Opinión

Progre

Los progresistas de cuño liberal son mucho más cautos y selectivos cuando se trata de invocar la herramienta penal. Entienden -como en el caso de muñeca inflable- que la comunidad política tiene otras maneras de ir resolviendo problemas sociales.

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Académico de la Escuela de Gobierno UAI

Progresismo es un concepto complejo. Sus fronteras ideológicas son difusas. Representa, al menos, cuatro cosas. Por una parte, la más sustantiva, la noción de que el mundo puede y debe ser un lugar mejor para vivir. La segunda, la más utópica, constituye la esperanza de que aquello será así. La tercera, la más programática, identifica aquel conjunto de ideas políticas para ser aplicadas en el ejercicio del gobierno. La cuarta, la caricatura, se refiere en la actualidad a una serie de actitudes políticamente correctas y altamente sensibles. Al que porta estas actitudes se le califica de progre.

Por esa versatilidad semántica, es interesante la pregunta de si acaso existe –y es coherente– un liberalismo progresista. Algunos creen que no: en su dimensión partidista, el progresismo siempre ha estado inclinado a la izquierda. Sus narrativas, hasta cierto punto, se han mezclado. Pero no podría ser de otra manera: el socialismo también es un vástago del pensamiento ilustrado. Liberalismos y socialismos coinciden, en lo central, en que las condiciones materiales y morales de la humanidad pueden ser gradual pero sustancialmente modificadas para bien a través de instituciones políticas, económicas y culturales determinadas. En esa frecuencia, el progresismo es uno de los impulsos originarios que infunden el pensamiento liberal en su estructura. Por cierto que también existen liberales más escépticos y socialistas menos optimistas del futuro. A fin de cuentas, ambas familias son considerablemente extensas. Pero, en general, comparten una evaluación histórica positiva del progreso moderno. La gran mayoría reconoce los avances objetivos que se suelen medir a través de indicadores numéricos. El psicológico evolutivo Steven Pinker cuenta diez buenas noticias: la expectativa de vida, la derrota de ciertas enfermedades trágicas, el fenómeno de la prosperidad económica, la paz mundial promedio, la seguridad ciudadana, los índices de libertad política, los niveles de conocimiento, los derechos humanos, la igualdad de género e incluso la inteligencia de acuerdo al CI.

El filósofo británico John Gray –un pesimista de envergadura– suele contar al “meliorismo” entre las cuatro virtudes cardinales del liberalismo. Sería una de las coordenadas fundamentales de lo que Gray llama el síndrome liberal. El meliorismo es una forma de progresismo, la metafísica de que el mundo que encontramos puede ser mejorado con la mano humana. Una de las críticas que recibe el progresismo es su tendencia perfeccionista. El perfeccionismo, sabemos, tiene una pendiente jabonosa.

Incluso aquéllos que dentro de la familia liberal se declaran perfeccionistas lo hacen con una serie importante de atenuantes. A fin de cuentas, la coerción es siempre indeseable.
Incluso el gremio hayekiano tiene buenas razones para sentirse progresista en el sentido previamente descrito. La teoría de Hayek sobre el carácter fragmentario del conocimiento es consistente con la idea de ir avanzando –como proponía Mill– a puro ensayo y error.

Los optimistas creen que en el intercambio de ideas reside la mejor oportunidad que tenemos para mejorar. Nos espera una polinización cruzada de la información –y recién estamos comenzando, cree el escritor científico Matt Ridley–. La innovación le irá ganando el gallito a cada uno de los desafíos que se vayan presentando. Es lo que nos ha permitido llegar hasta donde estamos lo que nos posibilitará seguir avanzando. Ésa es básicamente la intuición. No alcanza a ser una fe, pues no es inevitable. Podríamos meter la pata. Cómo enfrentemos el cambio climático será una prueba de fuego para testear esa intuición.

