Opinión

Dinero

¿Cómo hacer que el dinero, ese engranaje sobre el cual progresan tanto las relaciones de confianza como los miedos, alimente mayores espacios de cooperación y progreso?

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Director Revista Capital

Descontando a los faraones y altos dignatarios egipcios, que lo apilaban en la forma de figuras de oro en sus tumbas, y los Kirchner, que según dicen en Argentina, gustaban de la experiencia de verlo en la forma de billete sobre billete en maletines y cajas fuertes, el dinero es antes que todo una revolución mental y cultural de profundos alcances para la humanidad. Una revolución que, junto con resolver una enormidad de problemas, genera un sinfín de preguntas.

Hablamos de un tema imposible de abarcar en este espacio, tanto en su dimensión histórica (que incluye las distintas formas que ha tomado y que van desde conchas de mar en primitivas tribus a cigarrillos y celulares en las cárceles modernas), como en su dimensión existencial, con la infinidad de emociones que produce en las personas el tenerlo o carecerlo... Imposible de abarcar, además, en la medida que es un bicho raro, que los historiadores llaman “realidad intersubjetiva”, y que a juzgar por el día a día ya no tiene forma física, sino que la de unos números en una pantalla.

Por eso, por lo complejo que es, sólo abordaremos los alcances de este artificio, que carbura y atormenta el alma de miles de millones de personas en tanto tiene la capacidad de producir bienes o males dependiendo de cómo se lo utilice, al igual que ocurre con cualquier otro objeto.

En efecto, sin entrar en la discusión sobre la evidente asimetría con que está repartido, y aceptando que en una perspectiva histórica el dinero es un sistema sobre el cual progresan las relaciones de confianza entre seres humanos, la pregunta de fondo que asoma es cómo hacer de él un instrumento de colaboración y cooperación efectiva que vaya más allá de los resultados que hasta hoy ha producido.

Se trata de una pregunta que para un grupo creciente de personas escapa a la cuestión práctica de que el dinero se mueva en ambientes transparentes, con reglas del juego claras y dentro de los contornos de la licencia social. Se trata de una pregunta que es más profunda y que no importa sólo a quienes lo tienen en abundancia, sino que a todos los que creen que la vida en sociedad es una cancha en la que ojalá todos los jugadores puedan jugar y desplegar talentos.

En las últimas dos ediciones de Capital, la cuestión que mencionamos ha aparecido en las entrevistas a Arístides Benavente y Carolina Ibáñez, quienes han reivindicado a la filantropía como el mecanismo (personal y familiar) para lograr que el dinero aceite una dinámica virtuosa. Y está bien. Pero la verdad es que la filantropía es un tema de contornos enormes y que debe inquietar no sólo a quienes tienen fortunas, sino que a todos los que no pierden la esperanza de que el progreso y la prosperidad puedan desbordar los diques que hoy las contienen y alcanzar a un número mayor de personas.

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