Revista Capital

Trump en contra del arcoíris

Doctor en Ciencia Política, académico de la Universidad de Chile

A un mes desde su asunción como presidente de los Estados Unidos, Donald Trump nos mantiene en suspenso. La prensa, la comunidad internacional, empresarios y la opinión pública norteamericana siguen tratando de descifrar frases y tuits que son a ratos contradictorios, a ratos amenazantes y a ratos simplemente inentendibles.

Durante las últimas semanas, el volumen de mensajes, declaraciones y órdenes ejecutivas por parte del presidente y su entorno ha dejado a la oposición abrumada y debilitada. En muchos casos, como el fallido ataque contraterrorista en Yemen o el intento –hasta ahora frenado por los tribunales– de detener el ingreso de personas de siete países musulmanes, las acciones han sido mal concebidas y mal ejecutadas.

Todo lo anterior conduce a la pregunta: ¿estamos frente a un gobierno realmente malvado o uno simplemente inepto?

Examinemos la posibilidad de ineptitud. Solamente durante la semana del 6 de febrero, los tribunales de justicia impidieron que se continuara implementando lo que se ha llamado la “prohibición musulmana”, en que la Casa Blanca intentó parar la entrada de ciudadanos de siete países de la órbita islámica; se publicaron detalles de desastrosas conversaciones con líderes internacionales como el primer ministro australiano; se criticó la actitud y anuncios del vocero presidencial; se cancelaron contratos importantes que tenía Ivanka Trump con la tienda Nordstrom, llevando a la asesora Kellyanne Conway a abogar por televisión para que los norteamericanos “vayan a comprar las cosas de Ivanka”, probablemente contraviniendo normas federales que prohíben que empleados públicos endosen productos o marcas.

Muchos de estos detalles y otros han aparecido en la prensa gracias a una serie interminable de filtraciones, dejando en evidencia la preocupación y frustración de personajes al más alto nivel del nuevo gobierno dispuestos a dar a conocer, aunque políticamente sea perjudicial, los numerosos traspiés de la nueva administración.
El presidente mismo pareciera estar superado. No entiende los detalles más básicos de política pública o internacional. En medio de una conversación telefónica con Vladimir Putin, tuvo que preguntarle a un asesor de qué se trataba el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START) que se estaba discutiendo. Según un artículo en el diario Politico, Trump está frustrado por el hecho de que los tribunales han impedido que las órdenes ejecutivas se puedan implementar de inmediato (es decir, no comprende el concepto de separación de poderes).

Y tal vez lo más preocupante: en al menos una oportunidad, Trump ha firmado papeles sin leerlos o sin entenderlos. Su asesor más controvertido, Steve Bannon, le metió un gol al hacerle firmar una orden en que se nombra a él mismo en el comité exclusivo (Principals’ Committee) del Consejo Nacional de Seguridad (los asesores políticos normalmente no se incluyen en esa instancia), a la vez removiendo al comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y al director de Inteligencia Nacional.

Ineptitud sobra, pero ¿hay maldad? Analicemos esta segunda posibilidad. Algunas de las preguntas presentes desde que Trump inició su aventura política han sido: ¿hacia dónde apunta su discurso? ¿Cómo fue capaz de lanzar una campaña declarando que los mexicanos eran violadores? ¿Por qué inaugurar su gobierno hablando de la “carnicería” en las ciudades de los Estados Unidos?

Los nombramientos de ministros, más notablemente en las áreas de educación y justicia, y las órdenes ejecutivas han clarificado bastante el panorama. Indican una tendencia hacia la extrema derecha, con un modelo educativo como el que Chile intenta dejar atrás, y un modelo de aplicación de derechos civiles como el que EE.UU. superó hace medio siglo. El gobierno de Trump, con su postura aislacionista y antiinmigrante, lo que hace es proteger lo que pronto será una minoría demográfica: el norteamericano blanco de clase media. La presencia de Bannon como asesor principal es tal vez la indicación más concreta de las políticas y orientaciones de la actual administración estadounidense.

Bannon, como es sabido, estuvo a cargo de Breitbart News, medio que él mismo ha dicho que es un vehículo para opiniones de la ultra derecha norteamericana, malamente denominada derecha alternativa, o alt-right, producto del neonazismo y el nacionalismo blanco. Su ídolo político, asegura, es Lenin, porque quiso destruir el Estado. Pero Lenin no destruyó el Estado: se lo tomó. La ideología de Lenin, como la de Bannon, es la del poder, y ambos, para conseguirlo, se aprovecharon de momentos de gran turbulencia doméstica e internacional.

Bannon ha reconocido afinidad con el fascista italiano Julio Evola, cuyos escritos inspiraron a Mussolini, y a quien citó en su intervención en una conferencia organizada por el Vaticano en 2014. Evola, convencido de la absoluta superioridad del hombre occidental, desconfiaba de la democracia y la modernidad, ideas que compartía con el jurista nazi Carl Schmitt, a quien le escribía cartas en la década de los 50. La vinculación entre diversidad, mestizaje y democracia es un tema subyacente en las políticas antimigratorias del trumpismo, encontrando resonancia en las ideas de Michael Anton, actualmente contratado por el Consejo de Seguridad Nacional. Anton ha escrito que “el islam y Occidente son incompatibles”, y que la diversidad es una señal de debilidad.

En su primer mes, entonces, se ha hecho evidente una Casa Blanca desordenada, con poca lealtad y disciplina interna, liderada por un personaje que no tiene muy claro lo que hace allí. Los conflictos de interés con los negocios personales del presidente son obvios y podrían llevar a casos judiciales o incluso un intento de destitución. Mientras tanto, asesores como Bannon se aprovechan del vacío de poder para consolidar sus posiciones e impulsar ideas que se contradicen con lo que ha sido el espíritu liberal de la República desde su fundación. Todo con el objetivo de rediseñar la institucionalidad de tal manera que puedan evitar ser gobernados por las mayorías – ese temido arcoíris demográfico – del futuro.

¿Malvado o inepto? Existen fuertes argumentos a favor de ambas opciones, y por cierto, no son excluyentes. Sería, de cierta forma, reconfortante saber que alguien con malas intenciones es en realidad inepto, lo que impediría las posibilidades de que se implementara el oscuro plan maestro.