Opinión

Universidad: entre la máquina y la ilusión

Una de las más elevadas instituciones seculares puede, sin embargo, convertirse en tierra de conquista de los burócratas y administradores. Ése es el peligro que acecha en la reforma que propone el gobierno.

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Instituto de Humanidades, UDP

Toda institución es un conjunto de dispositivos, modos de actuar, actitudes reiteradas y recursos que se hallan dispuestos para la consecución de ciertos fines. La institución aparece, depende y se justifica desde el sentido que pretende realizar. Como medio que es, depende del fin. Cae el fin, la institución pierde su razón de ser, se corrompe.

La institución puede, sin embargo, subsistir todavía como máquina, que funciona por inercia o en favor de otro “espíritu”, por ejemplo, de las posiciones de poder que se han consolidado en ella, del afán de fama o de lucro.

Hasta las más egregias instituciones están siempre bajo la amenaza de convertirse en máquina.

Una de las más elevadas, si no la más, de las instituciones seculares, es la universidad. Ella es el lugar donde aún cabe hoy, en la época ansiosa del ruido y la palabrería, cuando todo parece un gigantesco, inacabable y burocrático trámite, cuando lo banal deviene regla, hallar todavía sosiego y silencio y vivir pudiendo escoger, no pocos de los que en ella habitan, las mejores horas del día para pensar y conversar y enseñar, teniendo tiempo, gastando tiempo: para lo ocioso, lo inútil, lo que vale por sí mismo la pena, cual lo vale la música, la amistad o las excursiones. Ella es algo así como un claro quieto del bosque desde el cual nos asomamos al firmamento callando. Allí hay asombro y esfuerzo aplicado tenazmente a la elucidación y difusión de las preguntas perennes y sin cuya formulación renunciamos a una existencia auténtica. Todo eso es, cuando responde a su llamado, la universidad.

La universidad puede, empero, convertirse en tierra de conquista de los burócratas y administradores. El proyecto de reforma a la educación del gobierno la tiene, en partes fundamentales, a la vista de ese modo. Se intenta ahí someter el lugar de la mayor ilustración posible de la nación a funcionarios de partido que controlen sus definiciones académicas, su financiamiento y su ideario. La ilusión de quienes quieren dedicar sus vidas a la sublime labor de atender con cuidado al misterio de la existencia y enseñarlo puede quedar, entonces, subsumida bajo la maquinaria menos ilustrada del partido o la coalición de partidos gobernante.

Pero también desde dentro, la universidad se halla bajo amenaza. La recatada y magistral novela Stoner es una pieza que debiese ser lectura obligatoria para todo aquél que quiera entender la universidad y desempeñar un papel universitario en ella. Allí, Stoner –el protagonista– debe soportar con estoicismo el abuso de un colega y la comodidad de jefes que se niegan a intervenir decisivamente en favor de su justa posición. Más le habría valido a Stoner quedarse en silencio ante el abuso. Pero en él la ilusión era mayor que el respeto a la máquina y el cobarde callar.

La universidad no deja de ser campo de lucha entre la ilusión y la máquina, entre el amor al trabajo educativo e intelectual y el afán de poder o riquezas o supervivencia.
La ilusión que ha movido a tantos a renunciar al mundo y encerrarse tras los muros universitarios –ese privilegio que le fuera vedado al bueno de Jude el Obscuro, el personaje de la homónima novela de Thomas Hardy– se ve una y otra vez torturada por el encuentro con los otros en ella: con ésos que han renunciado a la ilusión, los desencantados que –prefiriendo la causa propia– pierden el cuidado sin el cual la universidad se pervierte.

Ahí están los que sucumbieron al aprecio al dinero más que a la preocupación por descubrir y buscan armar, al alero de la institución o sus facultades, empresas de la más variada y dudosa índole. O quienes privilegian la jerarquía y la obediencia, transformando al profesor en subordinado sin más derecho que el de acatar. O los que tratan de tapar la inmundicia moral –en un gesto presuntamente moral– para conservar apariencias concordantes con los valores religiosos o éticos específicos que una casa de estudios dice promover. Los que acotan, de éstas y otras maneras, una institución abierta a la verdad y la opinión honesta y libre, a los límites de una cofradía.

No se trata de ser puristas o cándidos. Todos somos buenos y malos a la vez, o ilusionados y maquinizados. Es menester, sin embargo, mantener la lucidez respecto de la permanente tensión a la cual se halla sometida la universidad –la frágil universidad– y por la cual ella puede transformarse en algo parecido a la Estrella de la muerte o la República Democrática Alemana. Que no lo sea, requiere no sólo consciencia clara; también tenacidad y estoicismo, como el de Stoner, y –no pocas veces– coraje para salirse, con algo de decisión, de la cómoda tentación de la connivencia.

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