Opinión

El silencio de los inocentes

Así como hoy hay pulsiones sociales que se cansaron de callar, últimamente también han resonado silencios nada de inocentes, en temas centrales de principios.

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Director Revista Capital

Parecía un libreto cuidadosamente preparado (como el que creyó ver el PC en el episodio Mariana Aylwin-Cuba): un puñado de pobladores de un campamento con nombre de animador, ubicado cerro arriba en la misma cuenca que desemboca en la Quinta Vergara, decidió entrometerse en una de las más voyeristas actividades del Festival de Viña y salpicar a los medios de prensa presentes no con las celestes gotas del piscinazo farandulero que esperaban registrar, sino que con las del agua turbia de la realidad.

En cierta forma, esos pobladores bajaron a gritarle al país que a poco más de tres kilómetros cerro arriba, ellos no tienen entradas al estridente y brillante show de fin del verano, sino que deben conformarse con ver sus destellos a lo lejos, en las sombras de la noche, y con oír los ecos del espectáculo, que retumban y ascienden por la oscura quebrada que sus mediaguas coronan.

Esos mismos chilenos son a los que se refiere en la entrevista de portada de esta edición Lucy Ana Avilés, quien obstinadamente se afanó en traer a Chile el avión tanquero que, sin lugar a dudas, terminó siendo el símbolo de la esperanza que millares de chilenos necesitaban en el apogeo de los incendios que diezmaron el centro sur del país.

En esta entrevista, Avilés confiesa que le resulta increíble la sensación de desamparo que a diario le transmiten miles y miles de connacionales a través de cartas y comunicaciones. Desolados y poco oídos. Así describe Lucy Ana Avilés su visión de quienes la atosigan con agradecimientos y pedidos de ayuda, muchos de ellos cansados de esperar respuesta del aparato público, el que, por lo que se deja ver, tarde, mal y nunca se termina haciendo cargo de sus necesidades.

Lo que trasunta este cuadro es triste y preocupante, dice, porque devela una brutal desconexión entre lo que viven y sufren las personas y quienes están en la cosa pública. Una dinámica donde el abandono, las necesidades y las carencias están hartos de permanecer en silencio y en donde los titulares y aspirantes a tomar las riendas de lo público, lucen sordos e incompetentes frente a ese clamor que comienza a sacar la voz.

Esa falta de vasos comunicantes no es inocua y a la larga incluso es peligrosa. Por eso, quienes sepan identificar y superar esta tensión serán quienes hagan una diferencia crítica. Hablamos de liderazgos que dejen de estar preocupados de las encuestas y del tuiteo con calculadora en mano. Es decir, hablamos de personas que no tengan miedo de hacer ver lo que piensan y creen bueno para el país; en lugar de pedir prestada ropa a políticos fundamentales de nuestra historia reciente para eludir el bulto y no decir nada en temas sustantivos de principios. Ese silencio no es de inocentes.

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