Revista Capital

El contagio

Doctor en Ciencia Política, académico de la Universidad de Chile

Las grandes ideologías siempre han tenido algo de proselitismo. Con la convicción de sus respectivas verdades, el comunismo y el capitalismo, el fascismo y el islamismo, entre muchas otras, han sido transparentes en el objetivo de asegurar que el resto del mundo piense como ellos y opere bajo sus reglas.

Es natural que los movimientos internacionalistas, como el socialismo marxista, tengan ambiciones globales. Por lo demás, se entiende que se intenten implementar en todo el planeta aquellos conceptos llamados universalistas, como los derechos humanos o la autodeterminación de las naciones. Resulta un poco más curioso, sin embargo, observar cómo ideologías antiglobalizantes y proteccionistas, que dicen temer a las ideas ajenas (y, peor aún, a las personas extranjeras), logran expandirse por el mundo. ¿Puede un movimiento antielitista ser, a la vez, proselitista?

Parece que sí. Llama la atención, por poner un caso acuciante, cómo los distintos representantes locales de lo que se podría llamar el nacional-populismo, no pierden tiempo en identificarse unos con otros. Es así como el presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, se jactó de asociarse con el exlíder del partido independista británico UKIP, Nigel Farage. Trump incluso sugirió que le gustaría que Farage fuera nombrado embajador británico en Washington, rompiendo con todo tipo de tradición diplomática y protocolar.

Del mismo modo, Frauke Petry, líder de la extrema derecha alemana, anunció que el resultado de las elecciones estadounidenses cambiarían Estados Unidos, Europa y el mundo. Jean-Marie Le Pen, por su parte, reaccionó al triunfo del magnate republicano con la declaración: “Hoy los EE.UU., mañana Francia”.

Pero este problema (que los partidos nacional-populistas se inspiren mutuamente y así expandan su resonancia) tal vez sea el mal menor. Peor aún es el contagio hacia el resto del organismo político. Francia es un buen ejemplo. Mientras todos miran con cierto recelo al auge de Marine Le Pen, quien ha logrado imponer una cara más amable al partido que fundó su padre, el triunfo de Francois Fillon en las primarias de la derecha “tradicional” es incluso más preocupante, pues muestra cómo el éxito de los extremos impone una fuerza centrífuga en el discurso político.

Fillon no es Le Pen, pero su ideología, en el contexto francés, es de extrema derecha. Una cosa es favorecer la desregulación o bajar los impuestos. Otra muy distinta es abogar por abandonar una política pro-Occidente y acercarse a Putin. Fillon tiene opiniones contrarias sobre todo tipo de minorías, de los inmigrantes; también sobre el multiculturalismo, el matrimonio igualitario y acerca de los judíos, a quienes ha acusado de ser una comunidad “que no respeta todas las leyes de la República Francesa”.

Fillon se ubica tan a la derecha que le ha creado una apertura para Le Pen, quien lo está criticando por sus posturas en política social. De esa forma, le ha permitido plantear una combinación entre políticas sociales tradicionalmente relacionadas con la izquierda, con un nacionalismo que tiene su expresión en cerrar fronteras y proteger la cultura local de influencias extranjeras. Dicha combinación, bienestar para los “nativos” y un discurso de xenofobia, expresado a través de la opresión de opiniones, costumbres o personas consideradas como una amenaza a la cultural local, se ha visto antes. No termina bien.

En lo político, Chile suele copiar al mundo. Adoptamos las tendencias del autoritarismo-nacionalista de los años 30, el anticomunismo de los 50, el radicalismo de los 60 y el Consenso de Washington de los 90. Ahora nuestra clase política ha tardado solo unas semanas en empezar a repetir el discurso antiinmigrante que ha traído tanto rendimiento político a candidatos en otras latitudes. Era una cosa de tiempo. La dirigencia chilena no se atreve a sumarse al proselitismo de sus pares en otros países, pero eso no impide que copien estrategias que estiman que han rendido frutos. Como en Europa, ya no estamos hablando de los extremos, sino de ejemplos en la Nueva Mayoría y en Chile Vamos.

Parece que este tipo de contagio no lo detiene ni el océano ni la cordillera.