sí, comer y tomar bien, viajar, tener hijos, pero tampoco tantos como para confundirlos, comprar libros y hacer yoga. En general, descartan la competitividad y la consideran una forma de neurosis.

Cuando van a fiestas familiares y se topan con sus padres y parientes, vuelven un poco preocupados. Me dicen que hay demasiados adultos orgullosos de lo que han conseguido. Pero ese orgullo está más cerca de la rabia que de la calma. En el fondo, están molestos con los jóvenes que no asumen sus premuras y miedos. Esa generación no tiene problema con reiniciar la vida, modificar la velocidad de las exigencias y disfrutar de los detalles. Ir a dejar a un hijo al colegio puede ser una pesadilla por el tránsito, por las reuniones que vienen o que no vienen. Para otros, en cambio, ir a dejar a un hijo al colegio es una actividad en sí, en la que se puede conversar y disfrutar de música.

Tener el dinero para cumplir con lo que requerimos es fundamental. Trabajar para ello es la clave. Pero la vida está pasando fuera de las oficinas, de eso no hay dudas. La privacidad es el nuevo eje. Entretenerse en sus misterios y las pequeñas recompensas del día a día es un destino bastante más tentador que vivir al servicio de un ego insaciable, herido y pasado a billetes.