También se les dice liberales progresistas a quienes se identifican con la escuela igualitarista. En muchos países, se los ubica en el centro. En otros, ligeramente más a la izquierda. En la cotidianidad del uso, lamentablemente, se impone la denominación peyorativa: progresista como pontificador moralista, como censurador insoportable, como inquisidor público. En fin, como progre. Tal como facho –que a estas alturas tiene poco que ver con la filosofía política del fascismo– progre es un término que resume una suma de pecados actitudinales. Es el Catón de las redes sociales, el Robespierre del tercer tiempo, el High Sparrow del Whatsapp. El culpable –según muchos, incluido Bernie Sanders– de la victoria de Trump.

Esta columna no es para defender ni para atacar esa caricatura, que ya tiene vida propia. Pero es importante subrayar que esa denominación no obedece a la mejor versión de lo que significa progresismo. Por el contrario, el progre de la caricatura tiene en general pocos escrúpulos a la hora de activar las instituciones del Estado para castigar los pecados sociales y las divergencias morales. Los progresistas de cuño liberal son mucho más cautos y selectivos cuando se trata de invocar la herramienta penal. Entienden –como en el caso de muñeca inflable– que la comunidad política tiene otras maneras de ir resolviendo problemas sociales. El progre de la caricatura tampoco es necesariamente partidario del paradigmático optimismo progresista. Tiene la tendencia a ver el vaso medio vacío. Es más fácil escandalizarse cuando se pierde la perspectiva, que es central en el pensamiento progresista. Es decir, muchas veces el progre ni siquiera califica para progresista.

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  • LAMENTO CORREGUIRLE COLEGA BELLOLIO. Opino que se le ha quedado en el tintero una categoría más frecuente entre los progres existentes, especialmente en el mundo desarrollado y postindustrial. Me refiero a los marxistas que se visten de progres (y se golpean el pecho en las iglesias) para seguir engañando a las “masas” (dicen masas porque no somos más que idiotas maleable, creen ellos). Como es fácilmente comprobable en la Historia, esos progres en realidad han sido retrógrados. Ejemplos extremos y evidentes son los marxistas suecos, que preconizando en el Parlamento que ellos mejorarán la vida de “las masas”, en realidad se dedican a destruir política y físicamente lo ya construído. Qué mejor ejemplo son las destrucciones a pedradas de las ventanas de los restaurantes Mac Donald en Suecia “porque representan el capitalismo salvaje”. ¿Salvaje? Mira quien habla de salvajadas. Ni que decir de los castristas “progres” que de tanto serlo se metieron en cada uno de los países latinoamericanos, africanos y del sur de Asia para llevar soldados, desatar guerras civiles y derramar sangre. El hecho que el marxismo se haya extendido hasta alcanzar al liberalismo, del cual nació, se explica porque los liberales tienen miedo de ser ellos mismos y prefiere el aplauso fácil de las galerías dominadas por los marxistas. Asústese, en Europa hasta los conservadores muestran cara de progres. Han cedido a la presión mediática dominada por el progresismo y prefieren dar a entender que ellos también quieren “mejorar la vida de las masas”. Pero, ¿de qué estamos hablando? ¿Es darle un coche a cada uno algún mejoramiento? Lo extraordinario es que en Chile no se han percatado que NO HACEN FALTA IDEOLOGOS DEL PROGRESO, porque éste camina por sí sólo gracias a la cochina tendencia de todos de querer ganar un poco más cada dia o por lo menos disminuir sus gastos. ¿Cuál es el ideólogo que inventó la comida rápida, los MacDonals? Es un “filósofo” inmigrante checo que se llama Ray Kroc, un “doctor” en hamburguesas que vende por trillones en todo el mundo. Hubo otro “ideólogo” de nombre Levi Strauss que patentó el jean vaquero que todos usamos alguna vez. También el cochino capitalismo inventó las vacaciones charter y masivas. Quiero decir, los grandes avances en favor de una vida menos cara y accesible a todos han sido realizados sin filosofar, sin ideologizar, sin politizar. ¿No es magnífico? Olvídense chilenos del progresismo y dediquense a progresar.

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