Opinión

La rebelión de O’Higgins

Muchos políticos jóvenes –como Gabriel Boric y Alberto Mayol– apuestan por un camino distinto al de los padres.

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Académico de la Escuela de Gobierno UAI

A propósito de la brecha política que se abre entre el flamante precandidato presidencial Alberto Mayol y su padre Manfredo, conocido por su historia al alero del gremialismo, el primero recordó que la historia de Chile estaba marcada por un conflicto familiar similar. Como señaló el sociólogo, Bernardo O’Higgins abrazó una causa opuesta a la de don Ambrosio, el viejo virrey. La rebelión de O’Higgins no fue sólo contra España; fue también la emancipación del hijo. Del mismo modo, otros tantos episodios de nuestra vida republicana calzan con este fenómeno. Aunque la mayoría de las personas adoptan el credo político de la familia, ocasionalmente ese patrón se rompe y nuevos cauces político se abren.

Así descrito, el relato biográfico de Mayol tiene un valor. Éste radica en la reflexión y el aprendizaje propios de un tránsito ideológico. La pura rebeldía adolescente no basta. Es un proceso que requiere consistencia y articulación de razones. Mayol lo ha hecho, sin duda. Ahora bien, no todos los casos en los cuales se reclama el derecho de disputar la herencia política familiar revelan un quiebre tan pronunciado. Lo relevante es que manifiestan la misma aspiración independista. Hay varios ejemplos en la nueva camada de dirigentes políticos: el padre de Gabriel Boric es militante DC, pero el joven diputado tomó una ruta doctrinaria diversa. Nicolás Grau –otro autonomista destacado– no siguió el camino de su madre, la ex ministra PS Paulina Veloso. Del mismo modo, Miguel Crispi renunció al PS de su madre –la ex ministra Claudia Serrano– para formar Revolución Democrática. Juan Pablo Mañalich entró a militar al PS cuando su padre juró como ministro de Salud de Piñera. Hernán Larraín Matte contribuyó a fundar Evópoli, lejos de la UDI de su papá senador. Carolina, la hija menor del propio Manfredo Mayol, estaba en la directiva de Ciudadanos. Luis Larraín participa en Red Liberal, también a distancia del Instituto Libertad y Desarrollo de su progenitor. Así sucesivamente. Algunos de estos giros son más bien estratégicos que sustantivos. Sin embargo, todos tienen algo en común: un deseo razonado de evaluar los componentes culturales de la herencia, la que suele incluir posición política, perspectiva religiosa y hasta adhesión deportiva.

Esto no quiere decir que continuar la tradición familiar no tenga valor. El pensamiento conservador, por ejemplo, considera que preservar ciertas formas de vida a través de la transmisión cultural que ocurre en la esfera doméstica es un componente fundamental de la vida buena. El mundo comunitarista piensa parecido: nuestra identidad estaría definida por una red intergeneracional de lealtades, ya sea a los emblemas patrios, a los artefactos de la tribu, al color de la camiseta. Podemos mencionar varios casos paralelos a los anteriores: Camila Vallejo es PC porque sus padres son antiguos comprometidos con la causa. Ella y su hermana Javiera llevan por segundo nombre Amaranta, el color de la Jota. Daniel Melo es tan PS como su padre, el infatigable alcalde de El Bosque Sadi Melo. De los jóvenes diputados Coloma y Lavín se puede decir lo mismo: optaron por defender las ideas que se defienden en sus casas. Y así sucesivamente. No hay nada de cuestionable en este vínculo, si es que efectivamente los hijos tuvieron la oportunidad de reflexionar libre y sistemáticamente sobre sus propios compromisos.

La idea de disputar la herencia política tiene un aire liberal. Se trata de ponerse uno mismo en una situación hipotética donde se decide racionalmente sobre ciertos principios, como si no existieran lealtades o pertenencias a las cuales necesariamente responder. Es un ejercicio de autonomía, en la medida que el horizonte se abre con distintos caminos entre los cuales escoger. Lo anterior no descarta, por ende, que se escoja el mismo camino político de los padres. Lo liberal está en el individualismo metodológico, en el procedimiento por el cual se justifica la decisión adoptada. De ahí la crítica ochentera de Michael Sandel a “la república procedimental y el yo desvinculado” que teóricamente promovía John Rawls.

En lo personal, fue justamente esta metodología liberal la que me hizo abdicar de ideas que se sostuvieron en el seno de mi propia familia. Una vez que fui capaz de articular los principios centrales de mi pensamiento político –básicamente, principios de libertad y justicia– caí en cuenta de que cualquier defensa relevante de la dictadura resultaba profundamente contradictoria. Liberal-pinochetista es un oxímoron. Por cierto, las diferencias con mi tribu de origen no se limitan al pasado. Otras tantas discrepancias doctrinarias y prácticas se fueron generando. Otros tantos espacios de convergencia o diálogo subsisten.

Como fuere, que la metodología tenga un sabor liberal no determina en este caso el resultado. El caso de Mayol lo ilustra: un padre gremialista con un hijo socialista. Como fuere, es la narrativa de la rebelión familiar de O’Higgins, es el relato del hijo que enfrenta sus naves con las naves del padre. A veces en franca colisión, otras veces en forma tangencial. Pero guiados por la misma intuición que subyace al llamado beneficio de inventario: el derecho de revisar los elementos de la herencia cultural y eventualmente repudiar –como se dice en jerga jurídica– aquellas militancias familiares que no nos hacen sentido.

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